domingo, 25 de marzo de 2018

¡FELIZ DOMINGO! DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR

EVANGELIO: SAN MARCOS  14,  1-15,47 (Relato de la Pasión)

                                                               
REFLEXIÓN PASTORAL
     En el umbral de la Semana Santa nada parece más adecuado que aclarar el por qué y para qué de todo lo que celebramos en estos días.
     Envueltos en la “cultura” del espectáculo -que hace del hombre más espectador que protagonista- nos vemos expuestos al peligro de considerar desde esta perspectiva la realidad de la obra de Dios en Cristo, que, ciertamente, fue espectacular por su hondura y verdad, pero no fue un espectáculo.
      En unos días en que los templos abren sus puertas, y las calles, mitad museos y mitad iglesias, se convierten en un espacio y exposición singular de arte y religiosidad, ¿cuántos nos detenemos a pensar que “todo eso” fue por nosotros, y no porque sí?
    Es verdad que no faltan quienes interpretan reductivamente la vida y muerte de Jesús, prescindiendo de esta referencia -por nosotros-. Puede que esa sea una lectura “neutral”, pero, ciertamente, no es una lectura “inspirada”. Porque, si es cierto que la muerte de Jesús tuvo unas motivaciones lógicas (su oposición a ciertos estamentos y planteamientos de la sociedad de su tiempo que se vieron amenazos por su predicación y su comportamiento), también lo es, sobre todo, que no estuvo desprovista de motivaciones teológicas. El mismo Jesús temió esta tergiversación o reducción y avanzó unas claves obligadas de lectura.
     Jesús previó su muerte, la asumió, la protagonizó y la interpretó para que no le arrancaran su sentido, para que no la instrumentalizaran ni la tergiversaran.
      La Semana Santa, a través de su liturgia y de las manifestaciones de la religiosidad popular, debe contribuir a reconocer e interiorizar con gratitud el amor de Dios en nuestro favor manifestado en Cristo, y a anunciarlo con responsabilidad, concretándolo en el amor fraterno.
     Si nos desconectamos, o no nos sentimos afectados por su muerte y resurrección quedaremos suspendidos en un vertiginoso vacío. Si no vivimos y no vibramos con la verdad más honda de la Semana Santa, las celebraciones de estos días podrán no superar la condición de un “pasacalles” piadoso.
     Si, por el contrario, nos reconocemos destinatarios preferenciales de esa opción radical de amor, directamente afectados e implicados en ella, hallaremos la serenidad y la audacia suficientes para afrontar las alternativas de la vida con entidad e identidad cristianas.
    La Semana Santa no puede ser solo la evocación de la Pasión de Cristo; esto es importante, pero no es suficiente. La Semana Santa debe ser una provocación a renovar la pasión por Cristo.
    Celebrar la Pasión de Cristo no debe llevarnos solo a considerar hasta dónde nos amó Jesús, sino a preguntarnos hasta dónde le amamos nosotros.
    ¡Todo transcurre en tan breve espacio de tiempo! De las palmas, a la cruz; del “Hosanna”, al  “Crucifícalo”… A veces uno tiene la impresión de que no disponemos de tiempo -o no dedicamos tiempo- para asimilar las cosas. Deglutimos pero no degustamos, consumimos pero no asimilamos la riqueza litúrgica de estos días y la profundidad de sus símbolos, muchas veces banalizados y comercializados.
     Convertida en Semana de “interés turístico”, “artístico” o “gastronómico”, ¿quién la reivindica como de “interés religioso”? Y, sin embargo, este su auténtico interés.
    La Semana Santa es una semana para hacerse preguntas y para buscar respuestas. Para abrir el Evangelio y abrirse a él. Para releer el relato de la Pasión y ver en qué escena, en qué momento, en qué personaje me reconozco…
     La Semana Santa debe llevarnos a descubrir los espacios donde hoy Jesús sigue siendo condenado, violentado y crucificado, y donde son necesarios “cireneos” y “verónicas” que den un paso adelante para enjugar y aliviar su sufrimiento y soledad.
REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Desde dónde vivo la Semana Santa?
.- ¿Qué preguntas suscita en mi vida?
.- ¿La Semana Santa es solo evocadora o también provocadora?
DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

sábado, 24 de marzo de 2018

ORACIÓN


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jueves, 22 de marzo de 2018

INVITACIÓN




“ Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso. No hay razón para que alguien piense que esta invitación no es para él, `porque “nadie queda excluido de la alegría reportada por el Señor”. Al que arriesga, el Señor no lo defrauda, y cuando alguien da un pequeño paso hacia Jesús, descubre que Él ya esperaba su llegada con los brazos abiertos”

(Papa Francisco, Evangelii Gaudium, 3)

miércoles, 21 de marzo de 2018

SÉ DE QUIÉN ME HE FIADO



 Sólo Dios puede dar la fe,
pero tú puedes dar testimonio.

Sólo Dios puede dar esperanza,
pero tú puedes devolverla al hermano.

Sólo Dios puede dar el amor,
pero tú puedes enseñar a amar.

Sólo Dios puede dar la paz,
                                                                  pero tú puedes sembrar la unión.
 Sólo Dios puede dar la fuerza,
pero tú puedes animar al desanimado.

Sólo Dios es el camino,
pero tú puedes señalarlo a los otros.

Sólo Dios es la luz,
pero tú puedes hacer que brille a los  ojos de todos.

Sólo Dios es la vida,
pero tú puedes hacer que florezca el deseo de vivir.

Sólo Dios puede hacer lo que parece imposible, 
pero tú puedes hacer lo posible.

Sólo Dios se basta a sí mismo,
pero prefiere contar contigo.

                                                                                   ¡NO TENGAS MIEDO!

lunes, 19 de marzo de 2018

EN HONOR A SAN JOSÉ




Dice San Bernardino de Siena, que “la norma general que regula la concesión de gracias singulares a una criatura racional determinada es la de que, cuando la gracia divina elige a alguien para un oficio singular o para ponerle en un estado preferente, le concede todos aquellos carismas que son necesarios para el ministerio que dicha persona ha de desempeñar. 
Esta norma se ha verificado de un modo excelente en san José, que hizo las veces de padre de nuestro Señor Jesucristo y que fue verdadero esposo de la Reina del universo y Señora de los ángeles”
¡No tengas miedo! Confía plenamente en el Señor y dile que sí. Él no te defraudará. Los planes de Dios son siempre mejores que los nuestros, aunque no lo veamos claro. Fíjate en San José y encomiéndate a él para que te ayude en este camino.

domingo, 18 de marzo de 2018

¡FELIZ DOMINGO! 5º de CUARESMA

  SAN JUAN 12, 20-33
    "En aquel tiempo entre los que habían venido a celebrar la Fiesta había algunos gentiles; estos, acercándose a Felipe, el de Betsaida de Galilea, le rogaban: Señor, quisiéramos ver a Jesús. Felipe fue a decírselo a Andrés; y Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús.
    Jesús les contestó: Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del Hombre. Os aseguro, que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga  y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre le premiará. Ahora mi alma está agitada y, ¿qué diré?: Padre, líbrame de esta hora. Pero si por esto he venido, para esta hora. Padre, glorifica tu nombre.
    Entonces vino una voz del cielo: Lo he glorificado y volveré a glorificarlo.
    La gente que estaba allí y lo oyó decía que había sido un trueno; otros decían que le había hablado un ángel.
    Jesús tomó la palabra y dijo: Esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros. Ahora va a ser juzgado el mundo; ahora el Príncipe de este mundo va a ser echado fuera. Y cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí.
     Esto lo decía dando a entender la muerte de que iba a morir."
                                                ***             ***             ***
    Estamos en los umbrales de la Pascua de Jesús. Unos gentiles, posiblemente pertenecientes a los “temerosos de Dios” (Hch 10,2), afectos al judaísmo, quieren conocer a Jesús. Pero Jesús no es una “curiosidad”. El recurso a dos discípulos es significativo: esa es la función del discípulo, llevar al conocimiento del Maestro, que es quien tiene “palabras de vida eterna”. Y el Maestro hace un avance de su inminente destino, en el que debe quedar implicado quien quiera seguirle. La escena evoca algunos momentos de la oración del Huerto (angustia ante la Hora, súplica al Padre, aceptación de su voluntad y consuelo del Padre); escena que Juan no detalla en su Evangelio. Pero se trata de un anuncio “completo”: Pasión, muerte y glorificación.

REFLEXIÓN PASTORAL
      Queremos ver a Jesús”…. Es la nostalgia que todos llevamos dentro. Para ello organizamos peregrinaciones a Tierra Santa, con la ilusión de contemplar los paisajes y lugares que Él vio y recorrió, de poner nuestros pies en sus huellas… ¡Qué no daríamos por un encuentro con Jesús!
     Y es un deseo legítimo y, además, posible. Pero para eso hay que purificar la mirada, hasta purificar el corazón -pues se ve bien solo con el corazón limpio-. Y hay que orar, porque  ese conocimiento no es conquista, no es “hechura de manos humanas” (Sal 115,4), es don de Dios. “Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me ha enviado” (Jn 6,44). “Esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos” (Mt 16,17).
    Conocimiento imposible sin una voluntad inicial de acceso a él: “Venid y veréis” (Jn 1,39). Conocimiento que  implica remar mar adentro (Lc 5,4), pasar a la otra orilla (Mc 4,35), despojarse de indumentarias inadecuadas y superfluas (Lc 9,3). Querer ver a Jesús no debe obedecer a una curiosidad sino a una pasión. ¿Sentimos pasión por Jesús?
    Crea en mí un corazón puro”, pedimos hoy en el salmo responsorial. Un corazón capaz de acoger con pureza y alegría; capaz de entender que el que se ama a sí mismo por encima de todo, desplazando a Dios y a los otros, se pierde; capaz de comprender que el pan que nos alimenta -la Eucaristía- es fruto de un grano enterrado, Jesús, y que si nosotros queremos ser ayuda y alimento -y debemos serlo- hemos de enterrar nuestros egoísmos y modos insolidarios de vivir.
     En la primera lectura, el profeta Jeremías anuncia una alianza nueva, la que nosotros celebramos en la Eucaristía -la alianza nueva y eterna-, caracterizada por una interiorización de la Ley de Dios en el corazón del hombre, por la obediencia a su voluntad y por el conocimiento personal de Dios, sin dependencias externas ni ajenas…  ¿Experimentamos esa transformación? ¿O seguimos servilmente encadenados a meras obligaciones externas, incapaces de discernir desde la fe la auténtica voluntad de Dios sobre nuestras vidas? “¡Todos me conocerán, oráculo del Señor, cuando perdone su culpa y no recuerde ya sus pecados!”. ¿Conocemos de verdad a Dios? ¿Hemos experimentado su perdón?
     Nuestra vista frecuentemente está cansada de ver siempre lo mismo; de tanto mirar egoístamente para nosotros, hemos terminado por perder la justa perspectiva de la realidad; hemos terminado por no saber mirar a Dios y a los otros o, lo que es peor, los hemos confundido con nosotros mismos.
     Está concluyendo la Cuaresma; un tiempo que se abrió al grito de “Convertíos y creed en el Evangelio” (Mc 1,15). Tiempo de conocimiento y de rectificación; de restregarse los ojos para contemplar nuestra posición y ver si en la brújula de nuestra vida el norte coincide con Dios.
     Se acerca la gran Semana, que nosotros llamamos Santa. La semana de la “hora” de la verdad de Jesús, y, también, de nuestra propia verdad. Y hay que purificar la mirada para contemplarla no solo desde la acera o el balcón, convertidos en meros espectadores… Y hay que purificar el corazón, para acompasar su latido al del corazón de Cristo, que continúa recordándonos, hoy como ayer: “el que se ama a sí mismo, se pierde” (Mc 8,35)”; “el quiera servirme, que me siga y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva el Padre le honrará…”. Y “cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis  (Mt 25,40)
         ¡Queremos ver a Jesús! No es imposible…, pero hay que purificar la mirada y el corazón…
 REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Tengo vida interior, o solo exterior?
.- ¿Qué niveles alcanza en mí la pasión por Cristo?
.- ¿Qué contenidos aporta a mi vida el conocimiento de Jesús?
DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.