domingo, 16 de abril de 2017

¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN!

  SAN JUAN 20,1-9
                                                            
    "El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuándo aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quién quería Jesús, y les dijo: Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde le han puesto.
    Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas por el suelo: pero no entró.
    Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: Vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte.  Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos."
                                            ***             ***             ***
    La comprensión del relato ha de hacerse desde distintas perspectivas. La resurrección nadie la vio; los discípulos solo ven el sepulcro vacío. Sin embargo, el sepulcro vacío, por sí mismo, no es prueba de la resurrección. Podría haber sido “vaciado”. Es la primera constatación de María Magdalena -“se han llevado al Señor”-. Pronto circuló esta interpretación entre los judíos (cf. Mt 28,12-15). Pero el “orden” que hay dentro del sepulcro desmiente esa interpretación.
    La progresión en el acceso al misterio también merece notarse: María solo ve “la losa quitada”; el discípulo amado ve más: “asomándose vio las vendas..., pero no entró”; fue Pedro el primero en entrar y constatar el hecho. Sin embargo es el discípulo amado, entrando después, el que “vio y creyó”. Solo la fe ayuda a la lectura correcta, solo la fe aporta la visión completa y profunda del hecho.
REFLEXIÓN PASTORAL
    ¡Cristo ha resucitado! Es el clamor que hoy se alza inundando de fiesta a la comunidad cristiana.  Su palabra, su persona, su ser y quehacer no pudieron ser neutralizados ni silenciados; no podían terminar en un sepulcro.
    Han pasado los días de la pasión de Cristo, que no debemos olvidar, pues la Resurrección no difumina sino que ilumina la Cruz del Señor. Pero lo que nos distingue como creyentes no es afirmar la muerte de Cristo (eso lo afirmaron sus contemporáneos) sino el sentido de su muerte – redentora – y de su resurrección (eso lo creyeron sólo sus discípulos).
    Hoy en la Resurrección celebramos su triunfo sobre la muerte, la mentira, la violencia, el egoísmo. Celebramos el triunfo de la VIDA, la VERDAD, la PAZ, el AMOR, que eso es Cristo.
     La última palabra de Dios sobre Jesús no fue aceptar su muerte. Si Cristo no hubiera resucitado, nuestra fe sería vana. Cristo dejaría de ser el señor de vivos y muertos para pasar a engrosar la lista de los que con generosidad e ilusión quisieron elevar el nivel de la humanidad fracasando en su intento.
     Si Jesús no hubiera resucitado, el Padre no sería el Dios de nuestro credo, “el que le resucitó de los muertos”, y nosotros estaríamos aún en nuestro pecado. Si Cristo no hubiera resucitado, su causa habría sido devaluada y derrotada por la fuerza del egoísmo, de la mentira, de la injusticia...Y Él sería sólo un muerto ilustre.
     Pero no; CRISTO HA RESUCITADO. Y esta resurrección ilumina su muerte. Dios Padre aceptó la  vida y muerte de su Hijo como testimonio de auténtica donación  y, porque eso no podía terminar, no podía quedar sepultado, lo eternizó resucitándole.
     La resurrección de Xto. es el SÍ del Padre  a la obra del Hijo, y el NO del Padre al egoísmo, a la violencia, al pecado de los hombres. Es al mismo tiempo victoria y derrota, vida y muerte, salvación y condenación... Glorificando a Cristo, el Padre descalifica cualquier otro tipo de existencia... Por eso cuando hablamos de ella y la celebramos, hablamos y celebramos no sólo la reanimación de un cadáver sino  mucho más.
     El modelo de la resurrección de Lázaro no nos sirve para comprender la  de Jesús. Si la  de Lázaro fue un milagro, la de Jesús, además, es un misterio. Al resucitar Jesús no da un paso hacia atrás sino hacia delante; no vuelve a estar vivo sino que se convierte en  “el  viviente”, el que hace vivir -Señor y dador de vida-. Su resurrección no es una mera prolongación de la vida de antes, sino la fundación de una vida nueva..., que ha de ser nuestra vida.
      Esta es la gran apuesta que hacemos los cristianos al proclamar la resurrección de Cristo.  ¿Pues qué puede significar afirmar que Cristo ha resucitado por nosotros, si no ha resucitado en nosotros? 
     La resurrección de Jesús no es un hecho aislado ni aislable. Es un movimiento iniciado en Él, pero que nos afecta y se prolonga en nosotros. ¿Y ya percibimos y testimoniamos en nosotros los gérmenes de esa vida nueva?
     No podemos decir: ¡Cristo ha resucitado! y ¿qué? Sino, ¡Cristo ha resucitado!, ¿qué tenemos que hacer? Lo hemos escuchado: dar una nueva orientación a nuestra mirada: “buscad las cosas de arriba”, que no una invitación a la evasión de esta vida, sino a la interiorización de la misma.
      Por el bautismo nos hemos incorporado al misterio de la muerte y resurrección de Cristo. Experiencia inevitable, ineludible para un cristiano. “Porque si nuestra existencia está unida a Él en una muerte como la suya, también lo estará en una resurrección como la suya”.  Pero, si no lo está..; entonces, ser cristiano será una pretensión imposible. Y, ¿Cómo sabremos que nos hemos incorporado al misterio de la muerte y resurrección de Cristo. “En esto lo sabemos: si amamos a los hermanos”. Para el cristiano el criterio es el amor, “como yo os he amado”.
    Felicitémonos por la Resurrección de Cristo y, sobre todo, vivámosla dándola cabida en nosotros. ¡Ojalá que también nosotros, como el discípulo amado y Pedro, regresemos a nuestras vidas  dando testimonio de Cristo Resucitado!
REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Qué significa en mi vida la resurrección de Cristo?
.- ¿Es él mi vida?

.- ¿Soy testigo creíble de Cristo resucitado?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

miércoles, 12 de abril de 2017

domingo, 2 de abril de 2017

¡FELIZ DOMINGO! 5º DE CUARESMA

SAN JUAN  11,1-45

                                              

     En aquel tiempo…., las hermanas (de Lázaro) le mandaron recado a Jesús, diciendo: Señor, tu amigo está enfermo.
     Jesús, al oírlo, dijo: Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.
     Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos días donde estaba. Solo entonces dijo a sus discípulos: Vamos otra vez a Judea…. Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado…. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa.
    Y dijo Marta a Jesús: Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá.
     Jesús le dijo: Tu hermano resucitará.
     Marta respondió: Sé que resucitará en la resurrección del último día.
    Jesús le dice: Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Cree esto?
    Ella le contestó: Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo…
    Jesús, muy conmovido preguntó: ¿Dónde le habéis enterrado?
    Le contestaron: Señor, ven a verlo.
    Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: ¡Cómo lo quería! Pero algunos dijeron: Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera este?
     Jesús, sollozando de nuevo, llegó a la tumba. Jesús dijo: Quitad la losa.
    Marta, la hermana del muerto, le dijo: Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días.
    Jesús le dijo: ¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?
    Entonces quitaron la losa. Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea para que crean que tú me has enviado. Y dicho esto, gritó con voz potente: Lázaro, ven afuera.
      El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús le dijo: Desatadlo y dejadlo andar.
     Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.
                            ***             ***             ***
     Nos hallamos ante el último y más desarrollado de los “signos” de Jesús narrados en el IV Evangelio (2,1-11; 4,46-54; 5,1ss; 6; 9,1ss; 11,1ss). El centro del mismo reside en la presentación de Jesús como la Vida y Señor y dador de la Vida. Una vida que nace de la fe en él -“¿Crees esto?”-. La resurrección tiene lugar en el encuentro con Cristo. No hay que esperar a morir para resucitar; el creyente resucita sacramentalmente en las aguas del bautismo. Los demás aspectos del relato no deben distraer de lo que es el centro del mismo. La profesión de fe de María, la hermana de Lázaro: “Yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo” es el punto al que quiere conducirnos esta escena evangélica.
  
REFLEXIÓN PASTORAL
      El relato evangélico de este domingo está construido con elementos de gran densidad y significación teológicas. Hay un núcleo hacia el que todo converge y desde el que todo se ilumina: “Yo soy la resurrección y la vida…” (Jn 11,25).
     El protagonista no es Lázaro, sino Jesús; no es la resurrección de Lázaro, sino Jesús como resurrección; no es la muerte de Lázaro, sino la vida que da Jesús, lo que se pretende subrayar. Se trata no de la resurrección de “un hombre”, sino de la resurrección “del hombre”; de la vida que, deteriorada y muerta por el pecado, es llamada vigorosamente a resucitar, participando de la vida de Dios ofrecida en y por Jesucristo.
      La Vida habita en Jesús: es el agua viva, el pan vivo, la vida… “He venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia” (10,10). Jesús es Señor y dador de Vida;  no solo para la otra vida; también para esta, aportándole calidad y sentido.  “Mi vivir es Cristo” (Flp 1,21), dirá Pablo de Tarso, sintetizando los contenidos y motivos de su existir.
      En la segunda lectura se subraya este aspecto: Cristo es el principio vital del hombre: “Si Cristo está en vosotros, el espíritu vive por la justicia” (Rom 8,10). Quien lo incorpora a su vida y se incorpora a su Vida, en él la muerte ya no tiene dominio. La Vida tiene nombre propio: Jesús. La última palabra no la dicta la muerte, sino la Vida. La muerte física es una exigencia del guión, pero no es el final de la película. “¿Dónde está muerte tu victoria?” (1 Cor 15,57).
      Ante la Vida, la muerte es solo un sueño. “Lázaro, nuestro amigo, está dormido” (Jn 11,11)… Y, como a Marta, se nos pregunta: “¿Crees esto?” (Jn 11,26). ¡Convertirse a la Vida (cf. Jn 17,3)! Y quien tiene esta fe, que se verifica en la caridad, ha superado ya la muerte, pues “en esto sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, si amamos…” (1 Jn 3,14).
     “Hay que vivir la vida”, pero lo entendemos en un sentido minúsculo e intranscendente. Convirtámoslo en proyecto mayúsculo. ¡Vivir la Vida! Para eso hay que “beber la Vida" y "comer la Vida" en su fuente más pura y original, en la Eucaristía y en la Palabra de Dios; en la fuente de Aquel que ha dicho “Yo soy la Resurrección y la Vida…(Jn 11,25); si alguno tiene sed que venga a mí y beba, y de su seno correrán ríos de agua viva” (Jn 7,37).
REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Qué principios guían mi vida? ¿Los de la carne o los del Espíritu?
.- ¿Cuáles son los signos de un resucitado?
.- ¿Con qué pasión sirvo vida desde la Vida?
DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

domingo, 26 de marzo de 2017

¡FELIZ DOMINGO LAETARE! 4º DE CUARESMA

  SAN JUAN 9,1-41
"En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento…, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego, y le dijo: Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado).
Él fue, se lavó y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban: ¿No es ése el que se  sentaba a pedir? Unos decían: No es él, pero se le parece. El respondía: Soy yo…
Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. (Era sábado el día que Jesús hizo barro y se le abrió los ojos) También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista. Él les contestó: Me puso barro en los ojos, me lavó y veo.
Algunos de los fariseos comentaban: Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado. Otros replicaban: ¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?  Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego: Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos? Él contestó: Que es un profeta…
Le replicaron: Empecatado naciste tú de pies a cabeza, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?  Y lo expulsaron. Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: ¿Crees tú en el Hijo del Hombre? El contestó: ¿Y quién es, Señor, para que crea en él?
Jesús le dijo: Lo estás viendo: el que te está hablando ése es.
Él le dijo: Creo, Señor. Y se postró ante él."
                                   ***                  ***                  ***
Jesús es la Luz que brilla en la oscuridad (cf. Jn 1,5; 8,12). El texto evangélico está construido con elementos múltiples y teológicamente densos. Hay una comprensión nueva de las limitaciones humanas -la ceguera-; aparece el enfrentamiento entre la Luz y las tinieblas, personificadas en Jesús y los dirigentes religiosos; existe una clara simbología bautismal (la piscina de Siloé evoca la fuente bautismal, la pregunta de Jesús –“¿Crees en el Hijo del Hombre?”- y la respuesta del ciego –“Creo, Señor”- recuerdan las preguntas bautismales…)…
Jesús produce un doble efecto: es Luz para los que reconocen su oscuridad, la necesidad que tienen de ser iluminados; es oscuridad para los que creen bastarse a sí mismos para aclararlo todo, incluso el misterio de su propia oscuridad. Los ciegos comienzan a ver, los que creen ver se quedan cegados. La luz es la gran oferta de Dios en Jesucristo, pero esa luz se expone, no se impone.
REFLEXIÓN PASTORAL
Junto al pozo de Sicar, Jesús se reveló como el agua viva. Hoy se nos presenta bajo otra imagen, también fundamental: la luz (Jn 8,12).
Nosotros estamos un tanto incapacitados para vibrar ante estas imágenes. Casi desconocemos el hecho de la sed física -saturados de marcas de bebidas-, y respecto de la luz puede que ocurra lo mismo: basta apretar un botón y la luz se hace en torno nuestro… Pero hay ciertos tipos de sed y ciertas oscuridades y penumbras de la vida que no se sacian con cualquier agua ni se disipan con cualquier luz. Solo Jesús es el agua viva y la luz capaz de alcanzar esas zonas de la existencia. Y si el agua se hizo sed para provocar la sed de aquella mujer, hoy la luz brilla en un ciego de nacimiento. Agua y sed, luz y tiniebla, esa es la relación de Jesús con nosotros.
Y comienza el proceso clarificador de Jesús deshaciendo un maleficio que durante mucho tiempo se esgrimió contra los “desgraciados”, la identificación desgracia y pecado. “¿Quién pecó éste o sus padres para que naciera así?” (Jn 9,2).
El sufrimiento humano no es reprobación ni lejanía de Dios. En la cruz de Cristo, y en toda cruz, Dios se revela particularmente como Enmanuel. “Ni pecó este ni sus padres, sino para que se manifieste en él la obra de Dios” (Jn 9,3). El dolor humano es un misterio con muchos responsables; solo uno no es responsable, aunque no sea ajeno a él, Dios. Jesús vino a abrir los ojos, también sobre esto.
Pero no fue un quehacer fácil: la curación de estos ciegos y cegados  dejaba en evidencia a sus guías, más interesados en seguir haciendo de guías que en devolverles la vista para que pudieran caminar por sí mismos. También, es verdad, hay quienes prefieren ser guiados -a costa de seguir siendo ciegos- a asumir los riesgos de hacer personalmente la propia andadura. Ambas actitudes las descalifica Jesús.
Jesús vino a abrir los ojos del hombre para que viera por sus propios ojos, pero vino, además, a dar profundidad y horizonte a su mirada. Vino a que el hombre recuperara el punto de vista de Dios y su mirada, que no es como la del hombre, “pues el hombre mira las apariencias, pero el Señor mira al corazón” (1ª lectura). Y a que caminara por la vida luminosamente, como hijo de la Luz (2ª lectura).
Nuestra vista frecuentemente está cansada de ver siempre lo mismo. De tanto mirar egoístamente para nosotros, hemos terminado por perder la justa perspectiva de la realidad; hemos terminado por no saber mirar a Dios y a los otros o, lo que es peor aún, los hemos confundido con nosotros mismos. Jesús nos enseña que para ver bien, hay que purificar el corazón -“Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios” (Mt 5,8)-. Y él es la Luz que ilumina el corazón y la vida.
REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Brilla Jesús en mi vida? ¿Con qué intensidad?
.- ¿Cuál es mi punto de mira: La apariencia o el corazón?
.- ¿Aporto luz a la vida?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

domingo, 19 de marzo de 2017

¡FELIZ DOMINGO! 3º DE CUARESMA

  SAN JUAN  4, 5-42
                                                         
     En aquel tiempo, llegó Jesús a un pueblo de Samaría llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José: allí estaba el manantial de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al manantial. Era alrededor del mediodía.
     Llegó una mujer de Samaría a sacar agua, y Jesús le dice: Dame de beber. (Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida).
     La Samaritana le dice: ¿Cómo tú, siendo judío, me pide de beber a mí, que soy samaritana? (porque los judíos no se tratan con los samaritanos).
     Jesús le contestó: Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva.
     La mujer le dice: Señor, si no tienes cubo y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?
     Jesús le contesta: El que bebe de esta agua volverá a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna.
      La mujer le dice: Señor, dame de esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla… Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén.
     Jesús le dice: Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén daréis culto al Padre. Vosotros dais culto a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, y ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le den culto así. Dios es espíritu, y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y verdad.
     La mujer le dice: Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga él nos lo dirá todo.
     Jesús le dice: Soy yo: el que habla contigo…
     En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él… Y decían a la mujer. Ya no creemos por lo que tú dices, nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el salvador del mundo.
                                   ***                  ***                  ***
      La escena es sugerente. Los pintores la han recreado profusa y hermosamente. Nos habla de un Jesús liberado y liberador de prejuicios culturales y religiosos, invitando a superar fronteras personales y nacionales (Jn 4,9; cf. Jn 8,48; Lc 9,52-55), y a convertirse todos “al Padre en espíritu y verdad, porque así quiere Dios que sean los que le adoren” (Jn 4,23).
     Centrados ya en la mujer, puede descubrirse un proceso interesante. La samaritana participa de los tópicos de su tiempo (Jn 4,9); no alcanza a vislumbrar la profundidad de la petición de Jesús (Jn 4,7), por eso su respuesta es superficial (Jn 4, 11-12). Pero no se queda ahí; en ella hay sinceridad y ansia de la verdad. Ante la clarificación de Jesús (Jn 4,13-14), proclama su sed más profunda: “Dame de esa agua” (Jn 4,15). Toda su situación personal entra en proceso de cambio (Jn 4,16-20). Busca dónde adorar a Dios (Jn 4,20) y se deja descubrir por Jesús (Jn 4, 16-18. 29).
     De mujer superficial pasa a mujer sedienta. Y de ahí, a mujer apóstol (Jn 4,28-29. 39). Todo encuentro con Cristo que no termina en testimonio de Cristo es un encuentro fallido.
     El final del relato es grandioso, marca el itinerario del proceso creyente: de la fe en las palabras “sobre” Jesús, pronunciadas por la samaritana, a la fe en la palabra que “es” Jesús (Jn 4,41). Y todo empezó no con una predicación, sino con la petición de un poco de agua junto a un pozo, al mediodía. ¡Vaya estrategia pastoral!
REFLEXIÓN PASTORAL
     Una mujer va a buscar el agua, el agua de siempre, el agua de la sed de cada día..., y se encuentra, no en el fondo del pozo, sino en el brocal, al agua verdadera, la que sacia la sed de los hombres.
     Se inicia un diálogo impresionante. Jesús, para suscitar la sed de aquella mujer, se presenta como sediento; el agua se hace sed: “Mujer, dame de beber” (Jn 4,7). ¡Qué estrategia tan fantástica e insospechada! Acercarse al otro no para imponer, ni siquiera para exponer la Verdad, sino para escuchar y conocer la suya.
     Procediendo así, Cristo nos revela una vía nueva  de acceso a los hombres: porque nadie está totalmente desprovisto de verdad. ¡No suele ser ese nuestro estilo! Frecuentemente nos acercamos a los otros como poseedores de una verdad -la nuestra- que no suscita interés alguno porque desconocemos la que el otro tiene o necesita y, además, porque vamos sin sed de verdad, saturados, engreídos con la propia. Mostrar sed por la verdad del otro, estar dispuesto a beberla de su fuente y en su mano, sin prevenciones ni temores, es un modo cristiano de buscarla y compartirla.
     Y, ante la extrañeza de la mujer, Jesús le revela el misterio: “Si conocieras el don de Dios, y quien es el que te dice: “Dame de  beber”, tú le habrías pedido a él, y él te habría dado el agua viva...” (Jn 4,10). Porque Jesús es un manantial más abundante que el de Jacob, y sus aguas son de una calidad infinitamente superior a las que brotaron de la roca, en el Horeb (Jn 7,38).
      Hay fuentes que no sacian, y ésas son las que más frecuentamos. Abandonamos la fuente de agua viva, para construirnos aljibes agrietados, que no retienen el agua (cf. Jr 2,13). ¡Hemos secado tantos pozos buscando saciar la sed! ¡Hemos probado tantas marcas de agua...!
     “Como suspira la sierva por las corrientes de agua, así suspira mi alma por ti, mi Dios. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo” (Sal 42,2-3). ¿Es esto verdad en nuestro caso? ¡Ojalá que sí! Que desde lo más hondo de nuestro corazón también nosotros, sedientos de Dios, sedientos de la Verdad, digamos con la mujer de Samaría: “Señor, dame de esa agua” (Jn 4,15).
REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿De qué tengo sed, y qué pozos y fuentes frecuento?
.- ¿Serena mi vida la fe en Jesucristo?
.- ¿Sacio la sed de Cristo en los sedientos de la vida?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

domingo, 12 de marzo de 2017

¡FELIZ DOMINGO! 2º DE CUARESMA

  SAN MATEO 17,1-9
                                                        
     En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos y su rostro resplandecía como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él.
     Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: Señor, ¡qué hermoso es estar aquí! Si quieres, haré tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.
    Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo.
     Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto.
     Jesús se acercó y tocándolos les dijo: Levantaos, no temáis.
     Al alzar los ojos no vieron a nadie más que a Jesús solo. Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos.
                  
                            ***             ***             ***
  
     San Mateo reelabora el texto de san Marcos subrayando algunos aspectos que anticipan su manifestación gloriosa en la resurrección. Es la plenitud de la Ley y los Profetas, personificados por Moisés y Elías. Es el Hijo amado de Dios, el profeta definitivo a quién todos deben escuchar (Dt 18,15). Este relato está vinculado con el del Bautismo en el Jordán, y en ambos aparece identificado con siervo sufriente que, a través de la muerte, camina a la resurrección.
     Situado el relato después del primer anuncio de la pasión, tiene la función de animar a los discípulos: “Levantaos, no temáis”.
REFLEXIÓN PASTORAL
     En el centro del camino cuaresmal, la liturgia nos presenta el sentido, la meta y al guía del camino: un sentido positivo, una meta transformadora de la existencia, y a un guía, Jesucristo.
     El escenario es radicalmente distinto al del domingo pasado: del desierto inhóspito y  árido, al monte luminoso de la Transfiguración; del Jesús tentado por el diablo, al Jesús glorificado por el Padre; del “si eres hijos de Dios…”, al  “este es mi Hijo”.    
     Se acercaban a Jerusalén, donde iban a tener lugar los dramáticos acontecimientos de la Pasión, y para que los discípulos no se vieran desbordados por esos sucesos, para que pudieran superar el terrible escándalo de la cruz, Jesús escoge a Pedro, Santiago y Juan -los que serán testigos de la agonía en Getsemaní- para manifestarles su auténtica dimensión.
     El que sudará sangre, al que verán como rechazado y maldito, es el Hijo de Dios, el Amado, el Predilecto. A quien el pueblo elegido no sabrá reconocer, es reconocido, sin embargo, por las grandes figuras de ese pueblo: Moisés, autor de la Ley, y Elías, el gran profeta.
     La escena es importante y sugerente. Es, en primer lugar, una revelación de Jesús -“Mi Hijo, el amado, el predilecto” (Mt 17,5)-. Flanqueado por las dos figuras centrales del Antiguo Testamento, Jesús aparece como el centro de la revelación, como el Revelador, con quien conversan las “revelaciones” (la Ley y los Profetas) y los reveladores (Moisés y Elías). Jesús es central, por eso solo a El hay que escuchar  (Mt 17,5).  “Escuchadlo”
     Pero es, también, una llamada a la transformación personal, a la transparencia de Cristo en nuestra vida. Y una denuncia de nuestra opacidad, de nuestra dificultad para traslucir al Señor, y de nuestra sordera para escucharlo. Una llamada a ser y a vivir como “hijos  amados y predilectos”, pues “lo somos” (1 Jn 3,1).
     “Vosotros sois luz del mundo…; alumbre así vuestra luz ante los hombres para vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5, 14.16). ¿Qué hemos hecho nosotros de esa luz?  “Que los hombres solo vean en vosotros servidores de Cristo” (1 Cor 4,1), escribía san Pablo. ¿Y qué ven en nosotros?
     La transfiguración del Señor no es para hacer tres chozas en el Tabor. Es para dejarnos iluminar y para iluminar, participando “en los duros trabajos del Evangelio” (2ª lectura). Para hacer “gozosamente” el camino cuaresmal, que  tiene como meta la transfiguración en criaturas nuevas según el modelo de Cristo, la santidad (2ª lectura).
    ¡Pero, además, no es ésta la única transfiguración del Señor! Él se transfigura diariamente en el sacramento de la Eucaristía -“Esto es mi cuerpo” (Mc 14,22)-; se transfigura en el necesitado -“Tuve hambre…, lo que hicisteis a uno de éstos lo hicisteis conmigo” (Mt 25, 35.40)-… Y no son transfiguraciones opuestas; y que no hay que oponerlas, sino acogerlas con la misma fe.
     Los discípulos quedaron deslumbrados por la transfiguración en gloria; nosotros quedamos confundidos, molestos y hasta decepcionados por estas transfiguraciones del Señor en la debilidad. La transfiguración gloriosa tuvo lugar en la cima de un monte; la transfiguración humilde, en un valle, que solemos llamar “de lágrimas”.
      Y a nosotros, como a los discípulos tentados de quedarse en el monte  (Mt 17,4), Jesús nos invita a descender a la vida concreta, porque la experiencia religiosa no puede ser un aparte en la vida, sino un fermento para iluminarla.
REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Tengo experiencia de “éxodo” en mi vida?
.- ¿La santidad, como vocación, me motiva o me deja indiferente?
.- ¿Siento en mi vida la fuerza transfiguradora del Evangelio?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

domingo, 5 de marzo de 2017

¡FELIZ Y SANTO DOMINGO! 1º DE CUARESMA

  SAN MATEO 4,1-11

    "En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al final sintió hambre. Y el tentador se le acercó y le dijo: Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes. Pero él le contestó diciendo: Está escrito: No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.
    Entonces el diablo lo llevó a la Ciudad Santa, lo pone en el alero del templo y le dice: Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: Encargará a los ángeles que cuiden de ti y te sostendrán en sus manos para que tu pie no tropiece con las piedras. Jesús le dijo: También está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios.
    Después el diablo lo lleva a una montaña altísima y, mostrándole todos los reinos del mundo y su esplendor, le dijo: Todo esto te daré si te postras y me adoras. Entonces le dijo Jesús: Vete, Satanás, porque está escrito: Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto.
     Entonces lo dejó el diablo, y se acercaron los ángeles y lo servían."
                                                            ***                  ***                  ***
     El relato mateano de las tentaciones está muy elaborado y cargado de intencionalidad teológico-pastoral. Jesús es presentado como una persona guiada por el Espíritu. El “desierto” no es tanto un espacio geográfico sino teológico, es el lugar donde el pueblo de Israel experimentó la prueba y la providencia de Dios. Los cuarenta días y cuarenta noches evocan a Moisés (Ex 34,28) y a Elías (2 Re 19,8), así como los cuarenta años de la travesía de Israel por el desierto (Dt 29,9; Sal 95,10). Las tres tentaciones son en realidad una sola: la pretensión de apartar a Jesús de su vocación de fidelidad al designio del Padre. Venciendo la tentación, Jesús se acredita como el verdadero Israel: venciendo donde sucumbió el antiguo Israel.
     Este relato nos advierte de cómo puede tergiversarse la palabra de Dios, hasta convertirla en arma tentadora -Satanás argumenta desde ella-; muestra cómo Jesús opta por la fidelidad, no por la espectacularidad, que hipoteca la libertad; y marca a los cristianos el camino para no caer en la tentación. 
REFLEXIÓN PASTORAL
       Inaguramos una nueva estación del Año litúrgico: la Cuaresma. Todos estamos enterados, al menos por el ruido de los carnavales. En todo caso no habrá que ser excesivamente críticos con el carnaval de tres días; más preocupante es el de los restantes días del año. Lo grave no es la máscara y el disfraz de tres días, sino la que oculta el rostro los restantes días del año. Aunque no deberíamos pasar por alto ciertos dispendios oficiales, cuando hay familias sin vivienda…; hombres, mujeres y niños con la cara desfigurada no por máscaras, sino por las huellas del hambre de la angustia y la desesperación. ¡Tan contradictorios somos!
      Los cristianos  iniciamos la Cuaresma con una ceremonia que invita a la reflexión y a la decisión: la imposición de la ceniza, acompañada de unas palabras de  Jesús: “Arrepentíos y creed en el Evangelio” (Mc 1,15).
     Conversión, palabra muy usada, casi manoseada, pero una realidad todavía por estrenar. Palabra a la que ya nos hemos acostumbrado, pero que es palabra de Cristo que hay que proclamar “a tiempo y a destiempo” (2 Tim 4,2), y que, también, hay que rescatar de un uso rutinario y ritualista.
     Las lecturas bíblicas nos hablan de cómo el hombre, desde muy temprano, se empeñó en hacer “su” propio camino…, y se perdió; quiso afirmarse de espaldas o frente a Dios…, y se hundió; quiso revestirse de saber y de poder…, y se descubrió desnudo… (1ª lectura).
      Pero Dios no lo dejó perdido, ni hundido, ni desnudo. Apareció Cristo como Camino y Salvación. Él es el rectificador y el modelo de rectificación para el hombre (2ª lectura).
     A un hombre que desdeñó su condición humana (Adán), le responde el mismo Hijo de Dios, que “siendo de condición divina no retuvo ávidamente el ser igual a Dios, sino que se despojó…, tomando condición de siervo…, haciéndose semejante  los hombres y apareciendo en su porte como un hombre cualquiera” (Flp 2, 6-7). 
    A un hombre desobediente a Dios, que rechaza ser hombre, le salva un Dios que opta por ser hombre y obediente al hombre, “hasta la muerte y una muerte de cruz” (Flp 2,8): Jesucristo.
      Como el primer hombre, y como todo hombre, Jesús estuvo expuesto a la tentación. Pero Jesús no solo venció la tentación, sino que la iluminó, la desveló. Y así nos enseñó no solo a vencer sino a cómo vencer (Evangelio).
     Vencer la tentación no es solo no consentir, no solo es decir no, sino iluminar esa situación tentadora, desenmascarar su ambigüedad y su mentira -pues toda tentación se presenta como salvadora y portadora de felicidad- desde la palabra de Dios.
     No hay que huir, sino hacer frente; huyendo se rehúye la solución. Jesús nos ha enseñado  a afrontar la tentación desde la oración -“no nos dejes caer en la tentación” (Mt 6,13)- y desde la decisión responsable. A esto nos invita la Cuaresma.
REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Con qué “ánimos” afronto la Cuaresma?
.- ¿Qué resonancias provoca en mí la “conversión”?
.- ¿Qué abstinencias y que entregas preveo para esta Cuaresma?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

domingo, 26 de febrero de 2017

¡FELIZ DOMINGO! 8º DEL TIEMPO ORDINARIO

  SAN MATEO 6,24-34
    En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Nadie puede estar al servicio de dos amos. Porque despreciará a uno y querrá al otro; o, lo contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero. Por eso os digo: no estéis agobiados por la vida pensando qué vais a comer, ni por el cuerpo pensando con qué os vais a vestir. ¿No vale la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Mirad a los pájaros: ni siembran, ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellos? ¿Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida?
   ¿Por qué os agobiáis por el vestido? Fijaos cómo crecen los lirios del campo: ni trabajan ni hilan. Y os digo que ni Salomón, en todo su fasto, estaba vestido como uno de ellos. Pues si a la hierba, que hoy está en el campo y mañana se quema en el horno, Dios la viste así, ¿no hará más por vosotros, gente de poca fe? No andéis agobiados pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. Los paganos se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre del cielo que tenéis necesidad de todo eso.
   Sobre todo buscad el Reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura. Por tanto no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le bastan sus disgustos.
                   ***             ***             ***             ***
    Jesús no invita a la desidia, a una vida bohemia, sino a priorizar en la vida. El discípulo debe elegir, debe optar por a quien quiere servir. Al contraponer a Dios y al dinero, Jesús resalta la categoría idolátrica del dinero, con su capacidad deshumanizadora y opresora; constructora de paraísos efímeros que confunden al hombre, introduciéndole en una carrera desenfrenada de consumo, privándole del gozo de lo sencillo y verdadero. Desde una vivencia responsable de la paternal/maternal providencia de Dios el cristiano ha de convertirse en un buscador del Reino de Dios.
REFLEXIÓN PASTORAL
    Jesús nos presenta dos modos de concebir la existencia: el cristiano y el pagano. Y pone unos ejemplos donde verificar esa concepción de la vida: la preocupación por las realidades del vestido, la salud y la alimentación… Lo que hoy llamaríamos “el nivel de vida”.
     No está invitando a un planteamiento irresponsable, a una indiferencia perezosa, al abandono ante las urgencias de la vida, en las que el mismo Dios colocó al hombre: -“Ganarás el pan- y todo lo que eso significa -con el sudor de tu frente” (Gén 3,17-). ¡Nada, pues, de ingenuidades!
     De lo que nos advierte Jesús es del peligro de una existencia desenfocada. Lo que Él quiere subrayar es que, incluso en ese campo, no podemos actuar como los que no tienen fe en la Providencia maternal  (1ª lectura) y paternal de Dios (Evangelio), obsesionados por lo efímero, por lo caduco…, como si Dios no existiera.
     A un pueblo que, en la experiencia dolorosa del destierro corre el riesgo de caer en la tentación de dar proporciones infinitas a esa situación -“Me ha abandonado el Señor, mi dueño me ha olvidado” (Is 49,14)-, el profeta le abre a un lectura más profunda, mostrándole, en términos entrañables, la realidad del amor de Dios (1ª lectura). Un mensaje que halla prolongación en el texto del salmo responsorial (Sal 62): “Dios es mi roca y mi salvación…, mi esperanza…, mi alcázar”.
     Jesús, en la línea del salmo,  desaconseja convertir en “dios práctico” de la vida  a la ambición, al consumismo, al dinero…, identificándolos como falsas rocas de salvación.  Un consumismo que destruye al hombre y desnaturaliza las cosas, sometiéndonos a un ritmo trepidante, en una obsesión enloquecedora por lo superfluo.
     Puede ser nuestro gran peligro: desvivirnos por lo superfluo, sacrificando para ello lo fundamental. Frente a lo sencillo, lo exótico y sofisticado… Y eso nos impide “gustar”, “disfrutar” lo natural y original…
    Nos olvidamos de agradecer el sol, el aire, el agua, la flor, el canto de los pájaros, la espiga de trigo, el perfume de la violeta…, e incluso, en ocasiones, contribuimos a su extinción, para vivir volcados hacia lo artificial.
         Pero hay algo más, Jesús nos propone la auténtica preocupación de la vida: “Buscad el Reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura” (Mt 6,33). ¿No habremos hecho una inversión, una tergiversación peligrosa, dedicándonos a “lo demás”, abandonando la búsqueda del Reino de Dios, el conocimiento y cumplimiento de su voluntad? ¿Y, actuando así, no vivimos como los paganos? ¿Qué ve la gente en nosotros? ¿Servidores/seguidores de Cristo (2ª lectura: cf. 1 Cor 4,1), o “hombres de poca fe” (Mt 6,30)?
         El Señor nos invita a vivir “el día a día”, con una certeza fundamental: nuestras vidas están en las manos de Dios, que es nuestro Padre y nuestra Madre. Eso no nos ahorrará  trabajo, pero nos dará esperanza; borrará la angustia y sembrará en nosotros serenidad. Porque valemos más que los pájaros y las flores (Mt 6,26). Estamos en las manos de Dios, y ¡son las mejores!
REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Qué experiencia tengo de Dios?
.- ¿Busco el Reino de Dios en la vida, o me afano por “lo demás”?
.- ¿Con qué criterios interpreto la realidad? ¿Con criterios evangélicos, o meramente económicos?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

domingo, 19 de febrero de 2017

¡FELIZ DOMINGO! 7º DEL TIEMPO ORDINARIO

SAN MATEO 5, 38-48
                                                    
    "En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos:
    Sabéis que está mandado: “Ojo por ojo, diente por diente”. Pues yo os digo: No hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también la capa; a quien te requiera para andar una milla, acompáñale dos; a quien te pida, dale, y al que te pide prestado, no lo rehúyas.
    Habéis oído que se dijo:
    Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os persiguen y calumnian. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir el so sobre malos y buenos y manda la lluvia a justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los paganos? Por tanto sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto."
                        ***             ***             ***             ***
    Continúa el texto de las propuestas alternativas de Jesús, con una invitación a desactivar la dinámica de la violencia con la fortaleza y la ternura del perdón. El discípulo no debe ser como uno más, reproduciendo los esquemas en curso. Ha de ser portador de comportamientos peculiares, los que se derivan de su filiación divina. En eso reside la “perfección” cristiana.

REFLEXIÓN PASTORAL
    Aceptamos frecuentemente la violencia, al menos la represiva, como un dato indiscutible. Parece tan natural responder a la agresión y vengarse de ella, que todo el mundo lo hace, hasta los cristianos.
     Si queremos comprender el giro radical que ha introducido Jesús en este tema, abramos la Biblia por el libro del Génesis (4,24). Y escuchemos luego la respuesta de Jesús a la pregunta de Pedro: “¿Cuántas veces he de perdonar a mi hermano cuando me ofenda? ¿Hasta siete veces?”(Mt 18, 21.22).
    “Se dijo: `Ojo por ojo y diente por diente´. Pero yo os digo: `No hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra´” (Mt 5,38-39).
     ¡Así no vamos hoy a ninguna parte! pensará más de uno. Y en el fondo tiene razón. Ni el mismo Jesús lo hizo. “Si he faltado en algo, muéstrame en qué, y si no, ¿por qué me pegas?”, replicó ante la agresión de que fue objeto en el proceso ante el Sumo Sacerdote (Jn 18,23). No presentó la otra mejilla, sino que se enfrentó con la brutalidad de aquel acto y lo desarmó con una pregunta, evidenciando su injusticia y sinrazón. Y es que perdonar no es subordinarse al mal, sino hacerlo frente, pero con otras armas, las del amor (Rom 12,21). Se trata de desactivar la violencia; descubriéndola y venciéndola primero en uno mismo.
     En la “propuesta de la mejilla” se halla toda una estrategia contra la violencia y la injusticia: amar al agresor, desvelándole  el sinsentido y la esterilidad de su agresión; desmontar su violencia, enfrentándola con la fuerza de la verdad, y no solo con la verdad de la fuerza. Y esto provocará más paz que otra represión violenta.
    ¿Demasiado utópico? ¿Demasiado teórico? No; ¡demasiado difícil! Porque para responder así uno ha tenido que convertirse en pacífico. La madurez de una sociedad y de una persona no reside en su capacidad de represión, sino en su capacidad de convicción. Y solo el amor y el perdón convencen.
     Importante lección. Como también lo son los apuntes que ofrecen las dos primeras lecturas: 1) Dios es el modelo y la motivación vital del creyente; la santidad es una configuración con el ser de Dios, y pasa por la actitud que se adopte frente al prójimo. La santidad debería ser lo normal no lo excepcional (1ª lectura).
    2) El cristiano debe ser consciente de su dignidad -templo de Dios- y de su pertenencia a Jesucristo (2ª lectura). La reflexión de san Pablo sobre el cuerpo merece ser meditada. Contra lo que pudiera parecer no siempre resulta fácil la comprensión y convivencia con nuestro cuerpo. Dada la visión distorsionada que de esta realidad se tiene y se difunde, va siendo cada vez más difícil conseguir la armonía personal que integre correctamente las dos dimensiones fundamentales del hombre: la corporal y la espiritual. Absolutizaciones en uno y otro sentido han contribuido a esa “ruptura”, y han conducido a una actitud de tabú o de banalización del cuerpo, cuando no ya a una visión extrínseca e instrumental del mismo (“yo hago con mi cuerpo lo que me place”).
         La palabra de Dios – “luz en el sendero de la vida” (Sal 19,105)- nos sugiere perspectivas nuevas para esa “convivencia” entrañable:
·        ¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo?” (1 Cor 6,15)
·        ¿Ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo que habita en vosotros?” (1 Cor 6,19).
·        ¿No sabéis que sois templos de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?” (1 Cor 3,16; cf I Co 6,19 )
·         “Presentad vuestros cuerpos como una ofrenda viva, santa agradable a Dios” (Rom 12,1).
·        Glorificad, por tanto, a Dios en vuestro cuerpo” (1 Cor 6,20).
     Una profundización en estos interrogantes y exhortaciones, seguramente nos alejaría del tabú o de la banalización, para introducirnos en una visión dignificadora y sagrada de nuestra realidad corporal. Por aquí pasan la verdadera santidad y sabiduría.

REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Cómo acojo la llamada a la santidad en mi vida?
.- ¿Soy instrumento de paz?
.- ¿Me respeto y respeto a los otros como “templos” de Dios?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

domingo, 12 de febrero de 2017

¡FELIZ DOMINGO! 6º DEL TIEMPO ORDINARIO


SAN MATEO 5,17-37

    “En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: No creáis que he venido a abolir la ley o los profetas. No he venido a abolir sino a dar plenitud. Os aseguro que antes pasará el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley. El que se salte uno de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres, será el menos importante en el Reino de los Cielos. Pero quien los cumpla y enseñe, será grande en el Reino de los Cielos. Os lo aseguro: si no sois mejores que los letrados y fariseos, no entraréis en el reino de los Cielos.
    Habéis oído que se dijo a los antiguos: no matarás, y el que mate será procesado. Pero yo os digo: todo el que esté peleado con su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano “imbécil”, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “renegado”, merece la condena del fuego. Por tanto, si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda.
    Con el que te pone pleito procura arreglarte enseguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez, y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último cuarto.
    Habéis oído el mandamiento “no cometerás adulterio”. Pues yo os digo: el que mira a una mujer casada deseándola, ya ha sido adúltero con ella en su interior. Si tu ojo derecho te hace caer, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en el Abismo.
    Si tu mano derecha te hace caer, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero en el Abismo. Está mandado: “El que se divorcie de su mujer, que le dé acta de repudio”. Pues yo os digo: el que se divorcie de su mujer -excepto en caso de prostitución- la induce a adulterio, y el que se casa con la divorciada comete adulterio.
    Sabéis que se mandó a los antiguos: “No jurarás en falso” y “Cumplirás tus votos al Señor”. Pues yo os digo que no juréis en absoluto: ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro un solo pelo. A vosotros os basta decir sí o no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno.”


                          ***             ***             ***             ***

    Cual nuevo Moisés, con una novedad “cualitativa”, Jesús no anula pero relee desde claves más profundas y humanas algunos preceptos de la ley.  No es un abolicionista, sino un renovador y revelador de los núcleos más íntimos de la voluntad de Dios. Los mandamientos que cita son recordatorio de valores  humanos fundamentales -la vida, la integralidad del amor conyugal y la verdad-, y, además, recuerdos de la liberación de la esclavitud de Egipto y caminos para vivir en libertad y fraternidad. Pero él les descubre y abre a horizontes más profundos.
  

REFLEXIÓN PASTORAL

    Entre la algarabía de mensajes que dominaban en el mundo religioso judío, Jesús irrumpe poniendo unos “pero…” que están, según sus palabras, en la línea de “la plenitud” que Él ha venido a traer, y que invitan a la rectificación, a la clarificación y a la profundización.
    Mientras nosotros solemos quedarnos en la exterioridad de las cosas, en los cumplimientos rituales y rutinarios, en la apariencia, viviendo bajo mínimos…; Él quiere situarnos en la profundidad y autenticidad de los valores.
    Y los más importante -con serlo y mucho- no son los “pero…” concretos que nos transmite el texto evangélico, sino el talante que revelan. Invitan a dirigir contemplar a Jesús como al auténtico Maestro, porque es quien tiene palabras de salvación (cf. Jn 6,68).

         Pero yo os digo…

·        Nos gusta juzgar…: “No juzguéis” (Mt 7,1ss)
·        Nos gusta recibir más que dar…: “Hay más alegría en dar que en recibir” (Hch 20,35).
·        Nos gusta amar a los que nos aman…: “Amad a los que os persiguen” (Mt 5, 44).
·        Nos gusta la ostentación…: “Que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu derecha” (Mt 6,3).
·        Nos gusta desentendernos de los problemas ajenos…: “Cada vez que lo hicisteis a uno de éstos, lo hicisteis conmigo” (Mt 25,40).
·        Rehuimos la cruz…: “El que quiera venirse conmigo, que tome su cruz cada día” (Lc 9,23).
·        Buscamos la vía ancha…: “Estrecha es la puerta que conduce a la salvación” (Mt 7,14).
·        Nos gusta el posibilismo:…: “No es posible servir a dos señores” (Mt 6,24).
·        Nos gustan las presidencias…: “Cuando seas invitado…, ve a ocupar el último puesto” (Lc 14,8.10).

    ¿Son  sus criterios los nuestros, y nuestros caminos los suyos? ¿Tan distanciados estamos?
     El Evangelio es claro, pero no es cómodo ni simple. Requiere una gran dosis de audacia y creatividad. Jesús advirtió que solo los que se hacen violencia alcanzan el Reino (Mt 11,12).
     Como recuerda la primera lectura, en la vida hay que discernir, hay que optar; y ese discernimiento y esa opción marcarán para siempre nuestra vida, y solo serán posibles desde la sabiduría de la fe.
     Abrámonos a esa sabiduría escondida, misteriosa, predestinada para nuestra gloria, y “que Dios nos ha revelado por el Espíritu” (1 Cor 2,10).  Sabiduría con nombre propio, “Cristo, fuerza y sabiduría de Dios” (1 Co4 1,24).
     Ante el reto de “la nueva evangelización” convendrá no olvidar que Jesús debe ser el referente y el contenido, si no queremos correr el riesgo de anunciar “otro evangelio” (Gál 1,6).

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Acojo esa radicalizaciones que Jesús trae a mi vida?
.- ¿En qué lenguaje “teológico” expreso mi fe?
.- ¿Con qué responsabilidad acojo los “mandatos” del Señor?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.