domingo, 27 de septiembre de 2026

¡FELIZ DOMINGO! 26º DEL TIEMPO ORDINARIO

 


San Mateo 21, 28-32.

    “En aquel tiempo dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: ¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: “Hijo, ve hoy a trabajar en la viña”. Él le contesto: “No quiero”. Pero después se arrepintió y fue. Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: “Voy, señor”. Pero no fue. ¿Quién de los dos hizo lo que quería el padre? Contestaron: El primero. Jesús les dijo: Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del Reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia y no le creísteis. En cambio, los publicanos y las prostitutas lo creyeron. Y aun después de ver esto vosotros no os arrepentisteis ni le creísteis.” 

¡Dios inútil!, ¡Dios injusto!:

 

A propósito de Dios, se dice que dijo Pierre-Simon Laplace: “¿Dios? Ya no necesito esa hipótesis”.

Y mucho antes del astrónomo-físico-matemático-filósofo francés, siempre a propósito de Dios, los hijos del pueblo de Israel comentaban: “No es justo el proceder del Señor”.

¡Dios inútil!, ¡Dios injusto!: Dios siempre más allá de nosotros, tanto que, ni la ciencia lo alcanza, ni la religión lo comprende; Dios siempre más acá de nosotros, tanto que su misericordia nos envuelve, su bondad nos sostiene, su rectitud nos enseña el camino que hemos de seguir.

¡Dios inútil!, ¡Dios injusto!: Amor sin más razón que el amor, Amor de puro dar, Amor encarnado en el seno de una Virgen, Amor revelado en la entrega de un Unigénito, Amor sacramentado en el misterio de una Eucaristía.

¡Dios inútil!, ¡Dios injusto!: Dios despojado de su categoría, Dios esclavo de todos, Dios último, Dios fracasado, Dios al que todos pueden crucificar, Dios, cuyo grito de dolor será olvidado como se olvida el grito de un hombre cualquiera.

“Enséñame, Señor, tus caminos”: llévame a Jesús, llévame al que es “el camino y la verdad y la vida”, para que entre por él, para que lo siga… llévame a Jesús, para que aprenda de él, para que comulgue con él…

“Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas”, y que, lo mismo que los publicanos, lo mismo que las prostitutas, necesito siempre acogerme al abismo insondable de tu amor.

El científico podrá prescindir de ti, también podrá hacerlo el hombre de religión interesada: pero los pecadores no podemos, los pobres tampoco… Necesitamos de tu amor, ¡Dios inútil!, ¡Dios injusto!: amor sin medida, amor incondicional, amor hasta el extremo…

En la encarnación de tu Palabra, y en el misterio de la Eucaristía, tú has dejado, escrita para siempre, una declaración de amor a la humanidad entera, a toda la creación: Dios pospuesto, Dios olvidado, ¡Dios inútil!, ¡Dios injusto!… Señor y Dios nuestro…  “Loado seas, mi Señor” …

 

P.S.:

“Señor mío y Dios mío”

 

Hablemos aún de la confesión de fe, que nos legó en herencia el apóstol Tomás: “Señor mío y Dios mío”.

Si, en la Eucaristía, en ese espacio, todo del Señor Jesús, que es el relato de la institución, no le damos cabida a otras palabras que no sean las del Señor, eso no quiere decir que la confesión del apóstol no esté llamada a nutrir nuestra vida espiritual, a expresar la hondura de nuestra fe, a fortalecer nuestra esperanza, a mitigar la oscuridad de nuestra noche…

El corazón creyente se apropia de aquella confesión, y va diciendo: “Señor mío y Dios mío”, desde el asombro por la presencia, en nuestras vidas, del Señor resucitado; desde nuestra experiencia de comunión con el sufrimiento de Cristo, con su soledad, con su tristeza, con su abandono… con su muerte; desde la esperanza de compartir su misma vida…

Grabadla en la memoria de la fe: “Señor mío y Dios mío”. Hasta que él venga.

 

Siempre en el corazón Cristo.

+ Fr. Santiago Agrelo

Arzobispo emérito de Tánger

domingo, 20 de septiembre de 2026

¡FELIZ DOMINGO! 25º DEL TIEMPO ORDINARIO

 


San Mateo 20, 1-16.

    “En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: El Reino de los Cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, y les dijo: Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido. Ellos fueron. Salió de nuevo a mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: ¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar? Le respondieron: Nadie nos ha contratado. El les dijo: Id también vosotros a mi viña.

   Cuando oscureció, el dueño dijo al capataz: Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros. Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo: Estos último han trabajado solo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno. El replicó a uno de ellos: Amigo no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno? Así, los último serán los primeros y los primeros los últimos.”

“Buscad al Señor”

 

Sucede cada domingo: la comunidad creyente escucha la palabra de Dios y, en conformidad con el mandato recibido, celebra en memoria del Señor la Eucaristía.

Sucede en cada celebración: la palabra de Dios anuncia lo que en el sacramento se realiza; y los fieles, escuchando lo que nuestro Dios nos dice, nos disponemos a gustar lo que él hace en nuestro favor.

Esto es lo que hoy escucharemos: “Buscad al Señor… invocadlo… Que el malvado abandone su camino y el criminal sus planes; que regrese al Señor”.

¿De quién se preocupa el profeta? No de Dios, sino del malvado y del criminal. ¿Por qué les dice: «buscad, invocadlo, regresad»? Porque es Dios quien los está buscando, es Dios quien los llama, es Dios quien suplica. ¿Para qué los busca? No pienses que busca restablecer el orden violentado, o afear al criminal su conducta, o humillar al malvado ante la asamblea de los santos; Dios busca a quien salvar, Dios nos busca para ofrecernos piedad y perdón, Dios busca al pecador para que viva.

Que es el Señor quien anda atareado en la búsqueda del hombre nos lo dice también el salmista, y unos a otros nos lo vamos repitiendo como estribillo de nuestra oración: “Cerca está el Señor de los que lo invocan”. No hemos dicho que el Señor está en todas partes, o que nada se oculta a su mirada; hemos dicho que “está cerca”, y, en la humildad de ese adverbio de lugar, encerramos la grandeza de Dios, su clemencia, su misericordia, su piedad, su bondad, su ternura con todas las criaturas. Por eso, su palabra nos dice «buscad al Señor» porque él está cerca, «invocadlo» porque él es clemente y misericordioso.

No pienses, pues, que Dios es simplemente quien invita o manda, y tú eres el que se ha de poner a la tarea de hacer lo mandado; cuando te dice: «búscame», él ya se ha puesto a tu lado para que lo encuentres; cuando te dice: «invócame», ya ha entrado en tu corazón para que le hables.

De esta tarea de Dios da testimonio Jesús en el evangelio, cuando habla de aquel propietario derrochador, “que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña… salió otra vez a media mañana… salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde… salió al caer la tarde”. Cuando el propietario dice a los jornaleros: «Id a mi viña», él ya «ha ido» a la plaza, donde estaban los que necesitaban un jornal. Dios busca a quien dar el salario del día.

El que nos dice: «Buscad», él es el que ya ha salido a buscarnos; el que nos dice: «Id», él es el que ya ha venido a nosotros. Y este misterio de gracia, no es algo que sucedió una vez en el pasado y para otros, sino que es lo que en esta celebración vivimos los creyentes.

Considera la asamblea eucarística a la que perteneces: es una comunidad de hombres y mujeres que, en busca de Dios, invocan al Señor, piden cumplir en sus vidas la voluntad de Dios; es una comunidad de creyentes que buscan, invocan y piden, porque han experimentado que “el Señor está cerca”, que “el Señor es clemente y misericordioso… bueno con todos… cariñoso con todos”.  Aquí buscamos al que desde siempre nos busca; aquí invocamos al que desde siempre es nuestro auxilio; pedimos al que por entero se nos ofrece antes de que nada pidamos.

Y ahora piensa en la comunión que vas a hacer: Tú te acercarás para recibir a Cristo, abrirás los labios como un niño que se dispone a comer, extenderás la mano como un pobre que espera una limosna; y allí, en Cristo, hallarás que tu Dios se ha acercado a recibirte, se ha hecho alimento para que comas, tesoro para tu necesidad.

 

P.S.:

 

“Señor mío y Dios mío”

Cuando la devoción oscurece la realidad

 

Supongo que son sus párrocos quienes, entre los fieles de sus comunidades parroquiales, van extendiendo la costumbre de repetir, en la Eucaristía, después de las palabras del Señor sobre el pan y sobre cáliz de vino, la confesión de fe del apóstol Tomás ante Cristo resucitado: “Señor mío y Dios mío”.

Que unos párrocos promuevan tal práctica, manifiestamente abusiva, puede entenderse como un intento, seguramente bien intencionado, de que los fieles se muestren activos durante la celebración, y que, al mismo tiempo, hagan un acto de fe en la presencia real de nuestro Señor Jesucristo en la Eucaristía. Lo que ya se entiende menos es que los obispos, obligados a velar por el bien de los fieles, lo toleren o lo impulsen, pues, en este caso, lo piadoso no se corresponde con lo virtuoso.

Para empezar, nadie está autorizado a introducir, en ese momento ritual, un elemento extraño a la celebración.

En la celebración eucarística, con el relato de la institución -la mal llamada “consagración”-, se nos recuerda el mandato del Señor, y se nos da razón de lo que estamos haciendo en la celebración, que es cumplir ese mandato.

El del relato de la institución es un momento particularmente significativo de la liturgia eucarística, en el que se nos recuerda que la eucaristía es la cena del Señor, es un banquete de bodas -se habla de una “alianza nueva y eterna”-, es una memoria verdadera, real, de Cristo Jesús, de su obediencia al Padre, de su vida entregada, de su amor hasta el extremo; la Eucaristía es memoria del amor con que Dios nos ama, del Hijo de Dios, que se entrega por nosotros –“en favor nuestro”-, de su sangre derramada por nosotros y por todos –“en favor nuestro”-.

Ese mensaje que el relato de la institución transmite, desaparece de la perspectiva de los fieles, cuando se les enseña y se les lleva -se les obliga- a decir: “Señor mío y Dios mío”, una aclamación, con la que se traiciona el significado de la celebración eucarística, y se traiciona también la confesión del apóstol Tomás, pues deja de ser confesión de fe en la resurrección del Señor, para ser nuestra confesión de que Cristo está realmente presente en las especies sacramentales.

En la Eucaristía, la presencia real de Cristo se presupone, no se confiesa.

A la Eucaristía se va para comer y beber: comer el Pan de la vida, beber el Cáliz de salvación; comer de un mismo pan, para formar todos, por la acción del Espíritu Santo, un solo cuerpo, el cuerpo de Cristo que es la Iglesia…

Y dado que, para el apóstol Tomás, la exclamación: “Señor mío y Dios mío”, fue una confesión de fe en Cristo resucitado, bueno será que aprendamos a confesar que Cristo resucitado está presente y hemos de venerarlo, respetarlo y honrarlo, no sólo en la Eucaristía, sino en la palabra de Dios, en la comunidad eclesial, en los pobres, en la humanidad entera, en la creación entera, pues, en todos esos sacramentos, está realmente presente, y obstinadamente olvidado.

Si veneramos a Cristo en los pobres, ya no hará falta que nadie nos recuerde su presencia en las especies eucarísticas, porque ese recuerdo será parte entrañable de nuestra vida…

 

Siempre en el corazón Cristo.

+ Fr. Santiago Agrelo

Arzobispo emérito de Tánger

 

domingo, 13 de septiembre de 2026

¡FELIZ DOMINGO! 24º DEL TIEMPO ORDINARIO

 


San Mateo 18, 21-35.

    “En aquel tiempo, acercándose Pedro a Jesús le preguntó: Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces? Jesús le contesta: No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

    Y les propuso esta parábola: Se parece le Reino de los Cielos a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo. El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios, y agarrándolo lo estrangulaba diciendo: Págame lo que me debes. El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo: Ten paciencia conmigo y te lo pagaré. Pero él se negó y fue lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: ¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti? Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo si cada cual no perdona de corazón a su hermano.”

 

La palabra vuelve a ser sobre el amor…

“Perdona la ofensa a tu prójimo”.

“El Señor es compasivo y misericordioso”.

“Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado”.

“No te digo que perdones hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”.

 

Esta vez, la pregunta del discípulo es sobre el perdón; pero enseguida intuimos que, aunque hablemos de perdón, se trata siempre del mandamiento del amor.

El discípulo ya se lo había oído decir a Jesús: “Si, cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda sobre el altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano”. También había oído a Jesús, cuando decía: “Amada vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos”. Y, si no fuese mal discípulo, debería recordar también que Jesús le había dicho: “Porque, si perdonáis a los hombres sus ofensas, también os perdonará vuestro Padre celestial; pero, si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas”.

El perdón no es una opción que los creyentes hacemos obligados por un mandato divino, sino que es el fruto natural de esa forma de ser de Dios, de Cristo Jesús, del creyente en Cristo Jesús, que es el amor: Dios no ama ahora sí, después no: “Dios es amor”. “Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su propio Hijo”. “El Señor es compasivo y misericordioso”. Y de Jesús, se dice: “Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”. Y, al creyente en Cristo Jesús, se le dice: “Amaos unos a otros como yo os he amado”.

En la vida del creyente, el perdón no es una opción: es un fruto. Y, por el fruto, conocerás la naturaleza del árbol; por el fruto -por el perdón que se ofrece siempre maduro desde el árbol de mi vida-, sabré si soy cristiano o no, sabré si soy hijo de un Dios que es amor, sabré si soy discípulo de aquel Maestro divino que amó hasta el extremo.

La salvación del mundo pasa por las pocas letras de la palabra perdón.

También lo podríamos decir así: la salvación del mundo pasa por esa palabra, aún más pequeña, que es la palabra amor.

Pero, a nadie se le oculta que, si hablamos del mundo y de sus conflictos, de sus contiendas, de sus enfrentamientos, de sus guerras, estamos hablando de frutos que lo son de la soberbia, de la avaricia, de la lujuria, de la envidia, frutos amargos de intereses egoístas… Frutos de un árbol, que nada tiene que ver con el amor, nada tiene que ver con el Dios de nuestra fe, nada tiene que ver con el rostro de Dios manifestado en Cristo Jesús, nada tiene que ver con lo que Dios, por Cristo Jesús, nos dice de sí mismo cada vez que celebramos la Eucaristía.

Entonces empezamos a intuir la responsabilidad que asumimos al aceptar el nombre de cristianos: aceptamos ser la levadura con la que Dios pretende que la masa del mundo fermente, para que sea del amor, para que sea de Dios, para que todos seamos de todos… Aceptamos ser una razón de esperanza para el mundo… Aceptamos ser para todos única posibilidad de presente digno, y de futuro en paz…

Por si alguien necesitara que se lo aclare: no se trata de que nos llamemos cristianos, sino de que seamos en el mundo una evidencia del amor que es Dios…

Feliz domingo.

 

Siempre en el corazón Cristo.

+ Fr. Santiago Agrelo

Arzobispo emérito de Tánger

 

domingo, 23 de agosto de 2026

¡FELIZ DOMINGO! 21º DEL TIEMPO ORDINARIO

San Mateo 16, 13-20.

   “En aquel tiempo llegó Jesús a la región de Cesarea de Felipe y preguntaba a sus discípulos: ¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?

    Ellos contestaron: Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas.

    El les preguntó: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?

    Simón Pedro tomó la palabra y dijo: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.

    Jesús le respondió: ¡Dichoso tu Simón, hijo de Jonás! , porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del Reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo. Y les mandó a los discípulos que no dijeran a nadie que él era el Mesías.”

 

“Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”

 

No puedo imaginar lo que pensarán los fieles que, cada domingo, acuden a la celebración de la eucaristía, cuando escuchen hoy, la pregunta de Jesús a sus discípulos: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”

Son muchas las respuestas que se pueden dar a esa pregunta: podemos ignorarla, como ignoramos lo que no nos interesa; podemos entenderla como dirigida a aquellos discípulos que, en aquel tiempo, iban con Jesús, pero no a nosotros, que no nos consideramos -tal vez nadie nos ha dicho que somos- discípulos de Jesús; podemos entenderla como pregunta que Jesús nos dirige hoy a nosotros, y que respondemos desde el catecismo, desde el Credo que recitamos cada domingo, o desde lo que hemos leído en algún libro sobre creencias piadosas; y podemos también entenderla como pregunta que Jesús nos dirige a nosotros, y que hemos de responder desde nuestra vida.

Si se da desde la vida, esa respuesta deja de ser igual para todos, y empieza a ser única para cada uno de nosotros.

El evangelio recoge la confesión que el apóstol Pedro hizo en aquel tiempo: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”.

Si busco, ahora, en el secreto de mi corazón, mi respuesta personal a la pregunta que hoy se nos hace a todos, puede que sólo sepa decir palabras que he aprendido en el regazo de la Iglesia, palabras que todos hemos aprendido, palabras de la única fe que todos profesamos, pero que, a lo largo de la vida, se han ido llenando de significado propio para cada uno de nosotros: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”; tú eres mi Señor, mi Dios; tú eres el Pan de la vida, que ha bajado del cielo; tú eres el camino, la verdad y la vida; tú eres la resurrección y la vida; tú eres nuestro salvador, nuestra paz, nuestra alegría, nuestra esperanza, nuestra gloria…

Y podría añadir: Tú eres aquel a quien siempre busco en el secreto de la oración, dentro del corazón, en el trabajo de cada día…Tú eres aquel por quién siempre pregunto en la oscuridad de la noche…

Pero tú insistes en preguntar: “¿Quién soy yo para ti?”,y no es porque no haya respondido a la pregunta, sino porque todavía no has conseguido que me fijara en ti.

Me lo has preguntado en la eucaristía, mientras escuchaba tu palabra y cuando nos encontramos en la comunión. Allí, en la quietud de la celebración sacramental, no tuve dificultad alguna para reconocerte y tratarte con respeto y admiración y gratitud…

Pero cuando me lo has preguntado en la calle:“¿quién soy yo para ti?”, allí, mi Señor, mi Dios, no te reconocí…Allí, sólo vi a un invasor -lo repiten todos los días los medios de tu Iglesia en España-, allí te señalé como una amenaza, y fui diciendo a todos que eras un violador, un ladrón, un violento, un mafioso, un vago… un ilegal, un irregular, un clandestino… y pedí armas para rechazarte, y normas que me permitan impedirte poner pie en una tierra que es mía y de nadie más… Yo, bautizado en tu nombre, no me acerqué a ti para limpiar tu rostro ensangrentado. Yo, puede que aún oveja dócil del redil eclesial, sólo pedí no volver a verte, no volver a saber de ti… que te devuelvan al lugar de donde has venido… Que venga el ejército para prevenir la amenaza que tú representas para los buenos cristianos de nuestros templos, para los buenos ciudadanos de nuestras calles.

Todavía no he caído en la cuenta de que hoy, en los pobres -en los inmigrantes de todas las fronteras- es Cristo quien nos pregunta: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”

Y algo me dice que, mientras en los pobres no honremos el cuerpo de Cristo, la fe sólo será para nosotros motivo de condenación.

 

P.S.:

“Entonces (Jesús) dijo a los sumos sacerdotes, a los oficiales del templo y a los senadores que habían venido a prenderlo: _ ¡Habéis salido con machetes y palos, como en busca de un bandido! … Esta es vuestra hora, cuando mandan las tinieblas” (Lc 22, 52-53).

La pasión se repite, y a confabularse para prender y condenar a Jesús somos siempre los mismos.

 

Siempre en el corazón Cristo.

 

+ Fr. Santiago Agrelo

Arzobispo emérito de Tánger