domingo, 15 de septiembre de 2019

¡FELIZ DOMINGO! 24º DEL TIEMPO ORDINARIO Y ¡FELIZ SOLEMNIDAD EN LEÓN DE LA VIRGEN DEL CAMINO!

  SAN LUCAS  15, 1-32
                                                             
En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los escribas y los fariseos murmuraban entre ellos: “Ese acoge a los pecadores y come con ello”.
Jesús les dijo esta parábola: “Si uno de vosotros tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y, al llegar a casa reúne a los amigos y a los vecinos pare decirles: ‘¡Felicitadme!, he encontrado la oveja que se me había perdido´. Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.
Y si una mujer tiene diez monedas y se le pierde una, ¿no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra. Y cuando la encuentra, reúne  a las amigas y a las vecinas para decirles: ‘¡Felicitadme!, he encontrado la moneda que se me había perdido´. Os digo que la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta”.
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Dos aspectos destacan en este fragmento: 1º) Las amistades de Jesús eran amistades “peligrosas” -pecadores- y “escandalosas” -“los fariseos murmuraban”-.
2º) Jesús da razón de su comportamiento: está traduciendo a Dios y su opción por lo perdido. A un padre no le interesan “muchos” hijos, le interesan “todos” los hijos, por eso mientras falte uno hay que inventar estrategias de salvación. Él ha venido para que no se pierda ninguno, para recuperar a todos, también a los que murmuraban y se escandalizaban de su comportamiento.

REFLEXIÓN PASTORAL
Si el Evangelio es siempre buena noticia, hoy podemos decir que, escuchando y meditando estas lecturas, recibimos una inyección de optimismo. Dios no está siempre enojado: “es lento a la cólera y rico en piedad” (Sal 86,15). “¿Puede una madre olvidar al niño que amamanta…? Pues aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré” (Is 49,15). ¿Acaso quiero yo en la muerte del malvado, y no que se convierta de su conducta y que viva?” (Ez 18,23).  “Venid… Aunque vuestros pecados sean como escarlata, quedarán blancos como nieve…” (Is 1,18). Pues, “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tim 2,4). Y para eso envió a su Hijo, “nacido de una mujer” (Gál 4,4), “para tener misericordia de todos” (Rom 11,32) y redimirnos del pecado.
Y se presentó como médico en busca de enfermos -“no son los sanos sino los enfermos…” (Mt 9,12)-, como buen pastor que busca la oveja perdida y que, una vez recobrada, no la castiga sino que la carga sobre los hombros, reintegrándola gozoso al redil. Vino a destruir el muro que separaba a los hombres (Ef 2,14) y a descubrirnos el gozo del arrepentimiento y el perdón.
No vino a repartir reprobaciones, sino a salvar y hacer posibles las condiciones de salvación. Por eso, afirma san Pablo: “Podéis fiaros y aceptar sin reservas lo que os digo: que Cristo ha venido al mundo para salvar a los pecadores” (2ª lectura).
El enfrentamiento de Jesús con los fariseos obedeció a un solo factor: obstaculizaban la conversión; no eran capaces de comprender que Dios está abierto a todo el que le busca con sinceridad, aunque la historia pasada haya estado llena de equivocaciones.
Conocemos que hemos pasado de la muerte a la vida, es decir que en nosotros está gestándose una criatura nueva de convertidos a Dios, si experimentamos el gozo de perdonar y de hacer posible el encuentro de los hombres con Dios (cf. 1 Jn 3,14).
Encuentro que puede realizarse a distintos niveles y de diversas maneras. Pero existe una expresamente querida por Jesús: el sacramento de la reconciliación. Sí; hoy no tiene muy buena prensa -ni siquiera tiene prensa-,  ni es muy estimado ni celebrado, porque es una celebración, la del perdón de Dios, sin embargo, viene de Él.
Algunos dicen: ¿por qué he de confesarme? Yo me confieso con Dios directamente. Él conoce la verdad. Y es verdad, pero soy yo quien debo reconocerla. Se olvida que la salvación se ha realizado vía encarnación; y que Dios ha querido encarnar su perdón, para evitar fáciles fugas sentimentalistas, en un sacramento en el que por medio de hombres los hombres volvemos a Dios y Dios viene a nosotros.
Deberíamos reflexionar sobre esta dimensión del amor redentor de Dios que nos invita y urge a la conversión; alegrarnos de que Dios mantenga su llamada sobre nosotros y de que, con la llamada, nos haya dado la capacidad de responder; y pedirle que nunca, con nuestra rigidez y dureza, seamos obstáculos que impidan a los hombres el encuentro con Dios.
REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Siento que Cristo protagoniza mi vida?
.- ¿Me alegra la “recuperación” espiritual de un hermano?
.- ¿Qué experiencia tengo del sacramento de la reconciliación?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, franciscano-capuchino.

domingo, 8 de septiembre de 2019

¡FELIZ DOMINGO! 23º DEL TIEMPO ORDINARIO

  SAN LUCAS 14, 25-33.

"En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús; se volvió y les dijo: “Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso así mismo, no puede ser discípulo mío.
Quien no  lleve su cruz detrás de mí, no puede ser discípulo mío. Así, ¿quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo: ‘Este hombre empezó a construir y no ha sido capaz de acabar´. ¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que le ataca con veinte mil? Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz. Lo mismo vosotros: el que no renuncia a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío”.
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A los que le siguen Jesús les formula con claridad hasta dónde debe llegar la opción por él: el listón es alto. Por eso invita a un discernimiento profundo. El seguimiento conlleva implicaciones dolorosas, posponer, renunciar… Pero el seguimiento no se reduce a eso, porque abre a horizontes nuevos: la familia se engrandece (Mc 10,29-30),  y la persona se enriquece con un tesoro escondido (Mt 13,44).
Se trata de poner a Jesús en el centro: de “tomar conciencia de su persona” (Flp 3, 10), de “incorporarse a Él” (Flp 3, 9), de personalizar “su misma actitud” (Flp 2,5), de “vivir como él vivió” (I Jn 2,6)..., y eso no se improvisa.
Al seguimiento cristiano le es imprescindible ese talante contemplativo o interiorizador de la persona de Cristo, hasta el punto de experimentar su presencia como una seducción permanente (Flp 3, 12), inspiradora de los mayores radicalismos (Flp 3,8).
“De oídas” podrá iniciarse el seguimiento, pero no puede mantenerse, tiene que resolverse en el conocimiento personal -“venid y lo veréis” (Jn 1,39), “ven y lo verás” (Jn 1,46)-. Seguimiento que implica esfuerzo (Lc 13, 24), violencia (Mt 11, 12), pero que no es forzoso ni violento, sino propuesto y abrazado desde la libertad: “el que quiera...”  (Mc 8, 34).
El proyecto de “seguir”, de “vivir como” es muy vulnerable: podemos evadirnos de él hacia el mundo ideológico, al sentimentalismo, a un cierto legalismo, a un activismos o a compromisos no contrastados con el querer de Dios. No basta con hablar del “seguimiento”, hay que vivir “en seguimiento”.
REFLEXIÓN PASTORAL

No nos lo pone fácil Jesús. Sus palabras invitan, cuando menos, a la reflexión, porque son muy serias. A Jesús, por lo visto, no debía gustarle mucho eso que hoy llamamos cristianismo sociológico; Él quería un cristianismo personalizado, fruto de una decisión madura y renovada cada día. Tampoco, por lo visto, le gustaban los irreflexivos.
A una multitud que le seguía de una manera bastante folklórica  e incomprometida, atraída por los milagros, Jesús les lanza este mensaje clarificador. Y creo que debió hacerlo con cariño, pues un mensaje así, propuesto de otra manera sería una provocación. ¿O fue eso lo que buscaba Jesús, provocar una fuerte reacción en sus oyentes? Nosotros, a fuerza de repetirlas, nos hemos acostumbrado a ellas y las oímos sin mayores sobresaltos. Sin embargo, estas palabras dan que pensar; son palabras mayores.
Porque Él no vino a anular la revelación de Dios. En la polémica contra los fariseos revalidó el valor del cuarto mandamiento por encima de cualquier otra exigencia (Mt 15,1-9); defendió la perennidad del vínculo matrimonial frente a interpretaciones más relajadas (Mt 19, 1-9); no dudó en afirmar que el amor al prójimo como a uno mismo -lo que supone que el amor a uno mismo no es malo en sí- era el segundo gran mandamiento de la Ley (Mt 22,34-40).
Entonces, ¿qué quiere decir con estas palabras: “El que venga conmigo si no pospone a su padre, a su madre, a su mujer… e incluso a sí mismo, no puede ser mi discípulo”?
Jesús no ha venido a destruir los amores fundamentales del hombre, sino a fundamentarlos en un amor previo: el amor a Él. Y desde ese amor, encarnado en cada uno, nos dice “amaos como yo os he amado” (Jn 13,34), hasta dar la vida, “porque nadie ama más que el que da la vida por los amigos” (Jn 15,13). Desde el amor a Cristo, el amor a los padres, el amor conyugal, el amor familiar y a  uno mismo se radicaliza, profundiza y purifica.
Jesús nos dice que hay que amar cristianamente. El amor total a Cristo, a Dios, no puede  nunca convertirse  en pretexto o excusa para no amar al prójimo; el amor a Dios no "apaga" ni devalúa el amor humano, pero como no hay amor más grande que el de Dios al hombre, tampoco puede haber en el hombre amor más grande que el amor a Dios.
Y lo mismo podemos decir de la renuncia a los bienes: Jesús no nos pide tanto el abandono de las cosas, sino que nos abandonemos a las cosas, “pues la vida del hombre no depende de sus posesiones” (Lc 12,15). Que no pongamos en ellas una confianza desmesurada que nos haga olvidar la confianza en Dios y las exigencias y necesidades de nuestro prójimo.
Jesús no está invitando tanto a odios y renuncias cuanto a amores y entregas, eso sí, perfectamente clarificados y purificados. Nada ni nadie debe interponerse en el seguimiento y amor de Cristo; todos los espacios de la vida, incluso los más íntimos, como son los familiares, deben evidenciar que Cristo es prioritario. Pero eso no merma, sino que posibilita vivir en plenitud todas las formas del amor.
Estas palabras de Jesús deben darnos que pensar y, sobre todo, deben darnos que hacer.

REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Me defino como “seguidor” de Jesús?
.- ¿Qué implicaciones trae ese seguimiento a mi vida?
.- ¿Siento inquietud por dar a conocer a Jesús?
DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, Franciscano – Capuchino.

domingo, 1 de septiembre de 2019

¡FELIZ DOMINGO! 22º DEL TIEMPO ORDINARIO

  SAN LUCAS 14, 1. 7-14

                                         

"Entró Jesús un sábado en casa de uno de los principales fariseos para comer, y ellos le estaban espiando. Notando que los convidados escogían los primeros puestos, les propuso este ejemplo: “Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y vendrá el que os convidó a ti y al otro, y te dirá: ‘Cédele el puesto a este ´. Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto. Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que cuando venga el que te convidó, te diga: ‘Amigo, sube más arriba ´. Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales. Porque todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido”.
Y dijo al que le había invitado: “Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos ni a tus hermanos ni a tus parientes ricos; porque corresponderán invitándote y quedarás pagado. Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos”.
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La escena presenta a Jesús como “Maestro” de sabiduría, invitando a rechazar la vanidad y la prepotencia, y a asumir la humildad como estrategia de comportamiento. Pero reducir a esto el mensaje sería muy poco. Jesús no está diseñando solo una táctica para “ascender” a los puestos de honor; está describiendo el comportamiento de Dios, encarnado de manera singular en Él. Él ha venido y se ha puesto el último de la fila (Flp 2, 6ss), y ha invitado a su banquete a los “cansados y agobiados…” (Mt 11,28), perdidos “por los caminos” (Mt 22,9). Él se ha hecho “humilde de corazón” (Mt 11,29).
REFLEXIÓN PASTORAL

En una sociedad en que la gente se esfuerza por ascender, por ocupar los primeros puestos, por encabezar todo tipo de listas, aunque para eso tenga que convertir a otros en peldaños en la escalera del propio ascenso…; en una sociedad que ha convertido el interés -el alto interés- en el único criterio de inversión…; en una sociedad en la que antes de prestar algo a alguien se garantiza la solvencia del acreedor… En una sociedad así, y así es la nuestra, la invitación a ocupar el último puesto del banquete provoca, en el mejor de los casos, una sonrisa de compasión condescendiente. Y la urgencia de dar a fondo perdido, sin esperar la devolución, el principio de la ruina…
Al oír estos planteamientos no pocos, quizá, nos preguntemos si el Evangelio sigue teniendo vigencia hoy; si no habrá ya pasado su momento… Si a esto añadimos las advertencias que se nos hacen en la primera lectura -“En tus asuntos procede con humildad…, hazte pequeño”-, la cosa se complica aún más. ¡Así no vamos a ninguna parte!
Jesús no fue ningún ingenuo, ni su mensaje una ingenuidad. Encierra en sí una enorme carga explosiva y transformadora, que le explotó en sus propias manos. Jesús fue eliminado por decir, entre otras cosas, esto que hoy hemos escuchado y aclamado.
Echemos una mirada al mundo en que vivimos. ¿A dónde está conduciendo el desmesurado interés de las grandes potencias? A dejar insolvente a medio mundo; a hundir en el endeudamiento a países que así ven alejarse de ellos toda posibilidad de progreso, de autonomía y de paz.
Y cosa parecida ocurre con la carrera por ocupar los primeros puestos en los diversos banquetes de la vida. ¡A cuantos hay que descalificar y hasta eliminar para llegar a ser los primeros! ¡Cuántas zancadillas y empujones para encabezar una lista!
¡No! La advertencia de Jesús no es una ingenuidad. Lo que ocurre es que Él tenía la rara virtud de decir sencillamente las cosas más importantes. Nuestra vida sería más relajada y festiva, menos polémica y menos tensa si tuviéramos esto en cuenta. El Evangelio no ha pasado; lo que ocurre es que nosotros aún no hemos llegado a él o, lo que es peor, hemos pasado de él.
Pero hay algo más; con estas palabras Jesús no solo está denunciando unos comportamientos equivocados; nos está enseñando algo más que a ser humildes y desinteresados, nos está diciendo cómo es Dios. Dios hizo una inversión a fondo perdido a favor del hombre, cuando el hombre era totalmente insolvente. “Cuando todavía estábamos sin fuerzas, escribe san Pablo, Cristo murió por los impíos…; por un hombre bueno tal vez alguno se atrevería a morir, pues la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo todavía pecadores, murió por nosotros” (Rom 5,6-8).
Al venir a nuestro encuentro, Dios no ocupó posiciones de privilegio. “Siendo de condición divina, se despojó…” (Flp 2,7). Pero la cosa no terminó ahí: “Por eso Dios le exaltó, para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble…” (Flp 2,9-10). Y también al que, al estilo de Jesús, ocupe el último lugar del banquete, el Padre le dirá: “sube más arriba”…; porque “el que se humilla será ensalzado”.
Jesús tenía autoridad para darnos esta lección; él la había encarnado; hablaba con experiencia y por experiencia, por eso tiene derecho a exigirnos. Si somos cristianos no nos queda sino “apropiarnos su sentimientos” (cf. Flp 2,1).
El Evangelio no ha pasado; lo que ocurre es que, quizá, aún no hemos llegado a él. Y, sin embargo, ese es nuestro punto de encuentro.
REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿A qué puesto aspiro en la vida?
.- Si humildad es andar en verdad, ¿por dónde ando yo?
.- ¿Me encuentro a gusto entre los humildes?
DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, Franciscano – Capuchino.

domingo, 25 de agosto de 2019

¡FELIZ DOMINGO! 21º DEL TIEMPO ORDINARIO

  SAN LUCAS 13, 22-30 

"En aquel tiempo, Jesús, de camino hacia Jerusalén, recorría ciudades y aldeas enseñando.
Uno le preguntó: “Señor, ¿serán pocos los que se salven?”.
Jesús les dijo: “Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entra y no podrán. Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta diciendo: ‘Señor, abrénos´  y él os replicará: ‘No sé quiénes sois´. Entonces comenzaréis a decir: ‘Hemos comido y bebido contigo y tú has enseñado en nuestras plazas´. Pero él os replicará: ‘No sé quiénes sois. Alejaos de mí, malvados´. Entonces será el llanto y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abrahán, Isaac y Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios y vosotros os veáis echados fuera. Y vendrán de Oriente y Occidente, del Norte y del Sur y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios. Mirad: hay últimos que serán primeros y primeros que serán últimos”.
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En tiempo de Jesús, las escuelas rabínicas mantenían opiniones muy diversificadas al respecto. Jesús reorienta la pregunta: no se trata de un conocimiento teórico, curioso, sino de un planteamiento práctico. No hay que preocuparse de saber el número de los que se salvan, sino ser del número de los salvados. Y Jesús responde que del Reino de Dios no hay excluidos, pero puede haber auto-excluidos.
REFLEXIÓN PASTORAL
“Señor, ¿serán pocos los que se salven?”. Sin duda, Jesús hubiera preferido que la pregunta le hubiese sido formulada en estos términos: “Maestro, ¿qué he de hacer para heredar la vida eterna?” (Lc 10,25). Por eso su respuesta no fue de orden matemático (cuántos), sino de orden ético (cómo): “Esforzaos en entrar por la puerta estrecha”. En todo caso el tema es importante, porque “al final de la jornada, aquel que se salva sabe, y el que no sabe nada”.
El hombre siempre ha sentido inquietud y hasta ansiedad por conocer esta cifra misteriosa. En las escuelas rabínicas contemporáneas a Jesús  se dividían las opiniones: para unos eran muchos, para otros eran pocos. También a lo largo de la historia en la Iglesia ha habido voces y opiniones dispares al respecto.  Los Santos Padres opinaban, en general, que eran pocos. Los autores modernos se inclinan por que son muchos, incluso  que todos sin excepción, aduciendo la eficacia de la redención de Cristo. ¡Un buen deseo, sin duda! En todo caso, el proyecto de Dios es claro: “quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad” (I Tm 2,4. De eso nos habla el texto profético de Iaías (1ª) y el evangelio.
Pero, ¿por qué entregarse a más  especulaciones? El único que pudo decírnoslo, Jesús, no quiso responder. O mejor, sí respondió. “No te preocupe saber el número de los elegidos, procura ser tú del número de los elegidos. Esfuérzate en ello”. Porque la salvación no es una lotería -sería irrespetuoso imaginarse a Dios sacando bolas salvadoras de un bombo-, ni un seguro que nos permita vivir irresponsablemente. Es, ante todo, gracia de Dios -“por gracia habéis sido salvados” (Ef 2,5-, no discriminante y abierta, pero es también llamada, urgencia que exige responsabilidad... Por eso nos dice Jesús: “esforzaos, velad…”. No nos refugiemos en un Cristo fácil, porque ese Cristo no existe.  El camino cristiano es arduo, tanto que muchas veces deja de ser camino para convertirse en áspera y vertiginosa senda, abierta paso a paso con el sudor del esfuerzo y hasta con sangre. En este sentido se expresa el texto que hemos leído de la Carta a los hebreos.  Hay, pues, que abordar correctamente el tema.
Situarnos ante el problema de la  salvación como espectadores curiosos, considerándolo como algo exterior a nosotros, que todavía no nos afecta, es una postura equivocada y, sin embargo, muy frecuente.
Más que preguntar si serán muchos o pocos, la pregunta justa debe ser: ¿Estoy yo en camino de salvación? ¿Acojo esa llamada en mi vida? ¿Vivo la salvación que Dios ha operado en mí por el bautismo? ¡Nos falta la conciencia de sentirnos ya salvados! Por eso nos falta audacia y coherencia para vivir esa realidad.
Sabernos ya salvados debería lanzarnos a buscar ante todo el Reino de Dios y su justicia; a aspirar a las cosas de arriba; a entrar en comunión más auténtica con los otros. Nos salvaremos, si ya ahora nos sentimos salvados y vivimos en consecuencia; no aduciendo falsas credenciales (ni siquiera la de los cumplimientos religiosos). La vida cristiana es mucho más que un rito. “Sabemos que estamos salvados, si amamos a los hermanos” nos dice S. Juan (I Jn 3,14). Cristo abrirá las puertas de Reino a los que respondan positivamente a este test existencial, “Tuve hambre y me disteis de comer…”, porque “lo que hicisteis a uno de éstos…”.   El problema de la salvación, pues, no es del más allá, sino del más acá.
Y sintiéndonos salvados, debemos ser agentes, instrumentos de salvación. Pero no podemos engañarnos ni engañar. Jesús dijo que su Reino no era de este mundo; que su paz no era como la del mundo; que su salvación no se regía ni se reducía a los esquemas de este mundo..., por eso, precisamente, es necesaria para este mundo. Frente a los que pretenden liberar matando al opositor, Jesús libera muriendo por el opositor... Es el esfuerzo de la puerta estrecha… Hoy falta valor para hacer llamadas al sacrificio, porque en el fondo falta el convencimiento de que valga la pena sacrificarse por algo. La oferta placentera  a corto plazo y a bajo precio es la más abundante.  Pero Jesús no es de los que piensan así. Su oferta vale  pena, no es una ganga. Es un producto de calidad, y exige comportamientos de calidad. Por eso no duda en decir: “Esforzaos...”
Acojamos esta invitación del Señor, porque lo importante no es saciar la curiosidad de saber si son muchos o pocos los que se salven, sino la conciencia de saber si nosotros estamos o no en vías de  salvación. Veamos, hermanos, si hay que rectificar caminos o si incluso es necesario abandonar caminos. Porque esa es la gran sabiduría de la vida: encontrar el camino de la salvación y recorrerlo con el Señor y los hermanos.

REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Estoy yo en camino de salvación?
.- ¿Vivo la salvación que Dios ha operado en mí por el bautismo?
.- ¿Acojo con responsabilidad la llamada de Jesús al “esfuerzo”?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, Franciscano capuchino.

domingo, 18 de agosto de 2019

¡FELIZ DOMINGO! 20º DEL TIEMPO ORDINARIO

  SAN LUCAS 12, 49-53

"En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: “He venido a prender fuego en el mundo: ¡y ojalá estuviera ya ardiendo! Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla! ¿Pensáis que he venido a traer paz al mundo? No, sino división. En adelante, una familia de cinco está dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos: el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra”.
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Sigue Jesús dirigiéndose a los discípulos. ¿De qué fuego habla Jesús? Del que purificará y abrasará los corazones, y que debe encenderse en la cruz, auténtica “pira” del amor purificador de Dios. También ese es el bautismo por el que anhela pasar. Jesús contempla ya un horizonte conflictivo, y eso lejos de arredrarle, le estimula.
Por otra parte, a los discípulos les advierte de la “tensión” que él ha venido a introducir en la vida. No es un rompefamilias, pero hasta ahí pueden llegar la consecuencias y exigencias del seguimiento.

REFLEXIÓN PASTORAL
Nada más lejos de Jesús que la ambigüedad. Desde la infancia fue presentado como bandera discutida, y desde entonces no dejó de ondearla hasta que fue izada en el mástil de la cruz.
Quiso claridad en todo, en el hablar y en el actuar. Descalificó las pretensiones posibilistas y contemporizadoras  -“No podéis servir a dos señores” (Mt 6,24) -. Sin concesiones al sentimentalismo, descubrió los reales vínculos de su parentesco –“Mi madre y mis hermanos son  los que cumplen la voluntad del Padre” (Mt 12,50) -. Rehuyó sistemáticamente el aplauso interesado de los que pedían milagros  -“Vosotros me buscáis porque habéis comido pan hasta saciaros” (Jn 6,26) -. No dudó en calificar su propuesta de “vía estrecha”, y su Camino, de cruz…
Y lo de hoy ya lo acabamos de escuchar: un pirómano divino, que quiso deshacer con el fuego de su amor todos los hielos del corazón humano; que quiso acabar con tanta maleza como existía en la sociedad de su tiempo. Un intranquilizador, que vino a declarar la guerra a todas las falsas paces religiosas, políticas, sociales y hasta personales y familiares, porque hasta ahí pueden llegar las consecuencias de una verdadera opción por Jesús.
Es cierto que los cristianos, con el paso del tiempo, hemos ido dulcificando y moralizando esa figura tan enérgica. Hemos arriado su bandera discutida, cambiándola por otra más razonable y, sobre todo, la hemos izado en otro mástil, convirtiendo la cruz, de signo escandaloso en un adorno piadoso. Hemos declarado compatible, y hasta subordinado, el Evangelio con otros mensajes. Hemos abandonado la “vía estrecha” por otra, en la que se pueda circular en todas las direcciones. Nos hemos convertido en bomberos del fuego con el  que Él vino a encender el mundo. Hemos pactado con casi todos y casi todo. Hemos pretendido hacer más asequible su mensaje, más universal, a costa de sacrificar sus exigencias…; pero, gracias a Dios, no lo hemos conseguido, ni lo conseguiremos mientras en nuestros oídos sigan resonando mensajes como los que acabamos de escuchar hoy en la palabra de Dios. Y tenemos que agradecérselo a Dios de verdad, porque nuestra inclinación es hacia un Cristo fácil, cómodo, pero ese Cristo no existe.
Hoy, desde los textos bíblicos, se nos invita a luchar contra el pecado en todas sus manifestaciones, personales y sociales, aún a costa de nuestra integridad física, sin apartar nunca la vista de Jesucristo (2ª lectura). El profeta Jeremías, fiel a su vocación y a la revelación de Dios, estuvo a punto de morir en una fosa porque no distorsionó la palabra de Dios, doblegándose y halagando las pretensiones de los cortesanos de  Jerusalén…, pero Dios lo libró.
“Una nube ingente de espectadores nos rodea…, corramos la carrera fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe, Jesús”. Sí, a Jesús nunca hay que perderle de vista, so pena de  despistarnos, adentrándonos por caminos estériles, y de despistar a los otros.

REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Es Jesucristo el referente de mi vida?
.- ¿A qué estoy dispuesto por su seguimiento?
.- ¿Soy posibilista, intentando servir a dos señores?
DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, franciscano capuchino.

domingo, 11 de agosto de 2019

¡FELIZ DOMINGO! 19 º DEL TIEMPO ORDINARIO Y FELIZ FIESTA DE SANTA CLARA

  SAN LUCAS 12, 32-48
                                                   

"En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino. Vended vuestros bienes y dad limosna; haceos talegas que no se echen a perder, y un tesoro inagotable en el cielo, adonde no se acercan los ladrones ni roe la polilla. Porque donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.
Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas. Vosotros estad como los que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle, apenas venga y llame. Dichosos los criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela. Os aseguro que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y los irá sirviendo. Y si llega entrada la noche o de madrugada, y los encuentra así, dichosos ellos. Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora viene el ladrón, no le dejaría abrir un boquete. Lo mismo vosotros, estad preparados, porque a la hora que menos penséis, viene el Hijo del Hombre”.
Pedro le preguntó: “Señor, ¿has dicho esta parábola por nosotros o por todos?”.
El Señor le respondió: “¿Quién es el administrador fiel y solícito a quién el amo ha puesto al frente de su servidumbre para que le reparta la ración a sus horas? Dichoso el criado a quien su amo al llegar lo encuentre portándose así. Os aseguro que lo pondrá al frente de sus bienes. Pero si el empleado piensa: ‘Mi amo tarda en llegar´, y empieza a pegarles a los mozos y a las muchachas, a comer y a beber y emborracharse; llegará el amo de ese criado el día y a la hora que menos lo espera y lo despedirá, condenándole a la pena de los que no son fieles. El criado que sabe lo que su amo quiere y no está dispuesto a ponerlo por obra, recibirá muchos azotes; el que no lo sabe, pero hace algo digno de castigo, recibirá pocos. Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá; al que mucho se le confió, más se le exigirá”.
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Dos ideas fundamentales resalta esta catequesis de Jesús a los discípulos: 1) Desde la confianza de la herencia del Reino, les invita a la liberación de los bienes. El corazón del discípulo debe estar liberado y puesto en el Reino de Dios. Una idea típicamente lucana. 2) La vigilancia responsable. La espera del Señor no permite distracciones.
Ante la pregunta de Pedro sobre los destinatarios de sus palabras, Jesús explicita en qué consiste la vigilancia responsable. Y advierte que ser llamado a ese servicio de gobierno se convierte en fuente de mayor exigencia. Entre los discípulos los cargos no son para medrar sino para “repartir la ración a sus horas”; para ejercitar el ministerio recibido con fidelidad y solicitud.

REFLEXIÓN PASTORAL

Situados en el centro del verano, cuando todo parece invitar a la relajación y a bajar un poco la guardia en el cumplimiento de nuestros deberes cristianos, no está de más la urgente advertencia de Jesús: “Velad…; estad preparados”.
El descanso, no el paro, es un don de Dios, una bendición divina, un derecho inherente a la dignidad y vocación del hombre, como lo es también el trabajo. El problema reside en cómo interpretar ese descanso; que no consiste en no hacer nada, ni en una evasión superficial y consumista, sino más bien en cultivar aquellas dimensiones de nuestra propia interioridad que responden a las exigencias más íntimas, sin la presión de un horario laboral rígido.
En tanto que en el trabajo profesional, especialmente el mecánico y técnico, el hombre aparece teledirigido desde fuera, en las actividades del tiempo libre es el hombre quien desde sí crea y se recrea actualizando su libertad e interioridad. Urgido por tantas ocupaciones, en el período de vacaciones, el hombre debe reencontrase consigo mismo: cultivarse y potenciar su personalidad; debe también reencontrarse con su entorno: personas y cosas desde una perspectiva más festiva, cordial y desinteresada. Y, sobre todo, debe reencontrase con Dios.
El tiempo de vacaciones no debe ser un tiempo de rebajas en nuestra vivencia religiosa. No puede constituir un paréntesis, sino un capítulo más de nuestra vida. No puede haber carpetazo para los valores del espíritu, ni puede irse por la borda lo más sagrado, nuestras propias convicciones, nuestras actitudes religiosas… Dios debe seguir ocupando el centro de nuestro tiempo, y no el tiempo que nos sobra. Sepamos vivir el descanso no solo como tiempo de ocio, sino como tiempo de gracia.
“Velad”, es la invitación que hoy nos dirige el Señor. Estamos en un tiempo donde es especialmente urgente la vigilancia y la clarividencia. La conciencia moral y religiosa está siendo sistemática y sutilmente embotada, cuando no descaradamente acosada.
Frente a todo esto, la Palabra de Dios nos recuerda que la “fe es seguridad de lo que se espera y prueba de lo que no se ve”. Por eso el creyente es audaz, valiente y alegre. Sabe de quien se ha fiado (2 Tim 1,12), y que aunque a los ojos de los hombres su existencia no sea comprendida, Dios, que ve en lo escondido, le recompensará (Mt 6,4). Por eso, el creyente auténtico no duda, no es pusilánime ni ambiguo.
Miremos el ejemplo de Abrahán: de la estabilidad al peregrinaje; de la seguridad de unos bienes poseídos a la inseguridad de una tierra sólo prometida. Cuando todo le hablaba de imposibilidad, recibe la promesa de una descendencia. Su última prueba: creer en la palabra de Dios por encima de la muerte. Ha de sacrificar al hijo de la esperanza, a Isaac, y no retrocede. Sabe de la fidelidad de Dios y de la misteriosidad de sus planes. Algo humanamente ininteligible, pero todo es posible al que cree. Y aquí es donde el cristiano desconcierta, porque sus certezas provienen  no de lo inmediato y mutable, sino de Dios.
¿Qué espacios concedemos a la fe en nuestra vida? ¿Nos fiamos plenamente de Dios, o más bien organizamos nuestra vida en plan de por si acaso? No nos engañemos. Dios no es un recurso en última instancia. Debe presidir y polarizar nuestra existencia; sólo así podremos ser reconocidos por Él.
“Yo amo a Jesús, que nos dijo: cielo y tierra pasarán.
Cuando cielo y tierra pasen mi palabra quedará.
¿Cuál fue, Jesús, tu palabra? ¿Amor? ¿Perdón? ¿Caridad?
Todas tus palabras fueron una palabra: Velad” (A. Machado).

REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Desde que claves vivo la vida? ¿Desde claves de fe?
.- ¿El verano “rebaja” o “relaja” mi tono cristiano?
.- ¿Soy descanso para los demás?
DOMINGO J. MONTERO, OFMCap.

domingo, 4 de agosto de 2019

¡FELIZ DOMINGO! 18º DEL TIEMPO ORDINARIO

  SAN LUCAS 12, 13-21

"En aquel tiempo, dijo uno del público a Jesús: “Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia”.
Él le contestó: “Hombre, ¿quién me ha nombrado juez o árbitro entre vosotros?”.
Y dijo a la gente: “Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes”. Y les propuso una parábola:
“Un hombre rico tuvo una gran cosecha. Y empezó a echar cálculos: ¿Qué haré? No tengo donde almacenar la cosecha. Y se dijo: Haré lo siguiente: derribaré los graneros y construiré otros más grandes, y almacenaré allí todo el grano y el resto de mi cosecha. Y entonces me diré a mí mismo: ‘Hombre, tienes bienes acumulados para muchos años: túmbate, come, bebe y date buena vida´. Pero Dios le dijo: ‘Necio, esta noche te van a exigir la vida. Lo que has acumulado ¿de quién será?´”. Así será el que amasa riquezas para sí y no es rico ante Dios."
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Ante la demanda puntual de uno que quería convertir a Jesús en mediador en asuntos de herencia, él aprovecha para instruir sobre algo que afecta a la “herencia” fundamental: la salvación. El hombre no debe equivocarse (pero puede hacerlo); en él hay dimensiones que no se sacian con productos efímeros.
El hombre puede ser dueño de muchas cosas, pero no es el dueño de su vida. Jesús vino a salvar la vida, no a devaluarla, rescatándola de afanes “intrascendentes”, abriéndola a horizontes y valores nuevos. “Atesorad tesoros en el cielo…” (Mt 6,19-20). La carta de Santiago (5,1-4) y la primera de Timoteo (6,9-10) pueden servir de  comentario a la parábola de Jesús. San Pablo muestra el sentido de los afanes del cristiano: “Si vivimos, vivimos para el Señor” (Rom 14,8), que es el señor de la vida y “amigo de la vida” (Sab 11,26).      

REFLEXIÓN PASTORAL

“Por ser criatura, el hombre experimenta múltiples limitaciones; se siente, sin embargo, ilimitado en sus deseos y llamado a una vida superior. Atraído por muchas solicitaciones, tiene que elegir y renunciar… Por ello siente en sí mismo la división… Son muchos los que, tarados en su vida por el materialismo práctico, no quieren saber nada de la clara percepción de tan dramático estado, o bien, oprimidos por la miseria, no tienen tiempo para ponerse a considerarlo. Otros esperan del solo esfuerzo humano la verdadera y plena liberación de la humanidad y abrigan el convencimiento de que el futuro reino del hombre sobre la tierra saciará plenamente todos sus deseos. Y no falta, por otra parte, quienes, desesperando de poder dar a la vida un sentido exacto, alaban la insolencia de quienes piensan que la existencia carece de toda significación propia y se esfuerzan por darle un sentido puramente subjetivo.
Sin embargo, ante la actual evolución del mundo, son cada día más numerosos los que se plantean con mayor profundidad las cuestiones más fundamentales: ¿Qué es el hombre? ¿Cuál es el sentido del dolor, del mal, de la muerte, que, a pesar de tantos progresos, subsiste todavía? ¿Qué valor tienen las victorias logradas a tan caro precio? ¿Qué puede dar el hombre a la sociedad? ¿Qué puede esperar de ella? ¿Qué hay después de esta vida temporal?...
Cree la Iglesia que Cristo, muerto y resucitado por todos, da al hombre su luz y su fuerza por el Espíritu Santo para que pueda responder a su máxima vocación… Igualmente cree que la clave, el centro y el fin de toda la historia humana se halla en el Señor. Afirma además la Iglesia que bajo la superficie de lo cambiante hay muchas cosas permanentes, que tienen su último fundamento en Cristo, que es el mismo hoy, ayer y siempre”. Son todas expresiones del Concilio Vaticano II tomadas de la Constitución sobre la Iglesia en el mundo actual.
Textos que acogen y responden a la temática sugerida por las lecturas bíblicas de este domingo: El sentido del quehacer humano, cuando se le despoja de su referencia trascendente (primera lectura); la urgencia de interiorizar nuestra vida y nuestra acción hasta cristificarlas (segunda  lectura); la convicción de que la grandeza del hombre no depende de sus bienes (3ª lectura).
Un mensaje de gran actualidad para una sociedad como la nuestra, distorsionada y confundida, que explica y define al hombre en términos de consumidor y productor, ahogando dimensiones más profundas y humanas. Una sociedad que ha elevado a la categoría de meta el bienestar, sacrificando en ese altar todo tipo de víctimas, incluso humanas.
No se trata de contraponer, de establecer divisiones irreconciliables, sino de saber reconocer la verdad de las cosas, que son criaturas, no ídolos, y la verdad del hombre, que no ha sido hecho para las cosas ni a su medida, sino para Dios y a su imagen. “Nos hiciste, Señor, para ti…”. Ésta es la vocación del hombre, su meta, y cualquier otra cosa es  “vaciedad sin sentido, todo vaciedad”. Pues los espacios que Dios no llena terminan por quedar vacíos. Y de ese vacío puede surgir la desesperación. En cambio, “quien a Dios tiene, nada le falta; sólo Dios basta”.
La invitación a buscar “los bienes de allá arriba” no es una invitación a la huida o a la evasión, sino a inyectar esos “bienes” (la paz, la verdad, la justicia…) en la tierra, para renovar su rostro.
Con la parábola Jesús invita a la sensatez: llama la atención la necesidad de saber mantener siempre el control sobre las cosas y de no ser controlados por ellas, porque ahí está la libertad. El hombre rico llegó a la situación dramática de no ser él quien disponía de sus bienes, sino sus bienes los que disponían de él. Los bienes no son ni buenos ni malos, todo depende de quién “lleve” a quién, de quién sea el dueño de quién. En la parábola el dueño eran los bienes. Y a esa falta de discernimiento Jesús la llama necedad: “Necio esta noche te van exigir la vida”.
Sí, la palabra de Dios nos invita a la sensatez. Aquel hombre pudo haber tomado otras decisiones, por ejemplo, repartir la producción con los más necesitados, y así haber ganado la vida. Pero la codicia le volvió insensato.
¿Y qué pasa entre nosotros? ¿No estamos hundidos en esta crisis, que parece ahogarnos, por nuestra insensatez, por la codicia, por creer que la vida depende del dios dinero, poder y placer? La salida a esta situación será, seguramente, difícil, lenta y larga, y solo será posible si todos, a nuestro nivel, adoptamos una gran dosis de sensatez para no distorsionar los valores de la vida.
“Buscad los bienes de arriba… Dad muerte a todo lo terreno que hay en vosotros: la fornicación, la impureza, la pasión, la codicia y la avaricia, que es una idolatría… Despojaos del hombre viejo y revestíos del hombre nuevo”.
“Donde está tu tesoro, allí estará tu corazón” (Mt 6,21) dice Jesús. Pero también es verdad que donde está tu corazón, allí está tu tesoro. ¿Dónde está nuestro corazón? ¿Cuál es nuestro tesoro?
REFLEXIÓN PERSONAL
.-  ¿Cuáles son los valores que dan sentido a mi vida?
.-  ¿Es Dios el “ante todo” de mi vida?
.-  ¿Cómo invierto mi vida?, ¿en el interés personal o en la gratuidad?
DOMINGO MONTERO, OFM Cap.