domingo, 19 de julio de 2026

¡FELIZ DOMINGO! 16º DEL TIEMPO ORDINARIO

  

San Mateo 13, 24-43.

   “En aquel tiempo, Jesús propuso esta parábola a la gente: El Reino de los Cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero mientras la gente dormía, un enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo: Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña? Él les dijo: Un enemigo lo ha hecho. Los criados le preguntaron: ¿Quieres que vayamos a arrancarla? Pero él les respondió: No, que podríais arrancar también el trigo.   Dejadlos crecer juntos hasta la siega, y cuando llegue la siega diré a los segadores: Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero.

    Les propuso esta otra parábola: El Reino de los Cielos se parece a un grano de mostaza que uno siembra en su huerta; aunque es la más pequeñas de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un arbusto más alto que las hortalizas y vienen los pájaros a anidar en sus ramas.

    Les dijo otra parábola: El Reino de los Cielos se parece a una levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina y basta para que todo fermente.

    Jesús expuso todo esto a la gente en parábolas y sin parábolas no les exponía nada. Así se cumplió el oráculo del profeta: “Abriré mi boca diciendo parábolas; anunciaré el secreto desde la fundación del mundo.”

    Luego dejó a la gente y se fue a casa. Los discípulos se le acercaron a decirle: Acláranos la parábola de la cizaña en el campo. El les contestó: El que siembra la semilla es el Hijo del Hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del Reino; la cizaña son los partidarios del Maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el fin del tiempo, y los segadores los ángeles. Lo mismo que se arranca la cizaña y se quema, así será el fin del tiempo: el Hijo del Hombre enviará a sus ángeles, y arrancará de su Reino a todos los corruptores y malvados y los arrojará al horno encendido; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga.

 

Dios nos enseña a ser humanos

Que el bien convive con el mal lo experimentamos dentro de nosotros y lo vemos en torno a nosotros. No parece ser éste, sin embargo, el trasfondo de la parábola del trigo y la cizaña; en ella, más que de la inevitable cercanía entre el bien y el mal, se trata de la cercanía escandalosa entre ciudadanos del Reino y partidarios del Maligno.

La pregunta de los criados al amo: “Señor, ¿no sembraste buena semilla en el campo?, ¿de dónde sale la cizaña?”, refleja el escándalo que la cizaña les causa, y el reproche nada velado que hacen al dueño del campo.

La última pregunta de los criados: “¿quieres que vayamos a arrancarla?”, describe esa reacción tan de nuestra casa, de nuestra psicología, de nuestra condición humana, que es el impulso a erradicar de inmediato lo que nos estorba, en este caso, gavillas enteras de agentes del mal o de “partidarios del Maligno”.

Sobre ese trasfondo de escándalo, de reproche y de prisas por erradicar, acontece la revelación del designio de Dios: “No hay más Dios que tú, que cuidas de todo”.

Ya puedes, hermano mío, volver a escandalizarte de ese Dios único –no hay otro-, que cuida de su Hijo y de quienes crucifican a su Hijo, cuida de la adúltera amenazada de muerte y de quienes la acusan para matarla, cuida del publicano y del fariseo, cuida del africano pobre y del europeo rico, cuida de los que se ahogan en la miseria y de los que nadan en la abundancia, cuida de quienes mueren abrasados por el sol en una barca sin pan y sin agua, y de quienes se tuestan al sol para presumir de verano.

Ya puedes volver a escandalizarte de ese Dios único –no hay otro- “que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos”, sobre víctimas y victimarios. Tal vez esas palabras de Jesús nos ayuden a entender las palabras de la Sabiduría que escuchamos hoy en nuestra celebración: “Tú, poderoso soberano, juzgas con moderación y nos gobiernas con gran indulgencia, porque puedes hacer cuanto quieres”. Tú juzgas con moderación haciendo salir tu sol para todos; tú gobiernas con gran indulgencia haciendo bajar tu lluvia sobre todos.

Hay palabras que, sólo si las pronuncia alguien que sufre, un vencido, un pobre, una víctima, pierden el tono del sarcasmo, y las palabras que hablan de Dios pertenecen todas a esa familia, también las palabras con las que nosotros oramos hoy: “Tú, Señor, eres bueno y clemente… lento a la cólera, rico en piedad y leal”. Palabras-verdad si las dice un crucificado; palabras-sarcasmo si las dice quien se burla de un crucificado. Palabras de fe si las dice un pobre que confía en el Señor; palabras-blasfemia si las pronuncia quien se enriquece con el hambre de los pobres. Las palabras de nuestra oración serán confesión agradecida si las pronuncia quien, de la mano de Dios, en Cristo Jesús, ha pasado de la esclavitud a la libertad, del pecado a la gracia, de la muerte a la vida.

Pero todos sabemos que entre aquella súplica confiada y aquella confesión agradecida está la noche oscura de la humanidad que sufre, la noche de las víctimas, la noche del Crucificado; entonces en los labios del creyente sólo quedan palabras de entrega confiada; entonces la confianza se hace puro abandono: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”.

Queridos: No penséis que unos son los que piden esperanzados la salvación, otros los que agradecen porque la han recibido, y otros aún los que han nacido para conocer sólo la oscuridad de la noche. En realidad, cada uno de nosotros experimenta en sí mismo esos tiempos distintos de la fe, y estamos tan familiarizados con ellos que, mientras oramos confiadamente al Señor de nuestras vidas, ya agradecemos como si hubiésemos recibido la salvación que anhelamos, y nos mostramos dispuestos a aceptar con amor de hijos la oscuridad de la noche que puede envolvernos. Y si oramos desde la oscuridad de la noche, entonces la confianza es sólo confianza, el agradecimiento es puro agradecimiento, y el amor es pura gratuidad, humilde semejanza del amor perfecto de Dios.

Sólo la comunión real con el dolor de Cristo y con el dolor de la humanidad puede llenar de verdad y purificar de sarcasmo las palabras de nuestra oración.

Entonces empezarán a tener un profundo significado también para esta asamblea eucarística las palabras de la revelación, que hablan de “juzgar con moderación, gobernar con indulgencia, dar lugar al arrepentimiento, enseñar a ser humano”.

Cristo y los pobres nos enseñan a creer, a orar, a amar. Dios non enseña a ser humanos. Feliz comunión con Cristo y con los que sufren. Feliz domingo.

 

Siempre en el corazón Cristo.

 

+ Fr. Santiago Agrelo

Arzobispo emérito de Tánger

 

 

domingo, 12 de julio de 2026

¡FELIZ DOMINGO! 15º DEL TIEMPO ORDINARIO

 


San Mateo 13, 1-23.

    “Aquel día salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó y la gente se quedó de pie en la orilla. Les habló mucho rato en parábolas:

    Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y como la tierra no era profunda, brotó en seguida; pero en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos ciento; otros, sesenta; otros, treinta. El que tenga oídos que oiga.

    Se le acercaron los discípulos y le preguntaron: ¿Por qué les hablas en parábolas? El les contestó: A vosotros se os ha concedido conocer los secretos del Reino de los Cielos y a ellos no. Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. Así se cumplirá en ellos la profecía de Isaías: Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin ver; porque está embotado el corazón de este pueblo; son duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure.

    Dichosos vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen. Os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron.

    Vosotros oíd lo que significa la parábola del sembrador: Si uno escucha la palabra del Reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino. Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que la escucha y la acepta en seguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y, en cuanto viene una dificultad o persecución por la Palabra, sucumbe. Lo sembrado entre zarzas significa el que escucha la Palabra, pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas la ahogan y se queda estéril. Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la Palabra y la entiende; ése dará fruto y producirá ciento o sesenta o treinta por uno.”

La fe pregunta…

 

“Como la lluvia y la nieve… Así será mi palabra que sale de mi boca… No volverá a mí vacía…”.

“Salió el sembrador a sembrar…”.

“Tú cuidas la tierra, la riegas y la enriqueces sin medida; la acequia de Dios va llena de agua, preparas los trigales”.

 

La palabra “sale” de Dios, de lo alto, como la lluvia, como la nieve, “sale” en busca de la tierra que la necesita para hacerse tierra de pan llevar, para ser tierra que dé semilla al sembrador y pan al que come.

La palabra “sale” de la boca de Dios, como sale la semilla de la mano del sembrador, y cae, alguna, al borde del camino, alguna, en terreno pedregoso, otra cayó entre abrojos, y otra cayó en tierra buena.

A la palabra de Dios que “sale”,se la llamó: “la Ley y los Profetas”, también sabiduría y evangelio; y la llamamos Jesucristo el Señor; él es la“Palabra de Dios hecha carne”, la “Palabra de Dios” que se abaja, se humilla, me busca, se pierde por encontrarme, y, lo mismo que sucede con la semilla, cae en la tierra y muere por darme la vida.

La fe reconoce y confiesa el camino que la Palabra ha recorrido para venir a mi encuentro, un camino que, de modo sacramental, la Palabra vuelve a recorrer cada vez que celebramos la Eucaristía. Allí, de forma real y verdadera, resuenan otra vez la Ley y los Profetas, la sabiduría y el Evangelio; allí, de forma real y verdadera, vuelve a caer en nuestra tierra la semilla que es Cristo Jesús; allí, de forma real y verdadera, la lluvia y la nieve de Dios empapan nuestra tierra para que dé fruto, para que dé semilla al que siembra, y pan al que come.

Ahora la fe me pregunta por la tierra en que la semilla ha caído, por la suerte que la semilla ha corrido en ese campo de Dios que es mi corazón, que soy yo…

Ahora la fe me pregunta por “la Ley y los Profetas”: por el conocimiento que tengo de las obras de Dios, de su obsesión de amor con la humanidad, de su obstinación en hacer de la tierra un lugar de paz y de abundancia para un pueblo en libertad… Me pregunta por el conocimiento, y también por la gratitud y por la alabanza…

Ahora la fe me pregunta por Cristo Jesús, por la suerte de Cristo Jesús en mí, por mi comunión con Cristo Jesús: por si ha germinado en mí la pequeñez de Cristo Jesús, por si han brotado en mí su humildad y su mansedumbre, por si se ha asomado a mis ojos su mirada compasiva, por si Cristo Jesús vive en mí…La fe me pregunta qué ha sido dela pobreza de Cristo Jesús en mí, qué de su entrega, qué de su gracia y de su Espíritu…

Preguntándome por Cristo Jesús, la fe me pregunta por el lugar que ocupa en mi corazón el cuerpo de Cristo que es la Iglesia, la comunidad de fe a la que pertenezco, la familia de Dios en la que soy hijo…

Preguntándome por Cristo Jesús, la fe me pregunta por el lugar que ocupa en mi corazón la Eucaristía: la palabra de Dios, que escucho; el Cuerpo de Cristo, que recibo; los hermanos, con quienes recuerdo las obras de Dios y las celebro…

Preguntándome por Cristo Jesús, la fe me pregunta por el lugar que ocupa en mi corazón el cuerpo de Cristo que son los pobres: los vergonzantes y los que están a la vista, los de la calle y los de las fronteras, los de cerca y los de lejos…

Y lo que mi corazón responda con verdad a esas preguntas de la fe, eso dirá con verdad qué tierra soy para la semilla que el sembrador ha sembrado en ella…

Puede que el amor a los pobres sea el criterio último de discernimiento para saber de la tierra y de la semilla, para saber de Dios y de mí…

 

Siempre en el corazón Cristo.

+ Fr. Santiago Agrelo

Arzobispo emérito de Tánger

domingo, 5 de julio de 2026

¡FELIZ DOMINGO! 14º DEL TIEMPO ORDINARIO

 


San Mateo 11, 25-30.

    “En aquel tiempo exclamó Jesús: Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.”

 

Venid a mí…

Es un hecho: a Jesús lo crucificaron los sabios, los entendidos, los que tenían la llave del conocimiento de Dios, los que tenían los recursos del poder, los guardianes de la legalidad religiosa y política.

Y es también un hecho: a Jesús lo buscaron los pequeños, entiéndase, los que no tenían una sabiduría de la que presumir, sino carencias y ausencias y sufrimientos, bajo cuyo peso el ser humano se dobla hacia la tierra y se hace pequeño, insignificante, casi invisible…

A Jesús lo buscó la necesidad de los pobres, y, en Jesús, la fe de los pobres encontró “las cosas” de Dios: el reino de Dios, la bondad de Dios, la palabra de Dios, la gracia de Dios, la santidad de Dios, la vida de Dios, la luz de Dios… En Jesús, la fe de los pobres encontró a Dios.

Si nos preguntamos qué “cosas” son las que Dios ha revelado a “los pequeños”, tendremos que hablar de “locuras”, de cosas ajenas al saber de los entendidos, pues locura es un Dios pobre, un Dios de los pobres, un Dios último, un Dios cansado del camino, un Dios impuro, un Dios hecho pecado, un Dios que hace suya la debilidad humana -él se queda con nuestra lepra, con nuestra impureza, con nuestras heridas, con nuestros miedos, con nuestra tristeza-, y hace nuestro lo que sólo era suyo -su Espíritu y su gracia, su paz y su alegría, su verdad y su vida, su amor y su palabra-.

Si queremos saber de Dios, no preguntamos a los sabios y entendidos, sino a esa locura divina que se llama Jesús: preguntamos al Hijo, pues sólo él conoce al Padre, sólo él sabe de Dios…

Y, si queremos saber de nosotros, de nuestros cansancios, de nuestros agobios, de nuestra vida, también preguntamos a Jesús, y él nos invita a entrar como discípulos en su escuela: “Venid a mí… aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”.

Los “sabios y entendidos” no hallarán dificultad para ver a Dios en la quietud de nuestras iglesias, en la majestuosidad de nuestras catedrales, en la grandeza de nuestros proyectos, en la belleza de nuestras celebraciones, en la gloria de nuestras manifestaciones, pero sólo los “pequeños” reconocerán a Dios en los derrotados de la vida: en los mendigos, en los esclavizados, en los muertos de hambre, en los sepultados de cementerios sin lápidas, en los que yacen bajo un infierno de escombros, en los cristos de cada calvario donde se levanta una cruz… Allí, sólo los pequeños reconocerán a Dios, sólo ellos lo adorarán, sólo ellos cuidarán de élcon todos los recursos de la misericordia…

Venid a mí”: El mismo que, en aquel tiempo, lo dijo a quienes tuvieron la dicha de encontrarlo en sus caminos, nos lo dice hoy a nosotros que tenemos la dicha de creer en él, de reconocerlo en la eucaristía,de escucharlo y recibirlo;nos lo dice hoy a nosotros que tenemos la dicha de “ir a él”, descansar en él, buscar alivio en él.

Entonces, contados entre los pequeños de la tierra, también nosotros podremos decir, con verdad y con toda el alma, las palabras del Salmista: “Te ensalzaré, Dios mío, mi rey; bendeciré tu nombre… El Señor es clemente y misericordioso… El Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas…”.

Venid a míy yo os aliviaré”.

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P.S.: «Inmigración ilegal. Trasladadas seis personas a Cartagena tras el hundimiento de una patera. Dos de los supervivientes son menores de edad, y tres personas continúan desaparecidas.» ¿Por qué llamamos ilegal -o irregular- algo que para los pobres es inevitable, algo que los pobres se ven forzados a hacer y que pone en peligro sus vidas? La prioridad nacional es una blasfemia.

 

Siempre en el corazón Cristo.

+ Fr. Santiago Agrelo

Arzobispo emérito de Tánger

 

domingo, 21 de junio de 2026

¡FELIZ DOMINGO! 12º DEL TIEMPO ORDINARIO

 


San Mateo 10, 26-33.

    “En aquel tiempo dijo Jesús a sus Apóstoles: No tengáis miedo a los hombres porque nada hay cubierto que no llegue a descubrirse; nada hay escondido que no llegue a saberse.

    Lo que os digo de noche decidlo en pleno día, y lo que os digo al oído pregonadlo desde la azotea.

     No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No; temed al que puede destruir con el fuego alma y cuerpo. ¿No se venden un par de gorriones por unos cuartos? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de vuestra cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo, no hay comparación entre vosotros y los gorriones.

     Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre del cielo.”

 

No tengáis miedo

Sabéis por experiencia que la relación de Dios con el hombre se vive normalmente en la evidencia del dolor y en la oscuridad de la fe, y no os sorprende que la palabra de Dios vuelva una y otra vez sobre esta experiencia que, para los creyentes, es particularmente angustiosa, pues a los sufrimientos que la vida trae consigo, se añade el más amargo aún del silencio de Dios, silencio que percibís como signo de su ausencia, tal vez como indicio de su inexistencia, aunque la fe intuya que es su forma más profunda de presencia.

Hoy, el Lector proclamó en nuestra asamblea las palabras de la profecía: “Oía el cuchicheo de la gente: «Pavor en torno». Delatadlo, vamos a delatarlo, mis amigos acechaban mi traspié. A ver si se deja seducir y lo violaremos”. Luego, como si hiciésemos nuestra la angustia del profeta, hicimos nuestra su oración: “Por ti he aguantado afrentas, la vergüenza cubrió mi rostro. Soy un extraño para mis hermanos, un extranjero para los hijos de mi madre”.

Tal vez por su necesaria sobriedad, tal vez por motivos de índole pastoral, la liturgia, en el salmo responsorial de este domingo, nos privó de palabras que, sin embargo, considero oportuno recordar. El salmista comenzó su poema con una llamada de socorro, un grito capaz de llegar, desde el abismo en que nace, al cielo de los cielos donde Dios habita: “¡Sálvame, Dios, que me llega el agua al cuello! Me hundo en un cieno profundo y no puedo hacer pie; me he adentrado en aguas hondas y me arrastra la corriente. Estoy fatigado de gritar, tengo ronca la garganta, se me nublan los ojos de tanto aguardar a mi Dios”.

Detrás de las palabras de la oración podéis reconocer la súplica de un creyente desterrado, el lamento de un Job desahuciado, el grito de un Jesús crucificado, la angustia de una humanidad herida y sola, sin amigos y sin Dios, pues los “amigos –lo dijimos en nuestro lamento- acechan mi traspié”, y ¡qué decir de Dios!, también hasta él llegó hoy nuestro reproche: “¡Se me nublan los ojos de tanto aguardarlo!”.

No soy capaz de imaginar –porque la angustia resultaría insoportable- lo que siente un hombre, una mujer, un niño, a quienes la muerte se acerca en forma de hambre, de frío, de fuego, de esclavitud, de guerra, de terror. Pienso en los hombres y mujeres de África que se empujan por hacerse con un lugar en pateras y cayucos, y a la memoria, como cuchillos, llegan las palabras de la oración que tú, Señor, nos inspiraste: “Que no me arrastre la corriente, que no me trague el torbellino, que no se cierre la poza sobre mí”.

Queridos: La vida nos invita a que hagamos discernimiento de la imagen que tenemos de Dios, un discernimiento que será necesariamente penoso. Si tú le preguntas a Dios, te responderá su verdad. Si tú le pides a Dios, te responderá su bondad. Pero “su verdad” y “su bondad”, aunque podamos experimentarlas, no pueden quedar encerradas en nuestras experiencias, ni definidas en nuestras palabras, ni siquiera pueden ser intuidas en nuestras expectativas; “su verdad” y “su bondad” sobrepasan el ámbito de nuestras sensaciones y de nuestra inteligencia tanto cuanto el Creador sobrepasa el ser de la criatura.

El creyente expresará la bendición, la alabanza y la acción de gracias a Dios, cuando, en la fe, experimente los signos de la verdad de Dios y de su bondad; pero cuando la verdad y la bondad divinas se le oculten en el misterio, y el hombre vea que se cierra sobre él la poza de la mentira y el mal, entonces, ante su Dios, sólo le quedará el grito y el reproche.

Dios mismo inspira el reproche que le hacemos: “¡Se me nublan los ojos de tanto aguardar a mi Dios!”. Y Jesús, el Hijo de Dios, el Hijo del hombre, arrollado por el torbellino de la maldad y la mentira, gritará la pregunta más humana y más oscura que se puede hacer a Dios: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Te habrás dado cuenta, hermano mío, que reproche y grito de los pobres nacen de la fe. No habrá reproche si no hay un Dios bueno a quien interpelar; no habrá grito si no hay un Padre fiel a quien gritar. Reproche y grito son confesión de la bondad y la fidelidad de Dios: “Mi oración se dirige a ti, Dios mío, el día de tu favor; que me escuche tu gran bondad, que tu fidelidad me ayude”.

En realidad, será la fe, sólo la voz de la fe, la que responderá a ese reproche y a ese grito. Lo da a entender el profeta cuando dice: “El Señor está conmigo, como fuerte soldado”, “el Señor escucha a sus pobres, no desprecia a sus cautivos”; sólo la fe le asegura al profeta que el Señor está con él; sólo la fe le confirma que el Señor escucha a sus pobres; sólo en la fe encuentra la certeza de que el Señor no desprecia a sus cautivos.

Por eso, aunque “la poza” amenace con cerrarse sobre el creyente, aunque en su cruz haya de entregar la vida, en él se hace siempre más fuerte la esperanza. Las palabras del salmista lo dejan entrever: “Pero a mí, pobre y malherido, tu salvación, Dios, me encumbrará. Alabaré el nombre de Dios con cantos, te engrandeceré con acción de gracias”. Las palabras de Jesús en la cruz son puro grito de esperanza: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”.

Ahora ya podemos escuchar las palabras del evangelio: “No tengáis miedo a los hombres”, “no tengáis miedo a los que matan el cuerpo”, “no tengáis miedo”. Considera, Iglesia santa, quién las dice: No es un vencedor, sino un vencido; no es un poderoso, sino un débil; no es un rico, sino un pobre; no es un verdugo, sino una víctima. Las que acabas de oír, son palabras de Jesús, el Hijo del hombre que ha venido a servir, el crucificado, el abandonado de todos, el abandonado de Dios, el Señor de la esperanza.  Considera también a quién dice Jesús esas palabras: No es a vencedores, sino a vencidos; no es a poderosos, sino a débiles; no es a ricos, sino a pobres; no es a verdugos, sino a víctimas. Las que acabas de oír son palabras de Jesús a sus apóstoles, a sus enviados, a sus testigos, a sus mártires. Jesús les dice, “no tengáis miedo”, porque sabe que el destino de los suyos, como su propio destino, es pasar por situaciones en las que será normal sentir miedo. Si nuestro camino es el de Jesús, si nuestra vocación es cargar con la cruz de cada día y seguir a Jesús, si lo previsible en nuestra vida es la oposición del mundo, entonces lo previsible para todos nosotros es el miedo, y lo necesario es la esperanza, la certeza de que “el Señor está con nosotros”. ¿Recuerdas la despedida de Jesús, sus últimas palabras en la tierra de Galilea?: “Yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo”.

Hoy he oído, dichas para mí, las palabras del evangelio, palabras de Jesús a sus apóstoles, las he guardado en el corazón y he pedido a la memoria que me las recuerde siempre: “No tengáis miedo”.

Al mismo tiempo, corazón y memoria me devuelven la imagen de África, enferma y pobre, hambrienta y oprimida, África sin papeles y sin derechos, África migrante en cayucos y pateras.

Hoy hago mías, para repetirlas a los pobres de la tierra, las palabras del Señor: “No tengáis miedo”, “yo estaré con vosotros”. Éstas son hoy palabras que el cuerpo de Cristo, la Iglesia, quiere llevar a todos los que están necesitados de esperanza: “No tengáis miedo”, “yo estaré con vosotros”.

Si me toleraseis una locura, os diría que dejásemos de preocuparnos por la Iglesia y por nuestra salvación, para buscar entre todos el modo de aliviar el dolor de la humanidad herida. Podéis estar seguros de que, obrando así, estamos haciendo Iglesia, y nos disponemos a entrar, como bendecidos de Dios, en el Reino que él ha preparado para nosotros desde antes de la creación del mundo.

Feliz domingo.

Siempre en el corazón Cristo.

+ Fr. Santiago Agrelo

Arzobispo emérito de Tánger

  

P.S.: Iglesia, cuerpo de Cristo, no cometas la traición de buscarte a ti misma, de soñar tu grandeza, de aumentar tu prestigio. Tu fuerza es el Espíritu de Dios; tu grandeza es el evangelio; tu prestigio son los pobres: te esperan los ciegos como se espera la luz; te esperan los cautivos como se espera la libertad; te esperan los muertos como se espera la vida.

Para ser evangelio, no necesitamos ser muchos: sólo necesitamos aprender a Cristo Jesús y ser de todos.