sábado, 17 de marzo de 2018

CONVERTIR LA VIDA DIARIA EN UN DESCUBRIMIENTO CONTINUO DEL QUERER DE DIOS



Hace días nos han invitado a convertirnos en mediaciones de Dios  hacia los demás, ángeles del Señor que llevemos a los hermanos el mensaje de su amor y ternura. Y como hoy es sábado, día dedicado a la Virgen María, quiero compartir contigo este texto, que me impactó cuando lo leí, y que tengo a mano para recordarlo a menudo:


“Convertir la vida diaria en un descubrimiento continuo de cuanto Dios quiera de mí.
            Contemplar a Dios en lo que nos sucede es el método mariano de vivir lo nuevo e inesperado sin inquietarnos por cuanto pueda sucedernos, sabiéndonos, ocurra lo que ocurra, cerca de nuestro Dios.
            Contemplar desde Dios, desde su voluntad, lo que sucede ante nuestros ojos y también lo que vemos solo con el corazón, verlo todo bajo el querer de Dios, nos llevaría a vivir la vida de todos los días como una aventura buena, como una bienaventuranza continua. María nos recuerda que tener a Dios cerca más que un privilegio es una tarea, pero también nos enseña a saberse junto a Él.
            Quien hace, como María, de la escucha de Dios la ocupación de su vida, hará de su vida ocasión para hacer el querer de Dios; y, no lo olvidemos, hacer el querer de Dios significa hacerse con su querer. Presentir con el corazón la voluntad de Dios en lo que nos acontece.”
(Juan José Bartolomé en “El corazón de la Palabra”)

jueves, 15 de marzo de 2018

SEÑOR, TÚ ME SONDEAS Y ME CONOCES



           Para hoy, os dejo este salmo precioso, que merece la pena meditar:

Señor, tú me sondeas y me conoces;
  me conoces cuando me siento o me levanto,
  de lejos penetras mis pensamientos;
  distingues mi camino y mi descanso,
  todas mis sendas te son familiares.

No ha llegado la palabra a mi lengua,
  y ya, Señor, te la sabes toda.
  Me estrechas detrás y delante,
  me cubres con tu palma.
  Tanto saber me sobrepasa,
  es sublime, y no lo abarco.

¿Adónde iré lejos de tu aliento,
  adónde escaparé de tu mirada?
  Si escalo el cielo, allí estás tú;
  si me acuesto en el abismo, allí te encuentro;

si vuelo hasta el margen de la aurora,
  si emigro hasta el confín del mar,
  allí me alcanzará tu izquierda,
  me agarrará tu derecha.

Si digo: "que al menos la tiniebla me encubra,
  que la luz se haga noche en torno a mí",
  ni la tiniebla es oscura para ti,
  la noche es clara como el día.

Tú has creado mis entrañas,
  me has tejido en el seno materno.
  Te doy gracias,
  porque me has escogido portentosamente,
aunque yo prefiero darle las gracias por haberme escogido de manera delicada y sutil, y casi sin darme cuenta
  porque son admirables tus obras;
  conocías hasta el fondo de mi alma,
  no desconocías mis huesos.

Cuando, en lo oculto, me iba formando,
  y entretejiendo en lo profundo de la tierra,
  tus ojos veían mis acciones,
  se escribían todas en tu libro;
  calculados estaban mis días
  antes que llegase el primero.

¡Qué incomparables encuentro tus designios,
  Dios mío, qué inmenso es su conjunto!
  Si me pongo a contarlos, son más que arena;
  si los doy por terminados, aún me quedas tú.

Señor, sondéame y conoce mi corazón,
  ponme a prueba y conoce mis sentimientos,
  mira si mi camino se desvía,
  guíame por el camino eterno.

miércoles, 14 de marzo de 2018

Mi Amor está crucificado



Como encuentro alguna dificultad para actualizar la página correspondiente,  publico en la principal
Os dejo para hoy unos versos del cántico de Isaías:

Desbordo de gozo con el Señor,
y me alegro con mi Dios:
porque me ha vestido un traje de gala

y me ha envuelto en un manto de triunfo,
como novio que se pone la corona,
o novia que se adorna con sus joyas.
Como el suelo echa sus brotes,
como un jardín hace brotar sus semillas,
así el Señor hará brotar la justicia 
los himnos ante todos los pueblos.
………….
Te pondrán un nombre nuevo,
pronunciado por la boca del Señor.
Serás corona fúlgida en la mano del Señor
y diadema real en la palma de tu Dios.
Ya no te llamarán “Abandonada”,
ni a tu  tierra “Devastada”;
 ti te llamarán “Mi favorita”,
y a tu tierra “Desposada”,
porque el Señor te prefiere a ti,
y tu tierra tendrá marido.
Como un joven se casa con su novia,
así te desposa el que te construyó;
la alegría que encuentra el marido con su esposa,
la encontrará tu Dios contigo.

domingo, 11 de marzo de 2018

¡FELIZ DOMINGO! 4º de CUARESMA



SAN JUAN  3, 14-21
   "En aquel tiempo dijo Jesús a Nicodemo: Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del Hombre, para que todo el que cree en el tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no será condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. Esta es la causa de la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra perversamente detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios."
                                             ***             ***             ***
     Jesús es portador de la salvación y la sanación de los hombres, de la vida eterna. Y lo es desde la paradoja de la Cruz. Él es la epifanía del amor de Dios al mundo. Su misión es exclusivamente salvadora. Y a esa salvación se accede por la fe. La misión de Jesús es iluminadora, y el que opta por esa Luz pasa de las tinieblas a la luz. Quien no opta por él, opta por la muerte y la tiniebla.
   REFLEXIÓN PASTORAL
    Durante el tiempo de Cuaresma se nos insiste de manera primordial en la conversión; pero frecuentemente se hace una presentación muy limitada. Se habla de la necesidad del hombre de convertirse a Dios. Pero esto es solo parte de la conversión y no la más importante; es, en todo caso, la segunda parte.
         La primera, y más importante, es proclamar que primero Dios se ha convertido al hombre, y de una manera insospechada e inmerecida (Jn 3,16), “estando muertos por los pecados” (2ª lectura).
         La conversión cristiana no es cuestión de mortificación cuanto de acogida de un amor real y efectivo, el de Dios. Para eso Dios “enviaba mensajeros a diario” (1ª lectura). Y, especialmente, para eso envió a su Hijo. Que no vino a repartir reprobaciones, sino a salvar y a hacer posibles las condiciones de salvación. “Es palabra digna de crédito y merecedora de toda aceptación que Cristo Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores” (1 Tim 1,15). Jesucristo es la expresión más real y más veraz del amor de Dios al mundo. Y este es un aspecto que merece ser subrayado. Desde esa opción amorosa de Dios quedan desautorizadas las “pastorales” anti-mundo. La de Dios, encarnada en Jesús, fue una pastoral pro-mundo.
Jesús es la visibilización, el sacramento de la conversión de Dios al hombre y del hombre a Dios. Y como en él la conversión de Dios al hombre es total y sin reservas, así ha de ser la conversión del hombre a Dios, total y sin reservas (Mt 10, 37 ss).  Él encarna el sí de Dios al hombre y el sí del hombre a Dios, pues “el Hijo de Dios, Jesucristo, anunciado entre vosotros por mí…, no fue sí y no, sino que  en él solo hubo sí. Pues todas las promesas de  Dios han alcanzado su sí en él” (2 Cor 1, 19 -20). “Aprended de mí” (Mt 11, 29). Pablo recomendará: “Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús” (Flp 2, 5). La conversión es un “con-sentimiento” con Cristo.
En Cristo, Dios se revela apostando por el hombre;  es la expresión de la opción humana de Dios. En su persona, el hombre recupera la esperanza y la alegría, al descubrir el compromiso de Dios en su defensa (Rom 8,31). La garantía de que Dios está por el hombre es que por él se hizo hombre. La conversión cristiana es, en primer lugar, celebración de la conversión de Dios…
         Pero esto no debe inducirnos a una falsa seguridad. “El amor de Cristo nos apremia” (2 Cor 5,14), es el principio de nuestra responsabilidad. Sin esa experiencia de un Dios vuelto hacia nosotros, en una revelación de amor, es imposible la respuesta del hombre; pero sin la respuesta, libre y amorosa, del hombre queda bloqueada la iniciativa salvadora de Dios.
El hombre no se salva por sus obras -la salvación viene de Dios- (2ª lectura); pero este Dios no impone la salvación al hombre, le hace una oferta responsable. Nos lo recuerda el evangelio de san Juan: la condenación del hombre es autocondenación, pues “el que cree en Él, no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del  Unigénito de Dios. Este es el juicio: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron  las tinieblas, porque sus obras eran malas”.
Sí, Dios solo es Salvador, y el solo Salvador.
REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Siento que Dios está de mi parte?
.- ¿Hasta dónde llegan en mi vida las urgencias del amor de Dios?
.- ¿Cómo es mi conversión: ritual, parcelaria…?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

domingo, 4 de marzo de 2018

¡FELIZ DOMINGO! 3º de CUARESMA

  SAN JUAN 2, 13-15
                                                   

    En aquel tiempo se acercaba la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendía palomas les dijo: Quitad esto de aquí: no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre. Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: “El celo de tu casa me devora”.
   Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron: ¿Qué signos nos muestras para obrar así?
    Jesús contestó: Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.
    Los judíos replicaron: Cuarenta y seis años ha constado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?
    Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Y cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y dieron fe a la Escritura y a la Palabra que había dicho Jesús.
    Mientras estaba en Jerusalén por las fiestas de Pascua, muchos creyeron en su nombre, viendo los signos que hacía; pero Jesús no se confiaba con ellos, porque los conocía a todos y no necesitaba el testimonio de nadie sobre un hombre, porque él sabía lo que hay dentro de cada hombre.
                                ***             ***             ***
         Mientras los evangelios sinópticos colocan este relato en la última semana de vida de Jesús, el IV evangelio lo anticipa, situándolo al inicio de su actividad pública. Quiere con ello indicar que este es su proyecto original: Jesús ha venido para abrir un tiempo nuevo, caracterizado por un nuevo “espacio” teologal, personalizado en él y culminado en su muerte y resurrección, acabando con las “localizaciones” geográficas partidistas (cf. Jn 4,21-24). Los judíos de entonces no lo entendieron así; los discípulos lo entenderían solo después de la resurrección.
     Pero junto a este subrayado cristocéntrico, conviene no olvidar otro antropocéntrico, porque el hombre es verdadero templo de Dios, “si alguno destruye (profana) el santuario de Dios, Dios le destruirá a él; porque el santuario de Dios es sagrado, y vosotros sois ese santuario” (1 Cor 3,17). ¡Atención a no  confundir ni confundirse!
REFLEXIÓN PASTORAL
    Nos encontramos, prácticamente, en el centro de la Cuaresma, una buena ocasión para hacer balance y sacar conclusiones. ¿Cómo estamos viviendo este tiempo? ¿Cómo tiempo de gracia y de salvación? ¿Advertimos en nosotros realmente esos frutos? ¿O nuestra vida se desliza indolente, perezosa y rutinaria?
     El evangelio de hoy nos invita a revisar nuestras actitudes y comportamientos, no sea que también nosotros, como los moradores del templo de Jerusalén, hayamos pervertido los contenidos más genuinos de nuestra fe cristiana.
     La imagen de Jesús de este tercer domingo choca notablemente con la del domingo precedente. Si el domingo anterior le contemplábamos resplandeciente y transfigurado en el monte, ahora aparece también transfigurado, pero por el celo de la casa  de su Padre.
      Jesús con un látigo en las manos arrojando a los mercaderes del Templo ha dado y sigue dando pie a algunos para decir: ¿Ves? ¡También Jesús recurrió a la violencia! Y fijándose solo en el látigo, no escuchan sus palabras.
    El gesto de Jesús no es un arrebato de violencia, sino un gesto profético, que no puede aislarse de sus palabras: “No convirtáis en un mercado la casa de mi Padre”.
    Con él quiso denunciar la desviación de un culto que se nutría de la especulación y la mercantilización de la religion; la contradicción de un templo consagrado al Dios único, y en cuyos atrios crecían los ídolos; la insuficiencia de una religiosidad que pretendía satisfacer las exigencias de la fe solo con ofrendas materiales… Y, sobre todo, quiso revelar y anunciar al auténtico templo: “Destruid este templo y en tres días lo levantaré”. Y puntualiza el evangelista que lo dijo refiriéndose a sí mismo.
     Sí, Jesús es el auténtico espacio sagrado; el verdadero templo donde se da culto a Dios en espíritu y en verdad; es el verdadero sacerdote y la verdadera ofrenda.
    No convirtáis en un mercado de la casa de mi Padre”, esta advertencia / recriminación de Jesús hemos de escucharla nosotros atentamente, porque el peligro de esa perversión también nos acecha.
    También nosotros podemos pervertir la voluntad de Dios, esos mandamientos de los que nos habla la primera lectura; también nosotros podemos vaciar de sentido nuestra fe, reduciéndola a prácticas rutinarias, sin garra en la vida… ¿Qué son para nosotros los mandamientos? A veces damos la impresión, triste impresión, de ser solo normas, obligaciones…; y reducimos la vida a observancias y cumplimientos raquíticos y formalistas… “Si conocieras el don de Dios” (Jn 4,10). Porque los Mandamientos son don de Dios para que el hombre sea feliz (Dt 63). “Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón…, más preciosos que el oro…; más dulces que la miel de un panal que destila” (Sal 19,9.11). Y es que sin la alegría de creer, es imposible la alegría de vivir la fe.
    Pero hay algo más, la Palabra de Dios no solo nos dice que Jesús es el verdadero Templo, sino que nuestra vocación es  ser templos del Espíritu: espacios desde los que se glorifique a Dios. “¿No sabéis que sois templos de Dios y que el  Espíritu de  Dios habita en vosotros?” (1 Cor 3,16). Que somos espacios sagrados, que no podemos profanar, porque cuando lo hicisteis con uno de estos, los hicisteis conmigo.  ¡Atención a no  confundir ni confundirse!    
     Estamos ante la celebración de la Semana Santa, ¿y no podemos pervertirla, convirtiéndola en pretexto para la evasión, la ostentación y el consumo? No seré yo quien invite a coger ningún látigo, pero sí a preguntarnos: si Jesús viniera a nuestra Semana Santa ¿se reconocería, y en quién se reconocería?
REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Advierto en mí frutos de conversión?
.- ¿Me percibo y percibo a los otros como “templo” de Dios?
.- Cómo vivo los “mandamientos”: como don o como imposición?
DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.