martes, 22 de mayo de 2018

sábado, 19 de mayo de 2018

¡FELIZ DOMINGO! SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS

  SAN JUAN 20, 19-23

    "Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas, por miedo a los judíos. En esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros.
     Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.
     Jesús repitió: Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.
     Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos."
                                                      ***             ***             ***
     La muerte de Jesús había desconcertado a los discípulos; el miedo les atenazaba. Jesús se les presenta, como dador de la Paz y acreditado por las señales de su pasión y muerte: el Resucitado es el Crucificado; la resurrección no elimina la cruz sino que la ilumina. Al verlo, los discípulos recuperan no solo la Paz sino la alegría (sin Él no hay alegría ni paz verdaderas). Y Jesús, antes de marchar, les confía la tarea de proseguir la obra que le encomendó el Padre. Como Él, la realizarán, con la ayuda del Espíritu, su don definitivo; y, como Él, esa misión tendrá como contenido principal anunciar y realizar la oferta misericordiosa de Dios: el perdón.

REFLEXIÓN PASTORAL
         Los cristianos necesitamos dirigir la mirada a los puntos orientadores de la existencia, para recorrer los senderos oscuros de la vida (Sal 23,4). Y uno de esos puntos luminosos y orientadores es el Espíritu Santo. Es el guía por excelencia en esa ruta inevitable, pero arriesgada, hacia la Verdad (Jn 16,13). Perfilar el Espíritu sería una contradicción y, sin embargo, se trata de un Espíritu con “rostro”, con entidad e identidad.
         No es fácil hablar del Espíritu Santo. La fiesta de Pentecostés nos ofrece la posibilidad de hacerlo. Es un tema fluido que rehúye el encasillamiento en nuestros estrechos esquemas mentales. Hablar de Dios siempre supera las capacidades expresivas de nuestro lenguaje. La inexactitud, la imprecisión resultan inevitables. ¡Casi es un buen síntoma! (cf. 1 Cor 13,9). Exige un descalzamiento de los estereotipos ordinarios, es una “tierra sagrada” (Éx 3,5).
          Si a esto se añade la falta de práctica, es decir el relativo silencio creado en torno al Espíritu Santo, la dificultad se acentúa. Sí, nuestra “ciencia” del Espíritu es bastante limitada y elemental (y quizá también nuestra conciencia), y esto ya parece venir de atrás (Hch 19,2). Y, sin embargo es la gran novedad aportada por Jesús, su promesa (Jn 14, 15-17. 25-26), su don más específico (Gál 4,6; Jn 16,5-15).
          Un don para todos y a favor de todos (Hch 11,17; 15,8-9; 1 Cor 12,3); necesario para pertenecer a Cristo, porque “si alguien no posee el Espíritu de Cristo no es de Cristo” (Rom 8,9), ni “puede  decir Jesús es “Señor” (2ª), y para acceder a la comprensión de los designios de Dios, pues “lo íntimo de Dios lo conoce solo el Espíritu de Dios… El hombre natural no capta lo que es propio del Espíritu de Dios…, pero nosotros tenemos la mente  de Cristo” (1 Cor 2, 12-16), por el Espíritu, “que nos ha sido dado” (Rom 5,5).
         Un Espíritu de perdón (Jn 20,22); integrador y promotor de las peculiaridades carismáticas (1 Cor 12); pluralista y no discriminador (Hch 11,17); inspirador del testimonio y de la audacia cristiana (Hch 5,17-22) frente a miedos congénitos o repliegues sistemáticos (Jn 20,19); que supera las barreras confesionales para acoger “al que practica la justicia” (Hch 10,34-35); que prioriza la obediencia a Dios (Hch 5,29); que no impone cargas más allá de lo esencial (Hch 15,28s).
         Un Espíritu de libertad interior (Gál 5,18; Rom 8,5-11) y de amor sin límites (1 Cor 12,31-13,13), verdaderos e inequívocos signos de su presencia, pues “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo” (Rom 5,5), y “donde está el Espíritu del Señor, hay libertad” (2 Cor 3,17), pues no hemos recibido un espíritu de esclavos, sino el de hijos, que es el del Hijo (cf. Rom 8,14-16).
Un Espíritu de quien depende la alegría de creer y la fuerza para ser testigos; la paz para trabajar unidos; la generosidad para socorrer al necesitado; la capacidad para perdonar; la esperanza para superar los momentos oscuros y la luz para reconocernos y reconocer a los otros como templo e imagen de Dios…
          Un Espíritu que hemos de recuperar. Y eso exige “volver a Pentecostés”, mejor, revivirlo, ya que Pentecostés no puede reducirse a un “instante” de la Iglesia, sino que ha de ser su “situación” permanente.

REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Qué vivencia tengo del Espíritu Santo?
.- ¿Qué espíritu anima mi espíritu?
.-  ¿Hablo el amor que es el lenguaje del Espíritu?

Domingo J. Montero Carrión, OFMCap.

¡VEN, ESPÍRITU VIVIFICADOR!




¡Ven, Llama de Amor viva! Conmueve mi corazón y hazlo humilde y sencillo, e inúndalo de mansedumbre y suavidad.
           ¡Oh Espíritu Santo que eres todo Amor! Adorna mi alma con el don exquisito de Piedad. Sana mi corazón de toda dureza y ábrelo plenamente a la dulzura de la oración. Que al llamar con este nombre a mi Padre Dios, que yo experimente la riqueza de esa dulce palabra: su Bondad, su Ternura, su Misericordia. ¡Qué incomparables atributos! En ellos descanso, en ellos me recreo, en ellos tengo yo mi oasis de paz. ¡Lléname de este don maravilloso! Extingue en mi corazón toda amargura e impaciencia, y ábrelo a la comprensión y a la mansedumbre con todos los hombres, hijos de Dios y mis hermanos. ¡Ven!

viernes, 18 de mayo de 2018

¡VEN, ESPÍRITU SANTIFICADOR!



¡Ven, Roca y Alcázar! ¡Infúndeme valor y coraje para ser testimonio vivo de Cristo y de su Evangelio! Ven, Defensor en las luchas, Don incomparable.
           ¡Cuán necesaria me es tu fuerza y tu ayuda en las tribulaciones de la vida!  El dolor me asusta y me deprime. Siento una enorme debilidad ante el sufrimiento.            
           Ven con tu fortaleza a poner esfuerzo y ánimo en mi vivir. Tú, que eres el Dador de toda valentía, cobíjame bajo tus alas poderosas. No me dejes sola jamás, y sobre todo, asísteme en las grandes pruebas de la vida y en la hora de mi tránsito hacia la Patria, donde pienso encontrar en los brazos de Jesús, la eterna alegría.

jueves, 17 de mayo de 2018

¡VEN, ESPÍRITU DEFENSOR!



¡Ven, Espíritu de verdad!, Compañero de camino: confírmame en  la fe para dar razón de mi esperanza. ¡ Ven, luz de Dios !
           Guíame en esta búsqueda de ti mismo, para penetrar a fondo en tu designio amoroso sobre mi vida. Alumbra mi interior, pon alerta mi conciencia para que sepa elegir siempre lo mejor para tu gloria y para mi perfección.
           Que sea como la Virgen, mi Madre: Virgen prudente y santa, que me deje guiar por tu consejo íntimo que me llevará a identificarme con Jesús, a tratar de que su Reino llegue a todos los hombres.
Dame el acierto y la seguridad de vivir en tu Verdad, que es el mayor gozo del corazón.
¡En ella descanso, Dios mío!                     

miércoles, 16 de mayo de 2018

¡VEN, ESPÍRITU CONSOLADOR!




¡Ven, Surtidor de agua viva! Purifica toda ignorancia y concédeme vivir en tu Verdad: la que nos hace libres.
           ¡Oh Espíritu Santo!, dame el don de Ciencia para que sepa descubrir el verdadero valor de las criaturas y no me deje fascinar por ellas. Dame la Ciencia de los santos, para que al contemplar tu obra creadora vea en ella un reflejo de tu Belleza.
           ¡Oh Espíritu Santificador! Derrama en mí tu Luz para que sepa comprender la distancia que me separa de tu hermosura, de tu grandeza, y que mi pequeñez y miseria necesita de Ti para poder saciar la sed de Infinito que me consume. Hazme partícipe de tu Vida y de tu Amor.

martes, 15 de mayo de 2018

¡VEN, ESPÍRITU DIVINO!




¡Ven, Espíritu de Luz! Despeja mi mente para que penetre tus misterios y se afiance mi fe. Ilústrame, Inspirador de toda belleza. Ilumina mi corazón en el conocimiento de Dios.
           Quiero que arda mi corazón  al escuchar tu Palabra y haz que mi inteligencia iluminada por tu Luz penetre hasta lo más profundo del misterio de tu Amor en la “fracción del Pan”, que parte Jesús para nosotros cada día, llenando nuestra alma de paz y de gozo inefable.
           ¡Ven Espíritu Santo! Abrasa mi corazón en tu Amor y envuélveme en los efluvios de tu suavidad y  de tu dulzura.