SAN JUAN 14, 15-21

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Continúa “el discurso de despedida” de
Jesús, desgranando elementos fundamentales para fortalecer la fe y la esperanza
de los discípulos. El gran legado, promotor de todo su dinamismo será el
Espíritu, aquí denominado como el Defensor y el Espíritu de la verdad. Un
Espíritu desconocido por “el mundo”. Declara que el verdadero amor
se manifiesta en la guarda de sus “mandamientos”,
y que la identificación con Jesús supone el acceso al corazón del Padre.
REFLEXIÓN
PASTORAL
“Estad
dispuestos a dar razón de vuestra esperanza a todo el que os lo pida, Pero con
mansedumbre, respeto y buena conciencia” (1 Pe 3,15-16).
Esta invitación, esta urgencia, no ha
desaparecido, y es particularmente necesaria en estos momentos de crisis de
valores.
No a la confrontación, pero, también, no a
la inhibición. Así surgió la Iglesia, del testimonio de la esperanza de los
discípulos. Un testimonio que “llenó de
alegría a la ciudad” (Hch 8,8). La tristeza existencial que nos atenaza, a
pesar del barullo reinante, ¿no obedecerá a que hemos silenciado esa esperanza?
¿Tenemos algo que decir? ¿Decimos algo? ¿Cómo lo decimos?
Primero, hemos de decir una palabra humana
y humanizadora. Los cristianos debemos estar presente -no solo no ausentes- con
presencia peculiar y propia, en la configuración del proyecto humano. Hay que
humanizar, impidiendo que el rostro del hombre se vaya desfigurando con rasgos
inhumanos e infrahumanos. No debemos extrañarnos sino entrañarnos en el
compromiso humano. Nuestra profesión de fe debe ser humanizadora; debe ayudar a
que nazca ese hombre nuevo apuntado en la resurrección de Cristo, habitante de
unos cielos nuevos y una tierra nueva, donde habite la justicia (2 Pe 3,13).
Pero antes, y para eso, nuestra vida personal debe humanizarse, y nuestra fe
debe humanizarnos. Es la primera palabra: una palabra humana, desde el modelo
de hombre que Dios nos reveló en Cristo.
Y una palabra religiosa. No podemos
sustraer, silenciar o camuflar esta palabra (Mt 5,16). Necesaria e inequívoca,
creída y creíble. Pues no se trata de “terrenizar” el Evangelio, sino de
“evangelizar” la tierra; no se trata tanto de “humanizar” el Evangelio, cuanto
de “evangelizar” al hombre. ¿Somos religiosamente inexpresivos? ¿Los que se
encuentran con nosotros, con quién se encuentran? ¿Con Dios? ¿A dónde y a quién
remitimos con nuestro ser y nuestro obrar? Y esa palabra, humana y religiosa,
no es más que una: JESUCRISTO. Y para pronunciarla con verdad y credibilidad
necesitamos la asistencia del Espíritu
El evangelio de hoy nos insta a una
adhesión personal, íntima y consecuente a él, a Cristo, a sus “mandamientos”,
que se reducen a un mandamiento: “Permaneced
en mi amor” (Jn 15,9). En esa adhesión hallaremos la experiencia de la
filiación divina y de la presencia fortificante del Espíritu de Dios, que es
presentado como el “Espíritu de la verdad”. Un Espíritu que nos invita a vivir
en la “verdad de Jesús” en medio de una sociedad donde la verdad está siendo
desnaturalizada y tergiversada: donde a la explotación se le llama negocio; a
la irresponsabilidad, tolerancia, a la injusticia, orden establecido; a la
arbitrariedad, libertad; a la falta de respeto, sinceridad… Desde esa adhesión
a Jesús, a sus mandamientos, y al Espíritu de la verdad, entraremos a formar parte
de la “familia de Dios”, y superaremos la sensación de orfandad, desamparo y
desconcierto.
REFLEXIÓN
PERSONAL
.- ¿Anuncio y
vivo el Evangelio de la alegría y con alegría?
.- ¿Con qué
actitudes doy razón de mi esperanza en Cristo?
.- ¿Guardo
(viviendo) o guardo (ocultando) el mandamiento del Señor?
Domingo J.
Montero Carrión, franciscano capuchino.
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