viernes, 26 de marzo de 2010

CONFIDENCIAS




Aquella noche, Jesús
se fue a orar junto a su Madre;
necesitaba decirla
los designios de Dios Padre.
Subieron a una colina
como tenían costumbre;
pero flotaba en el aire
un algo de incertidumbre.
Les envolvió en resplandores
la oscuridad estrellada
de esta noche misteriosa
tan mágica y contrastada.




Juntos oraron fervientes - a su Padre Celestial,
pidiéndole luz y ayuda - en esta hora mortal.
Un salmo tdo profético - les sirve con emoción
para elevar su plegaria - brotada del corazón:

"¡Misericordia, Dios mío! - A Ti acudo, sálvame.
Tú eres mi auxilio y mi alcázar, - a tu sombra acógeme.
Me envuelven redes de muerte, - me asaltan grandes terrores,
y los lazos del abismo - me alcanzan con sus rigores.
Entre leones y fieras, - entre lenguas afiladas
que hieren y descuartizan - más que cortantes espadas,
mi alma se halla sin arrimo - muy triste y desamparada.
Pero Tú eres mi refugio: - ¡Misericordia, Dios mío!
¡Sálvame, Dios de mi vida! - ¡No caiga yo en el vacío!
pues Tú eres fidelidad, - y siempre en Ti yo confío."

Y siguieron desgranando - más súplicas y oraciones,
pues la hora se acercaba - con grandes tribulaciones.
Después bajo las estrellas - en las rocas se sentaron
y con inquietud creciente - los dos largamente hablaron.

-Hijo mío, ya me han dicho - que Caifás habló este día
como supremo pontífice - de que un hombre moriría.
Se ve que ya han decidido - tu muerte, pero hijo amado,
¿cómo puede cometerse - un tan horrendo pecado?

-Están ciegos. No han querido - ver la luz, que hasta a raudales
se les ofreció gozosa. - Rechazaron mil señales
y ahora están en las tinieblas - más oscuras y totales.
Pero en todo este proceso - tú bien sabes, Madre mía,
que es la voluntad del Padre - la que me orienta y me guía.
Tengo que entregar mi vida - para redimir al mundo,
para librarle del odio - y del abismo profundo.
Y tú tienes que ayudarme - con tu propia inmolación;
sabes que sin sacrificio - no puede haber redención.

-¡Oh, sí! Yo quiero inmolarme - y entregar también mi vida;
sin ti no puedo vivir, - estoy en el llanto hundida...
y... ¡quiero morir contigo! - ¡Dios mío! ¡Tomad mi vida!

-¡Oh, Madre mía querida! - La inmolación que Dios quiere
es que sufras en el alma - más que dolores de muerte,
y sufrirás a mi lado, - y compartirás mi suerte.
Porque después que se pase - esta tragedia increible
vendrá una luz sin ocaso, - vendrá una glora indecible.
Y tú, Madre mía amada, - serás envuelta en tal gloria
y en felicidad tan grande, - que no se ha visto en la historia,
transportada por el júbilo - al contemplar mi victoria.
Te digo, Madre, estas cosas - para que tengas valor
ante el drama que se acerca, - hostil, desafiador,
pero que será vencido - el odio por el amor.

-Sí, tú mismo eres el bien, - y has sembrado sólo amor.
Pero los hombres ingratos - te envuelven en el dolor.

-Te digo que ya mañana - será la noche más bella
de rojo-sangre adornada - a la luz de las estrellas.
Será la noche de amor, - donde verás extasiada
que puedes dar a tu Hijo - en tu corazón morada;
que mi carne y que mi sangre - será comida entregada.
Aquello que en aquel día - anuncié en Cafarnaún
va a tener su cumplimiento - en realida más aún.
Y estaré siempre contigo, - no lo dudes, Madre mía;
¡hasta el final de los siglos - estaré en la Eucaristía!

-¡Oh Misericordia inmensa! - ¡Oh audaz portento inefable!
¡Oh! ¡Cuánto puede el amor! - ¡Tu amor inconmensurable!
¡Hijo mío! Este portento - será por generaciones
y, a través de los siglos, - bálsamo en las aflicciones,
diáfana luz en la sombra, - júbilo de mil canciones.
¡Oh! ¡Tu antorcha ya llamea - tinta en sangre incandescente,
y estoy como ebria de amor, - y del dolor más vehemente
por lo que me has revelado, - tan dulce y tan sorprendente!
Es la hora que has soñado - de tu entrega generosa
que durará eternamente - ardiente, maravillosa,
pero cargada a la vez - de una angustia pavorosa.

-Sí, Madre, esta es "mi hora": - la hora en que mi destino
va a tener su cumplimiento, - el final de mi camino.
Mi misión de redentor - en esta hora añorada
y de otorgar a mi Padre - la mayor gloria colmada,
¡se cumple! Por eso mismo - es "mi hora" deseada.
Tengo que ir al encuentro - de esta hora, Madre mía.
¡Vayamos! ¡es ya la aurora - del más memorable día,
y el poder de las tinieblas - está alerta y nos espía!

Callaron. En su interior - toda luz se había extinguido,
y todo sobre la tierra - parecía detenido.
Se funden en un abrazo - madre e hijo, emocionante.
Y nada más se dirán: - comienza el fin agobiante.
Es esta una despedida - de una tristeza indecible,
pues no hay palabras humanas - que digan lo indefinible.

(Del libro "El poema de Jesús")

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