domingo, 29 de junio de 2014

SOLEMNIDAD DE SAN PEDRO Y SAN PABLO





San Juan 21,15-19. (Evangelio de la Misa de la Vigilia)

Después de aparecerse a sus discípulos y de comer con ellos, Jesús dijo a Simón Pedro:
-Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?
El le contestó:
-Sí, Señor, tú sabes que te quiero.
Jesús le dice:
-Apacienta mis corderos.
Por segunda vez le pregunta:
-Simón, hijo de Juan, ¿me amas?
El le contesta:
-Sí, Señor, tú sabes que te quiero.
El le dice:
-Pastorea mis ovejas.
Por tercera vez le pregunta:
-Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?
Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez si le quería y le contestó:
-Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero.
Jesús le dice:
-Apacienta mis ovejas.
Te lo aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras.
Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios.
Dicho esto, añadió:
-Sígueme.

 

¿ME AMAS?:

Tres veces has oído la pregunta.
El amor de Jesús se te ha revelado en su entrega por ti, pues “nadie tiene un amor más grande que el que da la vida por sus amigos”.
Es el amor de Pedro el que se ha escondido tras los monosílabos de sus negaciones. Quien dijo tres veces: “No lo conozco”, ahora es invitado a confesar tres veces: “Tú sabes que te quiero”.
En realidad, es el amor de la Iglesia a su Señor, es mi amor a Cristo Jesús el que ha de ser confesado, no ya tres veces sino treinta veces tres, pues he perdido la cuenta de las veces que lo he negado.
Hoy, Iglesia esposa de Cristo, en la hora de tu comunión con él, en la hora de tu encuentro con tu Señor, la liturgia nos deja oír las palabras de vuestro abrazo. Él te dice: “¿Me amas?” Y tú le respondes: “Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero”.
En aquella hora, en aquella comunión, mientras el corazón se te llena de Cristo, la casa se te llena de cristos, el corazón se te llena de Dios y la casa de pobres.
Hoy te preguntan: “¿Me amas?” Mañana te examinarán del amor.

¡Feliz Domingo!
Siempre en el corazón Cristo.

+ Fr. Santiago Agrelo
Arzobispo de Tánger

domingo, 8 de junio de 2014

SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS




HECHOS DE LOS APÓSTOLES 2, 1-11

        Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería.
Se encontraban entonces en Jerusalén judíos devotos de todas las naciones de la tierra. Al oír el ruido, acudieron en masa y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propio idioma. Enormemente sorprendidos, preguntaban:
-- ¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno los oímos hablar en nuestra lengua nativa? Entre nosotros hay partos, medos y elamitas, otros vivimos en Mesopotamia, Judea, Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia o en Panfilia, en Egipto o en la zona de Libia que limita con Cirene; algunos somos forasteros de Roma, otros judíos o prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua. 

SAN JUAN 20, 19-23
Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
-- Paz a vosotros
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
-- Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.
Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:
-- Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.



DISCÍPULOS DE DIOS:
           Hacer discernimiento evangélico de la realidad en la que nos movemos, es aprender a mirar el mundo con los ojos de Jesús de Nazaret. Para mirar así, necesitamos la luz del Espíritu Santo; y para elegir en cada situación lo que conviene, necesitamos su sabiduría, su fuerza, su amor.
Esa referencia a la luz y a la fuerza del Espíritu, delimita con claridad las fronteras que separan el discernimiento evangélico de la reflexión académica, del programa político, del discurso económico, de la propuesta ideológica, de la controversia religiosa.
Si os unge el Espíritu de Jesús, el único que conoce las profundidades de Dios, el que “os guiará hasta la verdad plena”, él os enseñará a discernir el bien del mal, él os dará fuerza para que llevéis el evangelio a los pobres, él os iluminará para que en los pobres veáis a Cristo y lo améis.
El Espíritu es el don de Jesús a su Iglesia, a la comunidad de sus discípulos en misión: “Cuando venga el Paráclito, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí, y también vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo”.
Cada creyente y cada comunidad, si queremos parecernos a Jesús, si queremos ser dóciles como Jesús a la voluntad del Padre, si queremos continuar en el mundo la misión de Jesús, hemos de hacernos discípulos del Espíritu de Jesús.

Siempre en el corazón Cristo.

+ Fr. Santiago Agrelo
Arzobispo de Tánger

DÍA 7º DEL SEPTENARIO AL ESPÍRITU SANTO





       ¡Ven, Espíritu Santo! Tierra fecunda, finísima fragancia. Dame tu don de Sabiduría.
           ¡Ven con tus rayos de luz fulgurantes de conocimiento y de amor: enséñame a despojarme de tantas cosas que no me dejan gustar tu dulcedumbre infinita, Dios mío!
           ¡Danos la experiencia divina de tu misterio inefable!
           ¡Luz que vienes de lo alto, ilumina lo más hondo de nuestro ser para que aspiremos solamente a gustar tu amor sin fronteras.
¡Ven! Hazme conocer cuán suave y dulce eres Dios mío, para quien te posee como la Virgen María, “Sede de la Sabiduría” que se sintió transportada de gozo en Dios su Salvador.



¡Ven, Espíritu Santo!
           Otórgame el regalo incomparable de tu amor que es el valor supremo.

           ¡Dame tu Amor tierno, delicado, libre, confiado y puro como el agua cristalina de una fuente!
           ¡Entra en mi corazón, fuego divino! ¡Quiero dejarme poseer por Ti, vivir en Ti…, abandonarme en Ti, Dios mío!, dócil siempre a tu querer divino en todo.
Dame, Espíritu Santo, este precioso fruto del Amor!.


¡Ven, Espíritu Santo!
           Concédeme el gozo que se deriva de la paz y del amor; que brota del interior del alma, iluminada por los resplandores de tu luz.

           Este gozo, esta alegría, ahuyenta el temor y la turbación, da luz al entendimiento, fuerza y energía al corazón.
           Con esta alegría en el rostro, se muestra la belleza de la virginidad; y se da a conocer que el yugo del Señor es suave y su carga ligera.
Dame, Espíritu Santo, este precioso fruto de la alegría.