domingo, 30 de abril de 2017

¡FELIZ DOMINGO! 3º DE PASCUA

  SAN LUCAS  24,13-35

                                    
    Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la semana, a una aldea llamada Emaús, distante unas dos leguas de Jerusalén; iban comentando todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.
    Él les dijo: ¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?
    Ellos se detuvieron preocupados. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le replicó: ¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que no sabe lo que ha pasado allí estos días?
    Él les preguntó: ¿Qué?
    Ellos le contestaron: Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel. Y ya ves, hace dos días que sucedió esto. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues fueron muy de mañana al sepulcro, no encontraron su cuerpo, e incluso vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles, que les habían dicho que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron.
    Entonces Jesús les dijo: ¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria?
     Y comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura.
    Ya cerca de la aldea donde iban, él hizo ademán de seguir adelante, pero ellos le apremiaron diciendo: Quédate con nosotros, porque se hace tarde y el día va de caída.
     Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció.
    Ellos comentaron: ¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?
    Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los once con sus compañeros, que estaban diciendo: Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón.
     Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.
                            ***             ***             ***
     El relato es exclusivo del evangelio de san Lucas. Dos discípulos, tras la crucifixión, han perdido la esperanza -“esperábamos”- y deciden abandonar el proyecto de Jesús. No daban crédito ni a las mujeres ni a los testigos del sepulcro vacío.    
     Jesús se les acerca para enseñarles a “leer” la historia y las Escrituras, porque buena parte de aquella decepción partía de una lectura equivocada, de una concepción mesiánica tergiversada, triunfalista y nacionalista.
    Esclarecido el sentido mesiánico de la vida de Jesús, que les había caldeado el corazón, la fracción del pan les abre los ojos, y acaban reconociéndole. Y, desandando el camino del abandono, regresan con su testimonio a la comunidad de los discípulos.
    La escena podemos considerarla una parábola del encuentro personal con Jesús, un encuentro necesario, al tiempo que desvela a la Eucaristía como la plataforma para reconocer hoy al Señor.
    
REFLEXIÓN PASTORAL
      Unos discípulos, desencantados deciden abandonar, olvidar  “la causa de Jesús”. Estaban de vuelta, resignados a volver a lo de siempre. ¡Todo había sido una ilusión!
      Lo de “al tercer día resucitará” (Mt 20,19), una quimera, “de eso ya han pasado tres días” (Lc 24,21); lo de “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14,6), se acabó en el monte Calvario; lo de “Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20)… De eso, nada de nada. Lo de amar hasta entregar la vida (cf. Jn 15,13), tiene necesariamente un final: acaba con la vida de quien se entrega a ese ideal… “Esperábamos que fuera el libertador de Israel…, pero ya ves” (Lc 24,21). La realidad se ha impuesto, frente al sueño que encarnaba Jesús.
     Así pensaban ellos, pero la realidad no era así. Y Jesús se acercó al desencanto de aquellos hombres. Les escuchó, y les hizo caer en la cuenta de que su lectura era equivocada (Lc 24,25). Necesitaban “otra” lectura, más cálida y profunda. 
    Y al querer seguir adelante, confortados por la presencia y las palabras del desconocido, le formularon un deseo eterno: “Quédate con nosotros, porque se hace tarde” (Lc 24,29). Y, al partir el pan, reconocieron al Señor. Y es que para el discípulo de Cristo, los auténticos espacios para reconocer al Señor son la escucha creyente de la Palabra de Dios y la Eucaristía. Es ahí donde se le encuentra y donde él nos encuentra.
       El camino del desencanto está hoy bastante transitado; sobre todo cuando empieza a hacerse la tarde en la vida; aunque tampoco faltan los desencantados prematuros.            Con demasiada frecuencia también nosotros, desencantados y escépticos, a duras penas acallamos la pregunta de si esto tendrá sentido y de si habrá alguien que pueda dárselo; de si valdrá la pena creer… Y nuestra fe en Dios vacila, y nuestra confianza en los hombres va desapareciendo, colocándonos al borde del “¡sálvese quien pueda!”.
     El camino de Emaús tuvo un final paradójico: el desencanto inicial acabó en encantamiento y gozo  -“¿no nos ardía el corazón?” (Lc 24,32)-. También nosotros podemos salir encantados de nuestros desencantos, si aceptamos al Señor como compañero y maestro de lectura de nuestra historia.
      Quien se propuso a sí mismo como “el Camino” (Jn 14,6), convirtió los caminos en cátedra: “Recorría las aldeas predicando…” (Mc 9,35).  Jesús no fue un evangelizador con sede fija. La sinagoga (Mt 4,23), la barca (Mt 13,2), la casa (Mt 9,10), el lago (Mc 4,1), el monte (Mt 5,1), el templo (Mc 12,35), los caminos (Lc 8,1)…, eran espacios abiertos y aptos para realizar su misión. Más aún, Jesús parece “privilegiar” los espacios “naturales” frente a los “sagrados” en su acción evangelizadora. La “buena noticia” de Jesús requería espacios nuevos, donde poder encontrar la realidad de la vida.
         Hoy la evangelización ha de abrirse a esos “nuevos areópagos”; salir al encuentro del hombre; buscarle en los espacios por donde transita -muchas veces rutas alejadas de lo “religioso”-; sentarse junto a su pozo (cf. Jn 4,6); acercarse a su carro (cf. Hch 8,28-29) y preguntarle, sin pretensiones moralizantes, con amor y respeto: “¿Entiendes lo que vas leyendo?” (Hch 8,30). ¿Es correcta tu lectura de la vida? Y presentarle, con humildad y claridad,  la “lectura alternativa de Jesús”.
El “camino” es un espacio bíblico de revelación y de encuentro. Impide el aburguesamiento, el dogmatismo y la teorización fría y distante. El camino favorece el encuentro, es creativo y propicia el diálogo.  En él se perciben libremente los olores, los colores, los cantos y los dolores de la vida. En el camino todos somos “buscadores”, ligeros de equipaje (Lc 9,3), hacia una verdad presentida pero no “controlada”.
La nueva evangelización debe sondear nuevas rutas, adentrarse en ellas, con la certeza de que pueden resultar difíciles y arriesgadas. Pero también con la seguridad de que “aunque camine por cañadas oscuras, Tú vas conmigo…” (Sal 23,4).

  REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Tomo en serio mi proceder cristiano en la vida?
.- ¿Caldea mi vida la Palabra de Dios?
.- ¿Es para mí la Eucaristía un espacio de revelación?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

domingo, 16 de abril de 2017

¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN!

  SAN JUAN 20,1-9
                                                            
    "El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuándo aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quién quería Jesús, y les dijo: Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde le han puesto.
    Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas por el suelo: pero no entró.
    Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: Vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte.  Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos."
                                            ***             ***             ***
    La comprensión del relato ha de hacerse desde distintas perspectivas. La resurrección nadie la vio; los discípulos solo ven el sepulcro vacío. Sin embargo, el sepulcro vacío, por sí mismo, no es prueba de la resurrección. Podría haber sido “vaciado”. Es la primera constatación de María Magdalena -“se han llevado al Señor”-. Pronto circuló esta interpretación entre los judíos (cf. Mt 28,12-15). Pero el “orden” que hay dentro del sepulcro desmiente esa interpretación.
    La progresión en el acceso al misterio también merece notarse: María solo ve “la losa quitada”; el discípulo amado ve más: “asomándose vio las vendas..., pero no entró”; fue Pedro el primero en entrar y constatar el hecho. Sin embargo es el discípulo amado, entrando después, el que “vio y creyó”. Solo la fe ayuda a la lectura correcta, solo la fe aporta la visión completa y profunda del hecho.
REFLEXIÓN PASTORAL
    ¡Cristo ha resucitado! Es el clamor que hoy se alza inundando de fiesta a la comunidad cristiana.  Su palabra, su persona, su ser y quehacer no pudieron ser neutralizados ni silenciados; no podían terminar en un sepulcro.
    Han pasado los días de la pasión de Cristo, que no debemos olvidar, pues la Resurrección no difumina sino que ilumina la Cruz del Señor. Pero lo que nos distingue como creyentes no es afirmar la muerte de Cristo (eso lo afirmaron sus contemporáneos) sino el sentido de su muerte – redentora – y de su resurrección (eso lo creyeron sólo sus discípulos).
    Hoy en la Resurrección celebramos su triunfo sobre la muerte, la mentira, la violencia, el egoísmo. Celebramos el triunfo de la VIDA, la VERDAD, la PAZ, el AMOR, que eso es Cristo.
     La última palabra de Dios sobre Jesús no fue aceptar su muerte. Si Cristo no hubiera resucitado, nuestra fe sería vana. Cristo dejaría de ser el señor de vivos y muertos para pasar a engrosar la lista de los que con generosidad e ilusión quisieron elevar el nivel de la humanidad fracasando en su intento.
     Si Jesús no hubiera resucitado, el Padre no sería el Dios de nuestro credo, “el que le resucitó de los muertos”, y nosotros estaríamos aún en nuestro pecado. Si Cristo no hubiera resucitado, su causa habría sido devaluada y derrotada por la fuerza del egoísmo, de la mentira, de la injusticia...Y Él sería sólo un muerto ilustre.
     Pero no; CRISTO HA RESUCITADO. Y esta resurrección ilumina su muerte. Dios Padre aceptó la  vida y muerte de su Hijo como testimonio de auténtica donación  y, porque eso no podía terminar, no podía quedar sepultado, lo eternizó resucitándole.
     La resurrección de Xto. es el SÍ del Padre  a la obra del Hijo, y el NO del Padre al egoísmo, a la violencia, al pecado de los hombres. Es al mismo tiempo victoria y derrota, vida y muerte, salvación y condenación... Glorificando a Cristo, el Padre descalifica cualquier otro tipo de existencia... Por eso cuando hablamos de ella y la celebramos, hablamos y celebramos no sólo la reanimación de un cadáver sino  mucho más.
     El modelo de la resurrección de Lázaro no nos sirve para comprender la  de Jesús. Si la  de Lázaro fue un milagro, la de Jesús, además, es un misterio. Al resucitar Jesús no da un paso hacia atrás sino hacia delante; no vuelve a estar vivo sino que se convierte en  “el  viviente”, el que hace vivir -Señor y dador de vida-. Su resurrección no es una mera prolongación de la vida de antes, sino la fundación de una vida nueva..., que ha de ser nuestra vida.
      Esta es la gran apuesta que hacemos los cristianos al proclamar la resurrección de Cristo.  ¿Pues qué puede significar afirmar que Cristo ha resucitado por nosotros, si no ha resucitado en nosotros? 
     La resurrección de Jesús no es un hecho aislado ni aislable. Es un movimiento iniciado en Él, pero que nos afecta y se prolonga en nosotros. ¿Y ya percibimos y testimoniamos en nosotros los gérmenes de esa vida nueva?
     No podemos decir: ¡Cristo ha resucitado! y ¿qué? Sino, ¡Cristo ha resucitado!, ¿qué tenemos que hacer? Lo hemos escuchado: dar una nueva orientación a nuestra mirada: “buscad las cosas de arriba”, que no una invitación a la evasión de esta vida, sino a la interiorización de la misma.
      Por el bautismo nos hemos incorporado al misterio de la muerte y resurrección de Cristo. Experiencia inevitable, ineludible para un cristiano. “Porque si nuestra existencia está unida a Él en una muerte como la suya, también lo estará en una resurrección como la suya”.  Pero, si no lo está..; entonces, ser cristiano será una pretensión imposible. Y, ¿Cómo sabremos que nos hemos incorporado al misterio de la muerte y resurrección de Cristo. “En esto lo sabemos: si amamos a los hermanos”. Para el cristiano el criterio es el amor, “como yo os he amado”.
    Felicitémonos por la Resurrección de Cristo y, sobre todo, vivámosla dándola cabida en nosotros. ¡Ojalá que también nosotros, como el discípulo amado y Pedro, regresemos a nuestras vidas  dando testimonio de Cristo Resucitado!
REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Qué significa en mi vida la resurrección de Cristo?
.- ¿Es él mi vida?

.- ¿Soy testigo creíble de Cristo resucitado?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

miércoles, 12 de abril de 2017

domingo, 2 de abril de 2017

¡FELIZ DOMINGO! 5º DE CUARESMA

SAN JUAN  11,1-45

                                              

     En aquel tiempo…., las hermanas (de Lázaro) le mandaron recado a Jesús, diciendo: Señor, tu amigo está enfermo.
     Jesús, al oírlo, dijo: Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.
     Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos días donde estaba. Solo entonces dijo a sus discípulos: Vamos otra vez a Judea…. Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado…. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa.
    Y dijo Marta a Jesús: Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá.
     Jesús le dijo: Tu hermano resucitará.
     Marta respondió: Sé que resucitará en la resurrección del último día.
    Jesús le dice: Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Cree esto?
    Ella le contestó: Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo…
    Jesús, muy conmovido preguntó: ¿Dónde le habéis enterrado?
    Le contestaron: Señor, ven a verlo.
    Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: ¡Cómo lo quería! Pero algunos dijeron: Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera este?
     Jesús, sollozando de nuevo, llegó a la tumba. Jesús dijo: Quitad la losa.
    Marta, la hermana del muerto, le dijo: Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días.
    Jesús le dijo: ¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?
    Entonces quitaron la losa. Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea para que crean que tú me has enviado. Y dicho esto, gritó con voz potente: Lázaro, ven afuera.
      El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús le dijo: Desatadlo y dejadlo andar.
     Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.
                            ***             ***             ***
     Nos hallamos ante el último y más desarrollado de los “signos” de Jesús narrados en el IV Evangelio (2,1-11; 4,46-54; 5,1ss; 6; 9,1ss; 11,1ss). El centro del mismo reside en la presentación de Jesús como la Vida y Señor y dador de la Vida. Una vida que nace de la fe en él -“¿Crees esto?”-. La resurrección tiene lugar en el encuentro con Cristo. No hay que esperar a morir para resucitar; el creyente resucita sacramentalmente en las aguas del bautismo. Los demás aspectos del relato no deben distraer de lo que es el centro del mismo. La profesión de fe de María, la hermana de Lázaro: “Yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo” es el punto al que quiere conducirnos esta escena evangélica.
  
REFLEXIÓN PASTORAL
      El relato evangélico de este domingo está construido con elementos de gran densidad y significación teológicas. Hay un núcleo hacia el que todo converge y desde el que todo se ilumina: “Yo soy la resurrección y la vida…” (Jn 11,25).
     El protagonista no es Lázaro, sino Jesús; no es la resurrección de Lázaro, sino Jesús como resurrección; no es la muerte de Lázaro, sino la vida que da Jesús, lo que se pretende subrayar. Se trata no de la resurrección de “un hombre”, sino de la resurrección “del hombre”; de la vida que, deteriorada y muerta por el pecado, es llamada vigorosamente a resucitar, participando de la vida de Dios ofrecida en y por Jesucristo.
      La Vida habita en Jesús: es el agua viva, el pan vivo, la vida… “He venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia” (10,10). Jesús es Señor y dador de Vida;  no solo para la otra vida; también para esta, aportándole calidad y sentido.  “Mi vivir es Cristo” (Flp 1,21), dirá Pablo de Tarso, sintetizando los contenidos y motivos de su existir.
      En la segunda lectura se subraya este aspecto: Cristo es el principio vital del hombre: “Si Cristo está en vosotros, el espíritu vive por la justicia” (Rom 8,10). Quien lo incorpora a su vida y se incorpora a su Vida, en él la muerte ya no tiene dominio. La Vida tiene nombre propio: Jesús. La última palabra no la dicta la muerte, sino la Vida. La muerte física es una exigencia del guión, pero no es el final de la película. “¿Dónde está muerte tu victoria?” (1 Cor 15,57).
      Ante la Vida, la muerte es solo un sueño. “Lázaro, nuestro amigo, está dormido” (Jn 11,11)… Y, como a Marta, se nos pregunta: “¿Crees esto?” (Jn 11,26). ¡Convertirse a la Vida (cf. Jn 17,3)! Y quien tiene esta fe, que se verifica en la caridad, ha superado ya la muerte, pues “en esto sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, si amamos…” (1 Jn 3,14).
     “Hay que vivir la vida”, pero lo entendemos en un sentido minúsculo e intranscendente. Convirtámoslo en proyecto mayúsculo. ¡Vivir la Vida! Para eso hay que “beber la Vida" y "comer la Vida" en su fuente más pura y original, en la Eucaristía y en la Palabra de Dios; en la fuente de Aquel que ha dicho “Yo soy la Resurrección y la Vida…(Jn 11,25); si alguno tiene sed que venga a mí y beba, y de su seno correrán ríos de agua viva” (Jn 7,37).
REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Qué principios guían mi vida? ¿Los de la carne o los del Espíritu?
.- ¿Cuáles son los signos de un resucitado?
.- ¿Con qué pasión sirvo vida desde la Vida?
DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

domingo, 26 de marzo de 2017

¡FELIZ DOMINGO LAETARE! 4º DE CUARESMA

  SAN JUAN 9,1-41
"En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento…, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego, y le dijo: Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado).
Él fue, se lavó y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban: ¿No es ése el que se  sentaba a pedir? Unos decían: No es él, pero se le parece. El respondía: Soy yo…
Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. (Era sábado el día que Jesús hizo barro y se le abrió los ojos) También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista. Él les contestó: Me puso barro en los ojos, me lavó y veo.
Algunos de los fariseos comentaban: Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado. Otros replicaban: ¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?  Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego: Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos? Él contestó: Que es un profeta…
Le replicaron: Empecatado naciste tú de pies a cabeza, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?  Y lo expulsaron. Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: ¿Crees tú en el Hijo del Hombre? El contestó: ¿Y quién es, Señor, para que crea en él?
Jesús le dijo: Lo estás viendo: el que te está hablando ése es.
Él le dijo: Creo, Señor. Y se postró ante él."
                                   ***                  ***                  ***
Jesús es la Luz que brilla en la oscuridad (cf. Jn 1,5; 8,12). El texto evangélico está construido con elementos múltiples y teológicamente densos. Hay una comprensión nueva de las limitaciones humanas -la ceguera-; aparece el enfrentamiento entre la Luz y las tinieblas, personificadas en Jesús y los dirigentes religiosos; existe una clara simbología bautismal (la piscina de Siloé evoca la fuente bautismal, la pregunta de Jesús –“¿Crees en el Hijo del Hombre?”- y la respuesta del ciego –“Creo, Señor”- recuerdan las preguntas bautismales…)…
Jesús produce un doble efecto: es Luz para los que reconocen su oscuridad, la necesidad que tienen de ser iluminados; es oscuridad para los que creen bastarse a sí mismos para aclararlo todo, incluso el misterio de su propia oscuridad. Los ciegos comienzan a ver, los que creen ver se quedan cegados. La luz es la gran oferta de Dios en Jesucristo, pero esa luz se expone, no se impone.
REFLEXIÓN PASTORAL
Junto al pozo de Sicar, Jesús se reveló como el agua viva. Hoy se nos presenta bajo otra imagen, también fundamental: la luz (Jn 8,12).
Nosotros estamos un tanto incapacitados para vibrar ante estas imágenes. Casi desconocemos el hecho de la sed física -saturados de marcas de bebidas-, y respecto de la luz puede que ocurra lo mismo: basta apretar un botón y la luz se hace en torno nuestro… Pero hay ciertos tipos de sed y ciertas oscuridades y penumbras de la vida que no se sacian con cualquier agua ni se disipan con cualquier luz. Solo Jesús es el agua viva y la luz capaz de alcanzar esas zonas de la existencia. Y si el agua se hizo sed para provocar la sed de aquella mujer, hoy la luz brilla en un ciego de nacimiento. Agua y sed, luz y tiniebla, esa es la relación de Jesús con nosotros.
Y comienza el proceso clarificador de Jesús deshaciendo un maleficio que durante mucho tiempo se esgrimió contra los “desgraciados”, la identificación desgracia y pecado. “¿Quién pecó éste o sus padres para que naciera así?” (Jn 9,2).
El sufrimiento humano no es reprobación ni lejanía de Dios. En la cruz de Cristo, y en toda cruz, Dios se revela particularmente como Enmanuel. “Ni pecó este ni sus padres, sino para que se manifieste en él la obra de Dios” (Jn 9,3). El dolor humano es un misterio con muchos responsables; solo uno no es responsable, aunque no sea ajeno a él, Dios. Jesús vino a abrir los ojos, también sobre esto.
Pero no fue un quehacer fácil: la curación de estos ciegos y cegados  dejaba en evidencia a sus guías, más interesados en seguir haciendo de guías que en devolverles la vista para que pudieran caminar por sí mismos. También, es verdad, hay quienes prefieren ser guiados -a costa de seguir siendo ciegos- a asumir los riesgos de hacer personalmente la propia andadura. Ambas actitudes las descalifica Jesús.
Jesús vino a abrir los ojos del hombre para que viera por sus propios ojos, pero vino, además, a dar profundidad y horizonte a su mirada. Vino a que el hombre recuperara el punto de vista de Dios y su mirada, que no es como la del hombre, “pues el hombre mira las apariencias, pero el Señor mira al corazón” (1ª lectura). Y a que caminara por la vida luminosamente, como hijo de la Luz (2ª lectura).
Nuestra vista frecuentemente está cansada de ver siempre lo mismo. De tanto mirar egoístamente para nosotros, hemos terminado por perder la justa perspectiva de la realidad; hemos terminado por no saber mirar a Dios y a los otros o, lo que es peor aún, los hemos confundido con nosotros mismos. Jesús nos enseña que para ver bien, hay que purificar el corazón -“Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios” (Mt 5,8)-. Y él es la Luz que ilumina el corazón y la vida.
REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Brilla Jesús en mi vida? ¿Con qué intensidad?
.- ¿Cuál es mi punto de mira: La apariencia o el corazón?
.- ¿Aporto luz a la vida?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

domingo, 19 de marzo de 2017

¡FELIZ DOMINGO! 3º DE CUARESMA

  SAN JUAN  4, 5-42
                                                         
     En aquel tiempo, llegó Jesús a un pueblo de Samaría llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José: allí estaba el manantial de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al manantial. Era alrededor del mediodía.
     Llegó una mujer de Samaría a sacar agua, y Jesús le dice: Dame de beber. (Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida).
     La Samaritana le dice: ¿Cómo tú, siendo judío, me pide de beber a mí, que soy samaritana? (porque los judíos no se tratan con los samaritanos).
     Jesús le contestó: Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva.
     La mujer le dice: Señor, si no tienes cubo y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?
     Jesús le contesta: El que bebe de esta agua volverá a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna.
      La mujer le dice: Señor, dame de esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla… Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén.
     Jesús le dice: Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén daréis culto al Padre. Vosotros dais culto a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, y ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le den culto así. Dios es espíritu, y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y verdad.
     La mujer le dice: Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga él nos lo dirá todo.
     Jesús le dice: Soy yo: el que habla contigo…
     En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él… Y decían a la mujer. Ya no creemos por lo que tú dices, nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el salvador del mundo.
                                   ***                  ***                  ***
      La escena es sugerente. Los pintores la han recreado profusa y hermosamente. Nos habla de un Jesús liberado y liberador de prejuicios culturales y religiosos, invitando a superar fronteras personales y nacionales (Jn 4,9; cf. Jn 8,48; Lc 9,52-55), y a convertirse todos “al Padre en espíritu y verdad, porque así quiere Dios que sean los que le adoren” (Jn 4,23).
     Centrados ya en la mujer, puede descubrirse un proceso interesante. La samaritana participa de los tópicos de su tiempo (Jn 4,9); no alcanza a vislumbrar la profundidad de la petición de Jesús (Jn 4,7), por eso su respuesta es superficial (Jn 4, 11-12). Pero no se queda ahí; en ella hay sinceridad y ansia de la verdad. Ante la clarificación de Jesús (Jn 4,13-14), proclama su sed más profunda: “Dame de esa agua” (Jn 4,15). Toda su situación personal entra en proceso de cambio (Jn 4,16-20). Busca dónde adorar a Dios (Jn 4,20) y se deja descubrir por Jesús (Jn 4, 16-18. 29).
     De mujer superficial pasa a mujer sedienta. Y de ahí, a mujer apóstol (Jn 4,28-29. 39). Todo encuentro con Cristo que no termina en testimonio de Cristo es un encuentro fallido.
     El final del relato es grandioso, marca el itinerario del proceso creyente: de la fe en las palabras “sobre” Jesús, pronunciadas por la samaritana, a la fe en la palabra que “es” Jesús (Jn 4,41). Y todo empezó no con una predicación, sino con la petición de un poco de agua junto a un pozo, al mediodía. ¡Vaya estrategia pastoral!
REFLEXIÓN PASTORAL
     Una mujer va a buscar el agua, el agua de siempre, el agua de la sed de cada día..., y se encuentra, no en el fondo del pozo, sino en el brocal, al agua verdadera, la que sacia la sed de los hombres.
     Se inicia un diálogo impresionante. Jesús, para suscitar la sed de aquella mujer, se presenta como sediento; el agua se hace sed: “Mujer, dame de beber” (Jn 4,7). ¡Qué estrategia tan fantástica e insospechada! Acercarse al otro no para imponer, ni siquiera para exponer la Verdad, sino para escuchar y conocer la suya.
     Procediendo así, Cristo nos revela una vía nueva  de acceso a los hombres: porque nadie está totalmente desprovisto de verdad. ¡No suele ser ese nuestro estilo! Frecuentemente nos acercamos a los otros como poseedores de una verdad -la nuestra- que no suscita interés alguno porque desconocemos la que el otro tiene o necesita y, además, porque vamos sin sed de verdad, saturados, engreídos con la propia. Mostrar sed por la verdad del otro, estar dispuesto a beberla de su fuente y en su mano, sin prevenciones ni temores, es un modo cristiano de buscarla y compartirla.
     Y, ante la extrañeza de la mujer, Jesús le revela el misterio: “Si conocieras el don de Dios, y quien es el que te dice: “Dame de  beber”, tú le habrías pedido a él, y él te habría dado el agua viva...” (Jn 4,10). Porque Jesús es un manantial más abundante que el de Jacob, y sus aguas son de una calidad infinitamente superior a las que brotaron de la roca, en el Horeb (Jn 7,38).
      Hay fuentes que no sacian, y ésas son las que más frecuentamos. Abandonamos la fuente de agua viva, para construirnos aljibes agrietados, que no retienen el agua (cf. Jr 2,13). ¡Hemos secado tantos pozos buscando saciar la sed! ¡Hemos probado tantas marcas de agua...!
     “Como suspira la sierva por las corrientes de agua, así suspira mi alma por ti, mi Dios. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo” (Sal 42,2-3). ¿Es esto verdad en nuestro caso? ¡Ojalá que sí! Que desde lo más hondo de nuestro corazón también nosotros, sedientos de Dios, sedientos de la Verdad, digamos con la mujer de Samaría: “Señor, dame de esa agua” (Jn 4,15).
REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿De qué tengo sed, y qué pozos y fuentes frecuento?
.- ¿Serena mi vida la fe en Jesucristo?
.- ¿Sacio la sed de Cristo en los sedientos de la vida?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

domingo, 12 de marzo de 2017

¡FELIZ DOMINGO! 2º DE CUARESMA

  SAN MATEO 17,1-9
                                                        
     En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos y su rostro resplandecía como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él.
     Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: Señor, ¡qué hermoso es estar aquí! Si quieres, haré tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.
    Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo.
     Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto.
     Jesús se acercó y tocándolos les dijo: Levantaos, no temáis.
     Al alzar los ojos no vieron a nadie más que a Jesús solo. Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos.
                  
                            ***             ***             ***
  
     San Mateo reelabora el texto de san Marcos subrayando algunos aspectos que anticipan su manifestación gloriosa en la resurrección. Es la plenitud de la Ley y los Profetas, personificados por Moisés y Elías. Es el Hijo amado de Dios, el profeta definitivo a quién todos deben escuchar (Dt 18,15). Este relato está vinculado con el del Bautismo en el Jordán, y en ambos aparece identificado con siervo sufriente que, a través de la muerte, camina a la resurrección.
     Situado el relato después del primer anuncio de la pasión, tiene la función de animar a los discípulos: “Levantaos, no temáis”.
REFLEXIÓN PASTORAL
     En el centro del camino cuaresmal, la liturgia nos presenta el sentido, la meta y al guía del camino: un sentido positivo, una meta transformadora de la existencia, y a un guía, Jesucristo.
     El escenario es radicalmente distinto al del domingo pasado: del desierto inhóspito y  árido, al monte luminoso de la Transfiguración; del Jesús tentado por el diablo, al Jesús glorificado por el Padre; del “si eres hijos de Dios…”, al  “este es mi Hijo”.    
     Se acercaban a Jerusalén, donde iban a tener lugar los dramáticos acontecimientos de la Pasión, y para que los discípulos no se vieran desbordados por esos sucesos, para que pudieran superar el terrible escándalo de la cruz, Jesús escoge a Pedro, Santiago y Juan -los que serán testigos de la agonía en Getsemaní- para manifestarles su auténtica dimensión.
     El que sudará sangre, al que verán como rechazado y maldito, es el Hijo de Dios, el Amado, el Predilecto. A quien el pueblo elegido no sabrá reconocer, es reconocido, sin embargo, por las grandes figuras de ese pueblo: Moisés, autor de la Ley, y Elías, el gran profeta.
     La escena es importante y sugerente. Es, en primer lugar, una revelación de Jesús -“Mi Hijo, el amado, el predilecto” (Mt 17,5)-. Flanqueado por las dos figuras centrales del Antiguo Testamento, Jesús aparece como el centro de la revelación, como el Revelador, con quien conversan las “revelaciones” (la Ley y los Profetas) y los reveladores (Moisés y Elías). Jesús es central, por eso solo a El hay que escuchar  (Mt 17,5).  “Escuchadlo”
     Pero es, también, una llamada a la transformación personal, a la transparencia de Cristo en nuestra vida. Y una denuncia de nuestra opacidad, de nuestra dificultad para traslucir al Señor, y de nuestra sordera para escucharlo. Una llamada a ser y a vivir como “hijos  amados y predilectos”, pues “lo somos” (1 Jn 3,1).
     “Vosotros sois luz del mundo…; alumbre así vuestra luz ante los hombres para vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5, 14.16). ¿Qué hemos hecho nosotros de esa luz?  “Que los hombres solo vean en vosotros servidores de Cristo” (1 Cor 4,1), escribía san Pablo. ¿Y qué ven en nosotros?
     La transfiguración del Señor no es para hacer tres chozas en el Tabor. Es para dejarnos iluminar y para iluminar, participando “en los duros trabajos del Evangelio” (2ª lectura). Para hacer “gozosamente” el camino cuaresmal, que  tiene como meta la transfiguración en criaturas nuevas según el modelo de Cristo, la santidad (2ª lectura).
    ¡Pero, además, no es ésta la única transfiguración del Señor! Él se transfigura diariamente en el sacramento de la Eucaristía -“Esto es mi cuerpo” (Mc 14,22)-; se transfigura en el necesitado -“Tuve hambre…, lo que hicisteis a uno de éstos lo hicisteis conmigo” (Mt 25, 35.40)-… Y no son transfiguraciones opuestas; y que no hay que oponerlas, sino acogerlas con la misma fe.
     Los discípulos quedaron deslumbrados por la transfiguración en gloria; nosotros quedamos confundidos, molestos y hasta decepcionados por estas transfiguraciones del Señor en la debilidad. La transfiguración gloriosa tuvo lugar en la cima de un monte; la transfiguración humilde, en un valle, que solemos llamar “de lágrimas”.
      Y a nosotros, como a los discípulos tentados de quedarse en el monte  (Mt 17,4), Jesús nos invita a descender a la vida concreta, porque la experiencia religiosa no puede ser un aparte en la vida, sino un fermento para iluminarla.
REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Tengo experiencia de “éxodo” en mi vida?
.- ¿La santidad, como vocación, me motiva o me deja indiferente?
.- ¿Siento en mi vida la fuerza transfiguradora del Evangelio?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.