
Yo estuve en otras monjas que no son de clausura. Entonces era muy joven, estuve ocho años y salí a los veinte...Cada día iba al Sagrario y pedía al Señor que como aquello no era para mí, le encontrase en la calle a Él todos los días del resto de mi vida.
Pronto me dediqué a buscar chicas con un poco de inclinación a la vida espiritual y las mandaba al mismo colegio que yo había estado y aquí encontré mi verdadero camino; conocí a las clarisas; ora y labora es su misión, escribí a las que me iniciaron en la vida de oración y sin dudar mucho, una carta diciendo que Dios se había valido de mi celo por orientar almas que se le entregasen del todo para orientar la mía a su verdadero camino (la clausura). Cuando se entra en este santo recinto te llevan a la capilla para saludar al Amor (Jesús); yo, después de pedir su bendición le dije: “Tú, preso en el Sagrario por mí, yo aquí comienzo a vivir en este convento presa por ti”. Cuarenta y dos años llevo, y cada día cuando me acuesto doy gracias a Dios por la concesión de un nuevo día de perseverancia en su santo servicio, y al amanecer le ofrezco el día que empieza para que avance en mi vida de entrega y perseverancia.
La ilusión por las vocaciones sigue vigente en mi espíritu; como no puedo viajar con el c uerpo lo hago objeto de mi oración, y desde aquí os digo: Jóvenes buscad y encontraros con Cristo, el claustro es el cielo y vida en el trepar para alcanzarlo.
También tuve mis dificultades: hacía menos de un año que habían operado a mi madre de un gran cáncer, la quitaron el estómago entero; pocos días antes de la fecha marcada para entrar, con mucho cariño le dije: “El día nueve de enero me caso”. Sabía ella mis andanzas con las jóvenes y mi visita casi diaria a las Clarisas, comprendió y dejó caer unas lágrimas. La consolé diciendo que Dios da el ciento por uno... y como todo llega, llegó a los quince días el nueve de enero, y con él, la hora de la despedida, nos abrazamos y el autobús me hizo soltarme para llegar al convento a la hora convenida: cuatro de la tarde. Ella, mi amadísima madre se desmayó y se cayó en la cocina..., pero el autobús no esperaba, y con mi corazón partido la dejé y me fui al coche.
Estuvo muy grave, la dieron los sacramentos, pero las oraciones de la comunidad la restablecieron; tardó dos meses en poder llegar al convento; fue muy privilegiada porque entonces la reja no se abría, pero se le abrió la puerta y nos abrazamos de nuevo, esta vez con más alegría. El arrancón fue para mí muy fuerte, pero las monjas rezaban y el ambiente era de cariño. ¡Gracias a todas!
Sor Mª Angélica del Espíritu Santo




