domingo, 30 de julio de 2023

¡FELIZ DOMINGO! 17º DEL TIEMPO ORDINARIO

 

SAN MATEO  13, 44-52.

    “En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra, lo vuelve a esconder, y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo.

    El Reino de los Cielos se parece también a un comerciante en perlas finas, que al encontrar una de gran valor se va a vender todo lo que tiene y la compra.

    El Reino de los Cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan, y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran. Lo mismo sucederá al final de los tiempos: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno encendido. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. ¿Entendéis bien todo esto? Ellos contestaron: Sí. Él les dijo: ya veis, un letrado que entiende del Reino de los Cielos es como un padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo.”

 

El tesoro se llama Jesús

Jesús lo dijo así: “El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo”.

Y el corazón entiende que ese tesoro, ese reino, se llama Jesús.

De él dice la fe: En Cristo Jesús, el Padre nos ha bendecido con toda clase de bienes espirituales y celestiales. En Cristo Jesús, el Padre nos ha elegido antes de crear el mundo para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor. En Cristo Jesús, el Padre nos ha destinado a ser sus hijos. Por Cristo Jesús hemos recibido la redención, el perdón de los pecados.

Recuerda lo que en la noche del nacimiento de Jesús los ángeles anunciaron a los pastores: “Os traigo una buena noticia, una gran alegría que lo será para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un salvador, el Mesías, el Señor”. Recuerda la señal que el ángel dio a los pastores para llevarlos al encuentro de aquel evangelio, de aquella alegría: “Encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre”. Si aún nos has entendido que a aquellos pastores se les da la señal para que encuentren el tesoro escondido, fíjate en lo que acontece cuando lo encuentran: “Encontraron a María, a José y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que se les había dicho de aquel niño”. Todos se admiran de lo que dicen los pastores: un tesoro siempre causa admiración, asombro; un tesoro siempre se guarda cuidadosamente; y “María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón”.

Recuerda también las palabras de aquel hombre justo que se llamaba Simeón y que aguardaba el consuelo de Israel –ése, el consuelo de Israel, era el tesoro escondido que él esperaba encontrar-. Cuando los padres de Jesús entraban en el templo para cumplir lo acostumbrado según la ley, Simeón tomó en brazos al niño y bendijo a Dios, diciendo: “Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han visto el hontanar de la salvación”. ¡Mis ojos han visto el tesoro que esperaba encontrar!

Ya sé que ese tesoro que es Cristo Jesús nosotros no lo encontramos como lo encontraron los pastores, ni lo tomamos en brazos como lo tomó el justo Simeón; pero se nos muestra en la palabra de Dios, lo encontramos en el amor de su voluntad, y así lo vamos diciendo con el salmista: “Mi porción –mi tesoro- es el Señor… Más estimo yo los preceptos de tu boca que miles de monedas de oro y plata… Yo amo tus mandatos más que el oro purísimo”.

Y si la palabra de Dios es el campo en el que he de buscar el tesoro escondido, palabra de Dios para mí son los pobres, mandato con el que Dios me obliga son los pobres, ley de Dios para mí es el hombre, voluntad de Dios para mí es el otro, es su vida, es su libertad, es su dignidad. Palabra de Dios para mí eres tú.

Tú eres el campo en el que se me ofrece Cristo Jesús.

Por él, por ti, he de darlo todo para adquirir el campo.

Si has encontrado a Cristo Jesús en las palabras del Señor y en la vida de los pobres, entonces lo reconocerás también en la eucaristía, y lo recibirás lleno de alegría, y lo guardarás en el corazón como la madre de Jesús guardaba en el suyo el misterio de su hijo.

Feliz búsqueda del tesoro escondido. Feliz encuentro con Cristo Jesús en su palabra, en su eucaristía, en sus pobres.

Siempre en el corazón Cristo.

+ Fr. Santiago Agrelo

Arzobispo emérito de Tánger

 

domingo, 23 de julio de 2023

¡FELIZ DOMINGO! 16º DEL TIEMPO ORDINARIO

SAN MATEO 13, 24-43.

   “En aquel tiempo, Jesús propuso esta parábola a la gente: El Reino de los Cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero mientras la gente dormía, un enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo: Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña? Él les dijo: Un enemigo lo ha hecho. Los criados le preguntaron: ¿Quieres que vayamos a arrancarla? Pero él les respondió: No, que podríais arrancar también el trigo.   Dejadlos crecer juntos hasta la siega, y cuando llegue la siega diré a los segadores: Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero.

    Les propuso esta otra parábola: El Reino de los Cielos se parece a un grano de mostaza que uno siembra en su huerta; aunque es la más pequeñas de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un arbusto más alto que las hortalizas y vienen los pájaros a anidar en sus ramas.

    Les dijo otra parábola: El Reino de los Cielos se parece a una levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina y basta para que todo fermente.

    Jesús expuso todo esto a la gente en parábolas y sin parábolas no les exponía nada. Así se cumplió el oráculo del profeta: “Abriré mi boca diciendo parábolas; anunciaré el secreto desde la fundación del mundo.”

    Luego dejó a la gente y se fue a casa. Los discípulos se le acercaron a decirle: Acláranos la parábola de la cizaña en el campo. El les contestó: El que siembra la semilla es el Hijo del Hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del Reino; la cizaña son los partidarios del Maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el fin del tiempo, y los segadores los ángeles. Lo mismo que se arranca la cizaña y se quema, así será el fin del tiempo: el Hijo del Hombre enviará a sus ángeles, y arrancará de su Reino a todos los corruptores y malvados y los arrojará al horno encendido; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga.

 

APRENDER DE DIOS A SER HUMANOS

Bajar es verbo que describe la acción de Dios en la historia de la salvación: Si crea, Dios baja; si libera de la esclavitud a su pueblo, Dios baja; si hace alianza con su pueblo y le da su ley, Dios baja; si la Palabra de Dios se hace carne, Dios baja; si confesamos que el Hijo de Dios es nuestra resurrección y nuestra vida, confesamos que por nosotros fue crucificado, muerto y sepultado, que descendió a los infiernos, y al tercer día resucitó de entre los muertos.

De Dios sólo podemos decir que baja, y si se dice que sube, sólo se podrá decir si se reconoce y confiesa que antes ha bajado.

Si recorres la historia de la salvación, observarás que el verbo bajar, dicho de Dios, lleva dentro un mundo de significados que el Diccionario de la lengua no logra recoger.

Para el Diccionario, bajar es “pasar de un lugar a otro más bajo”, “disminuir alguna cosa”, “poner algo en un lugar inferior”, “apear”, “desmontar”, “inclinar hacia abajo”, “abaratar”, “humillar”.

Para la historia de la salvación, bajar es verbo de encuentro con pobres, de solidaridad con esclavos, de compromiso con todos: “He visto la opresión de mi pueblo en Egipto… He bajado a librarlo de los egipcios, a sacarlo de esta tierra, para llevarlo a una tierra fértil y espaciosa, tierra que mana leche y miel”.

En ese contexto, bajar es verbo de alianza, es verbo de ayuda, es verbo de amor: “La columna de nube bajaba y se detenía a la entrada de la tienda, mientras el Señor hablaba con Moisés”.

Para la historia de la salvación, bajar termina por ser sinónimo de entregar la vida por otro, de perderla por nosotros, de morir por todos; bajar significa hacerse pan sobre la mesa de la humanidad: “El pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo”; “yo he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado”; “los judíos murmuraban de él porque había dicho: «Yo soy el pan bajado del cielo»”; “este es el pan que baja del cielo para que el hombre coma de él y no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo”.

Si dices a Jesús: “Baja a curar a mi hijo”, es que todavía no has creído que ya ha bajado a curarnos a todos. Si dices a Jesús: “Baja de la cruz y creeremos en ti”, es que todavía no has caído en la cuenta de que la cruz es el último peldaño de la escalera por la que el Mesías Jesús bajó desde la condición divina a lo hondo de la condición humana: ¡No hay un más abajo de la cruz!

Ahora considera el significado que al bajar de Dios le da la liturgia de este día: “Tu poder es el principio de la justicia, y tu soberanía universal te hace perdonar a todos… Tú juzgas con moderación y nos gobiernas con gran indulgencia”. “Tú eres bueno y clemente… Dios clemente y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad y leal”.

Eso aprendes de la palabra; aprende también del sacramento: Fíjate en el que hoy baja a la mesa de tu eucaristía para ser tu pan, para ser tu fuerza, para ser tuyo.

Y no dejes de reconocerlo cuando baje entre los pobres a tu encuentro para ser tu salvación.

De Dios aprendemos a hacernos siervos de la justicia, a perdonar a todos, a perdonar siempre. De Dios aprendemos moderación e indulgencia, bondad y clemencia, misericordia y lealtad.

Aunque parezca paradoja, de Dios aprendemos a ser humanos.

 

Siempre en el corazón Cristo.

 

+ Fr. Santiago Agrelo

Arzobispo emérito de Tánger

 

 

martes, 18 de julio de 2023

ESTE VERANO DÉJATE BRONCEAR POR EL SOL QUE NACE DE LO ALTO

Dicen que tomar el sol es fuente de vitaminas para la salud. También la exposición diaria ante el Sol que nace de lo alto, ante el Sol del Sagrario, es fuente de vitaminas beneficiosas para la vida espiritual:


• Vitamina A, de la Alegría cristiana
• Vitamina B1, de la Bondad,
• Vitamina B6, de la apreciación de la Belleza,
• Vitamina B12, de las Bienaventuranzas,
• Vitamina C, de la Caridad,
• Vitamina D, de la Delicadeza,
• Vitamina E, de la Esperanza,
• Vitamina F, de la Fraternidad,
• Vitamina K, del “Kairós” (tiempo de gracia)y de la “Koinonía” (Común unión)

Por supuesto, existen efectos secundarios, muchos de los cuales aún no se han descrito. Pero podemos señalar algunos: puedes encontrar:

 ALIVIO…“Venid a mí todos los que estáis fatigados y agobiados, y yo os aliviaré”(Mt 11, 28)
“Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón. Así hallaréis alivio para vuestra vida” (Mt, 11, 29)

 DESCANSO… “Venid solos a un lugar solitario y descansad un poco” (Mc 6, 31)

 PERDÓN…“Estaba todavía lejos, cuando lo vio su padre y se enterneció. Corriendo hacia él se echó a su cuello y lo cubrió de besos” ((Lc 15, 20)

 CONFIANZA… “Pedid y recibiréis; buscad y encontraréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide recibe, el que busca encuentra y al que llama se le abre” (Mt 7, 7-8)

 ACEPTACIÓN… “El que venga a mí, yo nunca le rechazaré” (Jn 6, 37)

 PAZ…“La paz con vosotros” (Lc 24, 36). “La paz esté con vosotros” (Jn 20, 26)

 VALENTÍA… “No tengáis miedo” (Mt 28, 10)

 UN PADRE… “Diles a mis hermanos, que voy a mi Padre, que es también vuestro Padre; a mi Dios,
que es también vuestro Dios” (Jn 20, 17)

 UNA MADRE: … “Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo a quien tanto amaba, dijo a su madre: Mujer, ahí tienes a tu hijo. Después dijo al discípulo: Ahí tienes a tu madre” (Jn 19, 26-27)

 UN AMIGO FIEL… “Y sabed que yo estoy con vosotros hasta el fin del mundo” (Mt 18, 20)

 EL AMOR VERDADERO… “Nadie tiene amor más grande que quien da la vida por sus amigos” (Jn 16, 13)

 LA ETERNIDAD: … “Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá para siempre” (Jn 6, 51)


Pero lo más sorprendente es que cualquier momento es oportuno, y no hay límite de tiempo. Cuánto más tiempo estés ante Él, mayores beneficios para tu vida.

¿Cómo hacerlo?
Hay muchas maneras, tantas como personas hay en el mundo. Poco a poco irás descubriendo la tuya. Aquí te podemos sugerir alguna.
En primer lugar has de buscar una iglesia, y dentro de ella localizar el Sagrario. Sitúate cerca de él y haz un acto de fe: Jesús, creo que estás aquí, que me ves y que me oyes. Y si no tienes fe, ¡pídesela!: “Pedid y recibiréis” (Mt 7, 7). Luego, deja que el silencio entre en tu interior, y deja hablar al corazón. Puedes contarle tus preocupaciones, tus sufrimientos, tus ilusiones, tus alegrías… o simplemente “estar”, “tratando de amistad a solas con quien sabemos que nos ama” (Sta. Teresa de Jesús).
No busques resultados a corto plazo; puedes conseguirlos o no. Ten paciencia y no te desanimes si te parece que no notas nada. Puede ser que tú no lo notes, pero si perseveras, serán las personas que te rodean, quienes vean en ti un brillo diferente.
Y no te asustes, si a largo plazo compruebas que “crea dependencia” y no puedes prescindir de ese tiempo que pasas ante el Sagrario, pues es que allí está

“Aquel cuya hermosura admiran sin cesar los bienaventurados ejércitos celestiales;
cuyo amor aficiona,
cuya contemplación nutre,
cuya benignidad llena,
cuya suavidad colma” (Santa Clara de Asís).

Y algún día, podrás decir con San Francisco de Asís:


Tú eres el santo Señor Dios único,
el que haces maravillas.
Tú eres el fuerte,
tú eres el grande
tú eres el Altísimo,
tú eres el rey omnipotente;
tú, Padre santo
rey del cielo y de la tierra.
Tú eres el trino y uno, Señor Dios de los dioses;
tú eres el bien, el todo bien, el sumo bien,
Señor Dios vivo y verdadero.
Tú eres el amor, la caridad;
tú eres sabiduría,
tú eres la humildad,
tú eres paciencia,
tú eres la belleza,
tú eres la mansedumbre;
tú eres seguridad,
tú eres el descanso,
tú eres el gozo
tú eres nuestra esperanza y alegría,
tú eres la justicia,
tú eres la templanza,
tú eres toda nuestra riqueza a satisfacción.
Tú eres la belleza,
tú eres la mansedumbre,
tú eres el protector,
tú eres nuestro custodio y defensor;
tú eres la fortaleza,
tú eres el refrigerio.
Tú eres nuestra esperanza,
tú eres nuestra fe,
tú eres nuestra caridad,
tú eres toda nuestra dulzura,
tú eres nuestra vida eterna,
grande y admirable Señor,
Dios omnipotente, misericordioso Salvador.


No pierdas la ocasión, y atrévete. Deja que los rayos de su Amor penetren por cada poro de tu piel, renueven todo tu ser y te transformen en una persona nueva.
¿A qué esperas? Busca un Sagrario, y prueba. Él te está esperando. ¡No quedarás defraudado!
Sor Mª Cristina de la Eucaristía

domingo, 16 de julio de 2023

¡FELIZ DOMINGO! 15º DEL TIEMPO ORDINARIO

 

SAN MATEO 13, 1-23.

    “Aquel día salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó y la gente se quedó de pie en la orilla. Les habló mucho rato en parábolas:

    Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y como la tierra no era profunda, brotó en seguida; pero en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos ciento; otros, sesenta; otros, treinta. El que tenga oídos que oiga.

    Se le acercaron los discípulos y le preguntaron: ¿Por qué les hablas en parábolas? El les contestó: A vosotros se os ha concedido conocer los secretos del Reino de los Cielos y a ellos no. Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. Así se cumplirá en ellos la profecía de Isaías: Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin ver; porque está embotado el corazón de este pueblo; son duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure.

    Dichosos vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen. Os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron.

    Vosotros oíd lo que significa la parábola del sembrador: Si uno escucha la palabra del Reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino. Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que la escucha y la acepta en seguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y, en cuanto viene una dificultad o persecución por la Palabra, sucumbe. Lo sembrado entre zarzas significa el que escucha la Palabra, pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas la ahogan y se queda estéril. Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la Palabra y la entiende; ése dará fruto y producirá ciento o sesenta o treinta por uno.”

 

 

Como la lluvia y la nieve

De la mano, así es como la madre Iglesia nos lleva a gustar el misterio de la celebración eucarística: ella prepara para sus hijos la mesa de la palabra que escuchamos, ella nos ayuda a contemplar las cosas divinas, ella nos dispone para que, en la mesa del Cuerpo de Cristo, comulguemos, comiendo y bebiendo, lo que en la mesa de la Palabra habíamos comulgado escuchando y contemplando.

El de la homilía es un tiempo para la contemplación.

Tres imágenes ofrece hoy a la mirada de la fe la mesa de la palabra: Una representa la palabra que sale de la boca de Dios; otra muestra a Dios ocupado en trabajos de labranza; la tercera nos acerca al misterio de la palabra del Reino sembrada en el corazón de los hombres.

 

La palabra que sale de la boca de Dios:

Para todos resulta familiar aquella cita de la Sagrada Escritura que hizo Jesús en el desierto: “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”.

Palabra que sale de la boca de Dios” es la palabra creadora que da consistencia al universo, es la palabra de la promesa a Abrahán y a su descendencia, es la palabra de la ley divina entregada a Israel en el Sinaí. “Palabra que sale de la boca de Dios” es la que divide el mar para dar libertad a un pueblo de esclavos, es la que convoca el maná en las mañanas del desierto para saciar el hambre de su pueblo, es la que saca de la roca manantiales de agua para apagar la sed de los rebeldes. “Palabra que sale de la boca de Dios” es la que da esperanza a los pobres, consuelo a los afligidos, fortaleza a los que ya se doblan. De esa palabra decimos que “sale de la boca de Dios”, pues es en la boca donde resuenan y de donde parecen salir nuestras palabras; entendemos, sin embargo, que la palabra de Dios sale de Dios, sale de su intimidad, de sus entrañas de madre, de su corazón de padre, de su voluntad, del amor que es su propio ser: ese amor es nuestra fuerza, esa voluntad es nuestra luz, esa palabra es nuestra vida: ¡Es verdad, el hombre vive de toda palabra que sale de la boca de Dios!

Pero hoy, en nuestra eucaristía, el profeta nos ha invitado a contemplar la palabra de Dios, no como un sonido en el aire, ni como escritura en las páginas de un libro sagrado, sino como lluvia y nieve que bajan del cielo a la tierra y no vuelven al cielo sino después de haber cumplido su misión, que es la de empapar la tierra, fecundarla y hacerla germinar para que dé semillas y pan. Así, la palabra que viene de Dios, no vuelve a Dios sin haber cumplido su encargo.

La imagen de la lluvia y la nieve que bajan del cielo y vuelven al cielo, evoca el misterio de la encarnación y también el de nuestra celebración eucarística.

Por la encarnación del Hijo de Dios, lluvia y nieve del cielo, la palabra divina empapó la tierra de esperanza, la fecundó de santidad, para que el árbol viejo de la humanidad caída diese de nuevo frutos de vida eterna. Si le preguntas a Jesús de Nazaret cuál es el encargo que ha recibido del Padre, él te dirá: “Yo he venido en nombre de mi Padre”; “yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia”; “yo he venido para servir, y dar la vida en rescate por muchos”; “he venido a buscar y salvar lo que estaba perdido”.

Ya sé que no podemos encerrar en palabras, aunque sean infinitas palabras, el misterio revelado en la encarnación del Hijo de Dios. Por eso a cada uno de nosotros se le ha dado la gracia y la tarea de entrar cada día de nuestra vida en esa historia de amor para conocer el encargo que el Hijo de Dios ha recibido y cumplido.

Quiere ello decir que tampoco se podrá nunca encerrar en palabras el misterio de la eucaristía; sólo se nos concede la gracia y se nos confía la tarea de entrar en él, gustar de él, ahondar en él, pues es en la eucaristía donde de modo real y verdadero alcanza a los hijos de la Iglesia la lluvia y la nieve del cielo, es en la eucaristía donde se nos ofrece la palabra divina, el Hijo de Dios, que viene a empapar nuestra tierra, a fecundarla y hacerla germinar.

 

Dios, solícito labrador:

Por su parte el salmista ha propuesto a la mirada contemplativa de nuestra fe la imagen de Dios, labrador solícito de su tierra. Considera los múltiples aspectos de la acción divina que en el Salmo se describen: “Tú cuidas de la tierra, la riegas, la enriqueces… preparas los trigales, riegas los surcos, igualas los terrones… coronas el año con tus bienes”. Las palabras evocan aquel paraíso terrenal plantado por Dios para el hombre que había creado; evocan también la tierra prometida, aquella tierra que manaba leche y miel, la tierra en la que Dios colocó a Israel para que en ella viviese con libertad de hijo. Pero, sobre todo, aquellas palabras de nuestra oración traen a la memoria de la fe el misterio de la encarnación, e iluminan con luz nueva el misterio de nuestra eucaristía. Hoy hemos cantado con el salmista y dijimos: “Tú cuidas de la tierra, la riegas, la enriqueces”; nuestras voces se unieron a la suya en el canto porque habíamos escuchado la revelación de “la palabra que sale de la boca de Dios” para que la tierra dé semilla al sembrador y pan al que come; pero las palabras de aquel canto a Dios labrador nosotros las dijimos también y sobre todo porque el Padre Dios nos ha dado a Cristo, y Cristo es para nosotros sacramento que oculta y desvela todo el cuidado de Dios por su tierra.

Al darnos a su Hijo –encarnación y eucaristía-, Dios ha preparado para nosotros los trigales, ha regado los surcos, ha igualado los terrones. En Cristo la acequia de Dios va llena de agua para el mundo entero; en nuestra eucaristía Dios corona con sus bienes el año de la salvación.

 

La palabra del Reino:

La tercera imagen de esta liturgia festiva hace referencia al destino de la palabra del Reino. Pudiera parecernos una palabra desaprovechada, pues a nadie se le oculta que, sembrada generosamente por el sembrador –los mensajeros del evangelio-, puede malograrse de muchas maneras; pero algo en esa parábola nos está diciendo que aquel ciento por uno y aquel sesenta y aquel treinta que la semilla produce en la tierra buena, compensan con creces la semilla que haya podido perderse caída al borde del camino, abrasada en terreno pedregoso, o ahogada entre zarzas.

Antes, sin embargo, de que consideréis la parábola del sembrador como una promesa de fruto abundante para la siembra del Reino de Dios, creo que a todos nos ayudará gustar de esta narración evangélica y verla como anuncio profético de lo que estamos viviendo en la eucaristía, pues la palabra del Reino hoy ha sido sembrada en nuestra tierra, y nos disponemos además a recibir en la santa comunión la semilla de la humanidad celeste que es Cristo resucitado. Es buena la semilla, es cuidadoso el labrador; sólo cabe esperar una cosecha de fruto abundante para el Reino de Dios.

 

Bajo el signo de la cruz:

Es hermoso todo lo que hemos contemplado en el misterio de la palabra de Dios, pero vosotros, iluminados por la fe, sabéis que nada hay verdadero y espiritual, tampoco belleza, que no esté marcado con el signo de la cruz.

Por eso os invito todavía a discernir ese sello de autenticidad divina en todo lo que hoy hemos admirado y gustado.

Mira cómo baja la lluvia a empapar tu tierra, mira a Cristo, “el cual, siendo de condición divina… se despojó de sí mismo… y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz”. Mira cómo prepara el Padre Dios esta tierra suya que es cada uno de nosotros: “Él nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo”, él, “por el grande amor con que nos amó, estando muertos a causa de nuestros delitos, nos vivificó juntamente con Cristo… y con él nos resucitó y nos hizo sentar en los cielos en Cristo Jesús”. Mira cómo siembra Dios la palabra del Reino en nuestra vida: “Tanto amó Dios al mundo que le dio a su propio Hijo”.

Nada hay en nosotros verdadero y espiritual que no sea trabajado con la cruz de Cristo, nada que no sea mullido con el Espíritu de Cristo, nada que no sea regado con la sangre de Cristo.

Hemos contemplado tres imágenes. En todas hemos visto el sello de la cruz. La luz que todas las ilumina es el amor que Dios nos tiene.

Feliz domingo.

Siempre en el corazón Cristo.

 

+ Fr. Santiago Agrelo

Arzobispo emérito de Tánger

 

 

domingo, 9 de julio de 2023

¡FELIZ DOMINGO! 14º DEL TIEMPO ORDINARIO

 


SAN MATEO 11, 25-30.

    “En aquel tiempo exclamó Jesús: Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.”

 

Un Dios para gente sencilla

El de Jesús es un Dios para gente sencilla.

Él lo dijo así en diálogo de amor con el Padre del cielo: “Bendito seas, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has revelado los secretos del reino a la gente sencilla”.

Y quienes lo escuchamos, pedimos ser nosotros también de esa gente sencilla a quien se revelan las cosas de Dios que Jesús llama “secretos del reino”.

El profeta lo había dicho así: “Mira a tu rey que viene a ti justo y victorioso, modesto y cabalgando en un asno, en un pollino de borrica”.

Y tú, Iglesia amada de Dios, miraste y contemplaste así a tu rey en el misterio de la encarnación: Dios niño, Dios pobre, Dios desterrado, Dios trabajador, Dios humilde, Dios despreciado, Dios crucificado, Dios justo y victorioso, Dios modesto, Dios a lomos de un asno, ¡Dios en un pollino de borrica!

Sólo la gente sencilla pudo ver a Dios en Jesús y reconocerlo en él como Dios cercano a todos: Dios luz para los ciegos, Dios santidad para leprosos, Dios perdón para pecadores, Dios vida para los muertos.

Y sólo la gente sencilla puede hacer suyo con verdad el cántico del salmista: “Te ensalzaré, Dios mío, mi rey; bendeciré tu nombre por siempre jamás”, pues sólo ella ha conocido los secretos del reino, sólo ella ha visto a Dios en Jesús. Sólo la gente sencilla ha visto a Dios despojarse de sí mismo para venir hasta ella como el que sirve.

Decir de Dios que “viene a nosotros”, significa que Dios se hace último por nosotros; que Dios se arrodilla a nuestros pies para lavarlos; que Dios se hace Pan sobre nuestra mesa para alimentarnos: ¡Locuras que sólo la gente sencilla puede creer, acoger, gustar y agradecer!

Ese Dios último es “el Señor, clemente y misericordioso”, es “el Señor, rico en piedad, es “el Señor, bueno con todos”.

Y es él mismo el que ahora te dice: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré”.

Venid a mí”, dice a los hambrientos el Pan.

Venid a mí”, dice a los sedientos la Fuente del agua que apaga toda sed, un agua que, dentro de quien la recibe, se convierte en surtidor de agua que salta hasta la vida eterna.

 Venid a mí”, dice a los ciegos la Luz.

Venid a mí”, dice la Palabra a los mudos y a los sordos.

Venid a mí”, dice la Santidad a los leprosos.

 Venid a mí”, dice la Gracia a los pecadores.

Venid a mí”, dice el Camino a los que buscan a Dios.

 Venid a mí”, dice la Vida a los muertos.

Venid a mí”: El mismo que lo dijo en aquel tiempo a quienes tuvieron la dicha de escucharlo, hoy nos lo dice a nosotros que nos encontramos con él en la eucaristía y lo escuchamos, creemos en él y lo recibimos, porque queremos “ir a él”, deseamos descansar en él, buscamos alivio en él.

Un encuentro, un abrazo, entre Dios y la gente sencilla.

¡Locuras que sólo la gente sencilla puede creer, acoger, gustar y agradecer!

Feliz domingo.

Siempre en el corazón Cristo.

 

+ Fr. Santiago Agrelo

Arzobispo emérito de Tánger