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jueves, 17 de junio de 2010

"TE DOY GRACIAS, SEÑOR, DE TODO CORAZÓN" (Salmo 9)




Fui la última de 7 hermanos. Tuve la suerte de hacer la Primera Comunión siendo muy niña, gracia que considero excepcional pues ese mismo año, el Señor se llevó al cielo a mi madre. Cuando falleció no fui consciente de esta gran pérdida, pues tanto mi padre como mis hermanos se volcaron en la benjamina.
Más tarde, a través de circunstancias de la vida, sí que sentí el vacío y las consecuencias de esta dolorosa separación. Por eso, y en contra de la voluntad de mis hermanos, al cumplir los 16 años, decidí venir a León a trabajar. El Señor, que cuidaba de mí, me proporcionó familias que me trataron como a una más de la familia.
Me hice Hija de María en la parroquia de San Francisco de la Vega y también asistía a los Retiros en la Acción Católica.
En mi juventud soñaba con formar un hogar cristiano ideal. Me acompañaron varios jóvenes, pero cuando la “cosa” se ponía formal, yo les encontraba un “pero” y los dejaba.
Conocí a Santa Clara en el Convento de los Capuchinos, trasladada a su Iglesia con motivo del VII Centenario de su muerte. En su vuelta a casa, en el Convento de las Descalzas, yo vine acompañándola en la procesión.
Hice unos Ejercicios Espirituales con las jóvenes de la “Divina Pastora”, en el año santo mariano, dirigidos por los capuchinos, P. Carlos y P. Alejandro. A partir de entonces, seguí en contacto con los Hnos. Capuchinos, entrando en la Orden Franciscana Seglar.
Comencé a visitar a las Clarisas con otras jóvenes vocacionadas. En este tiempo tuve una peritonitis; estando en casa convaleciente de la operación, leía un libro titulado “Modelos de santidad”. Entre esos modelos estaba Santa Teresita y mi padre comentó: “Una hija mía, no quisiera que estuviera en un sitio así”. Y yo pensé: “Si Dios me da salud, la tendrás”.
Una vez recuperada la salud entré en el Convento, a pesar del disgusto que ocasioné a mi padre y hermanos.
Resumiendo esta historia, podría decir: “Te doy gracias Señor, por todas las gracias”.

Sor Mª Asunción de la Purísima

miércoles, 9 de junio de 2010

"EL SEÑOR ME SEDUJO Y ME DEJÉ SEDUCIR" (Jeremías 20, 7)



Desde niña la persona de Jesús tenía cierto encanto para mí, dado que nací en el seno de una familia cristiana y todo lo que me explicaban caía en mi corazón como rocío mañanero, causándome cierta impresión, sobre todo en lo referente a la Pasión del Señor que rumiaba pensando en el amor inmenso que me tenía el Señor.
A la edad de 12 años fui llevada por mis padres a un colegio de religiosas para mejorar la educación, yo me sentía como el pez en el agua, sobre todo en lo referente a la piedad. En efecto, me sentía feliz y contenta pues el Señor Jesús me parecía que salía a mi encuentro y lo sentía muy cerca en los ratos de silencio en la capilla, retiros, ejercicios espirituales, etc. Todo lo hacía bajo la mirada dulce de la Virgen María, pues se cumplía lo de “a Jesús por María”. A medida que iba pasando el tiempo el Señor se hacía cada vez más cercano y más me atraía su amor. En ciertas fiestas cuando la liturgia era solemne sentía algo especial, el Maestro me seducía y empezaba a sentir la llamada “Ven y sígueme” o “intenta ser toda mía como las vírgenes y mártires antiguas”.
La entrega al Señor me parecía algo fascinante y por lo tanto la virginidad me atraía mucho. Las religiosas no sabían nada pues era una de tantas adolescentes, sólo mi madre intuía algo que me pasaba y me hacía preguntas; aunque la dolía quizás la separación, me ayudó mucho a conseguir mi ideal.
Pasando el tiempo hubo una época que aunque no perdí la fe, si me enfrié en el amor al Señor y casi doy con todo al traste: el amor humano me empezó a atraer y a rondar... Mas en unos ejercicios espirituales volvió el Maestro a salir a mi encuentro con todo su amor, lloré mucho por mi ingratitud e hice el propósito firme de ser toda para Él.
Aunque trataba con religiosas de vida activa, siempre tenía en el fondo de mi alma la vida de Oración, que es alabanza, adoración, intercesión, acción de gracias, o sea la vida contemplativa en clausura, pero me parecía un sueño que no podía realizar y lo desechaba como tentación. Sucedió que estando estudiando cerca del convento de las “Descalzas”, tenía que llevar de la casa diocesana, la censura del cine a la parroquia; mas cuando pasaba cada semana por delante del Convento me decía a mí misma: “¿Si yo pudiera ser de esas monjas…?” pero creía que era mucho para mí, me daba miedo. Con el tiempo un sacerdote me dijo que tenía vocación contemplativa, que no lo dejara pasar, no lo dudé ni me lo pensé dos veces, fue como asegurarme lo que tenía dentro y tantas veces afloraba en mí y no me atrevía a exponerlo.
Me puse manos a la obra, la alegría era grande pero llena de preocupaciones, sobre todo decírselo a las religiosas que tanto me querían y se habían sacrificado por mí; asumí todas las contrariedades, sabía que era un paso fuerte.
Santa Teresa nos dice que la parecía que se la descoyuntaban los huesos. Sin embargo la ilusión de la entrega te hace volar. El convento elegido fue el que hace cuatro años atrás había pensado “Si yo pudiera ser de esas monjas…”: Las Descalzas. Aquí dirigí mis pasos y en él encontré lo que deseaba: ser orante y así ser de mi Madre la Iglesia, el corazón y por consiguiente el Amor para el mundo entero.
Cuando mis amigas y hermanas del colegio se enteraron de mi decisión se decían o se escribían: “Noticia bomba, Mari entra en las Descalzas de León”
Termino como empecé: “El Señor me sedujo y me dejé seducir” (Jr 20, 7)

Sor Mª Isabel del Niño Jesús

sábado, 22 de mayo de 2010

¡SEÑOR, QUÉ BIEN ESTAMOS AQUÍ!


Nací en una familia muy cristiana, siendo la más pequeña de cuatro hermanos, era muy querida de todos. Los ejemplos que ví en ellos son los que marcaron mi infancia, ya que era un pueblo muy pequeño, donde no había sacerdote ni apenas escuela, por eso casi no pude ir a ella. Pero sí aprendí a leer, y como en casa había libros religiosos, me gustaba mucho leerlos, en especial el Año Cristiano. ¡Cómo disfrutaba con la vida de las vírgenes mártires!
Allí fue donde empecé a sentir atractivo y fuerte inquietud por la Vida religiosa, pero no se lo decía a nadie.
Pasaban los años y cada vez sentía más inquietud. Tuve que venir a León unos días y me hospedaba en el Seminario donde tenía una prima. Los ratos que tenía libres los pasaba con las monjas preparando la ropa de los profesores. Se dieron cuenta que me gustaba la Vida religiosa y me invitaban a que me fuese con ellas, pero las dije que mi madre estaba muy enferma y no tenía fuerza para dejarla y que quería ser de clausura.
Pasaron unos años y al morir mi madre pude realizar lo que tanto deseaba.
Ha pasado ya mucho tiempo y cada día soy más feliz. Puedo decir como San Pedro:
“Señor, ¡qué bien estamos aquí!”

Sor Mª José de Jesús Crucificado

jueves, 13 de mayo de 2010

DIOS LLAMA A CADA UNO, DE UNA MANERA ESPECIAL PARA ÉL



Yo estuve en otras monjas que no son de clausura. Entonces era muy joven, estuve ocho años y salí a los veinte...Cada día iba al Sagrario y pedía al Señor que como aquello no era para mí, le encontrase en la calle a Él todos los días del resto de mi vida.
Pronto me dediqué a buscar chicas con un poco de inclinación a la vida espiritual y las mandaba al mismo colegio que yo había estado y aquí encontré mi verdadero camino; conocí a las clarisas; ora y labora es su misión, escribí a las que me iniciaron en la vida de oración y sin dudar mucho, una carta diciendo que Dios se había valido de mi celo por orientar almas que se le entregasen del todo para orientar la mía a su verdadero camino (la clausura). Cuando se entra en este santo recinto te llevan a la capilla para saludar al Amor (Jesús); yo, después de pedir su bendición le dije: “Tú, preso en el Sagrario por mí, yo aquí comienzo a vivir en este convento presa por ti”. Cuarenta y dos años llevo, y cada día cuando me acuesto doy gracias a Dios por la concesión de un nuevo día de perseverancia en su santo servicio, y al amanecer le ofrezco el día que empieza para que avance en mi vida de entrega y perseverancia.
La ilusión por las vocaciones sigue vigente en mi espíritu; como no puedo viajar con el c uerpo lo hago objeto de mi oración, y desde aquí os digo: Jóvenes buscad y encontraros con Cristo, el claustro es el cielo y vida en el trepar para alcanzarlo.
También tuve mis dificultades: hacía menos de un año que habían operado a mi madre de un gran cáncer, la quitaron el estómago entero; pocos días antes de la fecha marcada para entrar, con mucho cariño le dije: “El día nueve de enero me caso”. Sabía ella mis andanzas con las jóvenes y mi visita casi diaria a las Clarisas, comprendió y dejó caer unas lágrimas. La consolé diciendo que Dios da el ciento por uno... y como todo llega, llegó a los quince días el nueve de enero, y con él, la hora de la despedida, nos abrazamos y el autobús me hizo soltarme para llegar al convento a la hora convenida: cuatro de la tarde. Ella, mi amadísima madre se desmayó y se cayó en la cocina..., pero el autobús no esperaba, y con mi corazón partido la dejé y me fui al coche.
Estuvo muy grave, la dieron los sacramentos, pero las oraciones de la comunidad la restablecieron; tardó dos meses en poder llegar al convento; fue muy privilegiada porque entonces la reja no se abría, pero se le abrió la puerta y nos abrazamos de nuevo, esta vez con más alegría. El arrancón fue para mí muy fuerte, pero las monjas rezaban y el ambiente era de cariño. ¡Gracias a todas!


Sor Mª Angélica del Espíritu Santo

miércoles, 21 de abril de 2010

¡VENID Y VERÉIS!



Ya desde niña me atraía el ser monja. Era muy traviesa, pero con una conciencia muy sensible, por eso después en medio de mis travesuras, me retiraba a lugares solitarios a orar, y me imponía penitencias como andar con piedras en los zapatos, etc. Yo le pedía a Jesús que quería ser mejor.
Aún siendo niña, me sentía responsable de mis dos hermanas, que eran mudas.
Estuve en un colegio apostólico, donde la madre superiora vio que mi vocación era contemplativa, y encargó que buscaran un convento apropiado. El elegido fue el Convento de las Descalzas, a las que yo comencé a visitar.
El médico de cabecera me llevó con él unos meses para cuidar de sus hijos. El pequeño era el que me acompañaba en mis visitas a las monjas, con la condición de que esa visita quedara en secreto, entre él y yo. Pero en cuanto llegaba a casa, le decía a su madre: “Mamá, “Otario” me llevó a una cárcel” (debido a las rejas del locutorio).
Fueron muchos los inconvenientes que mi madre ponía para dejarme entrar en el convento, pero mi padre me apoyaba totalmente. Las personas cercanas a la familia, también me asustaban, hablando de las grandes penitencias que hacían las monjas, como pegarse a medianoche con un palo, y que yo no podría resistirlas.
Lo que me ayudó a dar el paso definitivo, fue la curación de una enfermedad que padecía desde niña. Yo le decía a Jesús: “Si me curas de esta enfermedad, seré monja”. Él me curó y yo cumplí la promesa.
Mi mayor sorpresa al enseñarme las monjas la celda de dormir, fue ver un palo colgado en la ventana. Yo pensé que era verdad lo que me habían dicho anteriormente. Pero no, ese palo tan solo servía para abrir y cerrar la ventana de la celda.
Yo diría a las jóvenes, no tengáis miedo y no creáis todo lo que se dice de nuestra vida. ¡Venid y veréis!
Sor Mª Esperanza de la Preciosísima Sangre,

miércoles, 17 de marzo de 2010

LA LUZ DE CRISTO ILUMINÓ MI CAMINO


Mi vocación religiosa se inició en el ambiente familiar. Mis padres, muy creyentes, practicantes y piadosos, me inculcaron sus vivencias, las cuales procuré asimilar con docilidad; y mi inclinación desde niña a la piedad la tenía en mi interior, o sea me gustaba mucho.
Me hice de Acción Católica, y allí en las charlas y círculos se fue desarrollando mi formación cristiana. Tuvimos, entre otras muchas cosas, unos ejercicios espirituales sobre el Santo Evangelio aplicado a nuestra vida.
Un día nos explicaron el Evangelio que nos habla muy claramente sobre el camino ancho, en que caminan muchos, con peligro de errar en la vida y correr hacia la perdición, y el camino estrecho, muy estrecho, en el que hay muchos trabajos y dificultades para caminar por él, pero que nos conduce a la Vida, la Vida que es el mismo Jesús. Esta fue la clave que a mí me hizo pensar mucho sobre ello, y luego escoger el camino estrecho para seguir a Jesús, en la Vida Consagrada Contemplativa.
La experiencia eucarística que más tengo impresa se realizó en mí a los 17 años: un primer viernes de mes que coincidía con la fiesta patronal, San Salvador. Como estaba haciendo los primeros viernes de mes junto con otras jóvenes y señoras mayores, el párroco, enemigo implacable de los bailes, que quería quitar a toda costa. Días antes nos reunió a las jóvenes de Acción Católica y nos dijo: “Bueno, el día de San Salvador es viernes, os aconsejo que si pensáis bailar no debéis comulgar, y si comulgáis no debéis bailar”.
Me costó un poco, pero me decidí ir a comulgar. Fue un sacrificio renunciar a aquella diversión, pero esto era lo mejor para Jesús y para mí. Con decisión y toda contenta fui a recibir a Jesús Eucaristía. Esto supuso la incomprensión de algunas personas, pero todo ello me sirvió para afianzarme más en la decisión de ser toda del Señor. A partir de ese día tomé en serio mi vocación, y fui dando los pasos precisos, hasta llegar a este convento de León.
Un sacerdote de la zona, me puso en contacto con esta comunidad de clarisas, a las que apreciaba mucho, y comencé a escribirlas contándoles mi decisión.
Cuando entré y las conocí me parecieron maravillosas, me sentí contenta, a gusto, agradecida por la buena acogida. Pronto me persuadí de que este era el lugar preferido, lo que buscaba...ante todo el rostro de Dios, que vamos descubriendo día a día, por la oración y también a través de las mediaciones humanas. Es tarea de toda la vida el ir realizando mi vocación, viviendo el carisma que me legaron mis seráficos padres, Francisco y Clara: la fraternidad universal.
Con mi vida de amor, sacrificio y oración, ofreciéndolo todo al Señor en reparación por los pecados de la humanidad y pidiendo para todos la paz, la justicia y la salvación: desde aquí puedo ser misionera, dando gloria a Dios nuestro Padre, en Jesús, con Jesús y por Jesús, siendo alabanza de su gloria, intercediendo para que todos lleguemos al conocimiento de la Verdad y la eterna salvación.
Esta es mi misión y mi ideal.

Sor Mª Luz de la Santa Cruz

viernes, 12 de marzo de 2010

ESTAR CON ÉL ES UNA DELICIA


Nací en un pueblo de León, perteneciente a la Diócesis de Astorga. Un pueblo precioso y de mucha vitalidad.
Soy la 7ª de nueve hermanos, muy querida por todos ellos y no digamos de mis padres, sobre todo de mi madre.
Siempre fui una niña muy alegre. Todos los del pueblo me querían muchísimo y siempre me llamaban la “millonaria de Teodora”, y es por el nombre que me recuerdan.
A los siete años (suerte o desgracia) perdí a mis padres en 20 días y mi vida cambió bruscamente ya que vine a vivir con unos tíos y… todo era distinto.
Ocho años tenía cuando hice mi Primera Comunión y ya Jesús me marcó profundamente. Estar a solas con Él era una delicia, de niña y de adolescente. Por eso San Marcos era para mí un refugio y también la iglesia de Palat del Rey a los pies de la Virgen de Lourdes.
Cuando tenía 12 años, me impusieron la medalla de Hijas de María en una ceremonia muy solemne.
Cuando me planteé el poder ser religiosa, mi primer impulso fueron las misiones y el cuidado de los sacerdotes, por eso me atraían las Discípulas de Jesús. Trabajé mucho por las misiones con los medios de aquel tiempo; entonces existían los “Luises” (dirigidos por los padres Jesuitas) y cooperaba con ellos.
No tenía ni idea de las monjas de clausura; por casualidad conocí este Convento y mi primer impulso fue de rechazo, dije: “Yo aquí, ni atada”, pero algo interior me decía que era aquí donde Él me quería, y al año, más o menos, ya me encontraba dentro. Y aquí sigo alabando al Señor con todo el amor que Él puso en mi corazón de criatura pobre, pero enriquecida con su abundante gracia.

Sor Mª Inés del Divino Prisionero

viernes, 5 de marzo de 2010

MI VIDA PARA CRISTO


Desde muy niña sentía la inclinación por la piedad, pero el Señor se valió de una maestra del pueblo, para descubrir mi vocación. De ella recibí una esmerada formación humana y espiritual. Al salir de la escuela existía la costumbre de rezar la estación a Jesús Sacramentado y el Santo Rosario; todo en un ambiente de profunda piedad. Ahí es donde nació mi vocación.
Pocos años después una hermana suya religiosa fue a mi pueblo a reponerse. Todos los niños corríamos a porfía para besarle el cordón franciscano. A mí me admiraba aquella monja, pues era distinta a las personas que yo conocía; y yo me decía: “Quiero ser como ella”.
Pasaron los años y me marché a Barcelona, al aspirantado de las Carmelitas, pues tenía una hermana allí. Así fue transcurriendo el tiempo y a mí no se me quitaba del pensamiento aquella monja de mi pueblo; no obstante a los 15 años entré en el noviciado de las Carmelitas, pero mi recuerdo estaba centrado en aquella religiosa. En mi interior sentía la llamada a una vida de silencio y oración; el ambiente de la enseñanza se me hacía insoportable y veía que ese no era mi camino. Lo consulté con un padre carmelita y me animó hacia la vida contemplativa. Sufrí mucho hasta que tomé una decisión pues todo eran contrariedades, hasta que por fin dije: “Ahora o nunca”, y aquí estoy, con mi queridísima comunidad que me acogió con tanto cariño. Pero la sorpresa mayor fue que la monja que tanto me perseguía en mis pensamientos era la que yo iba a tener por maestra de novicias.
Ahora doy constantes gracias a Dios. Soy inmensamente feliz en mi amada clausura, sirviendo al Señor que tanto me ama y donde he experimentado la grandeza del silencio, oración y sacrificio que ofrezco por todo el mundo.
Gracias Señor por tanto amor.
Os invito a vosotras a vivir esta experiencia de Amor.

Sor Mª del Carmen de las Llagas de Jesús

viernes, 26 de febrero de 2010

SEÑOR, TÚ ERES MI FORTALEZA


Nací en un pueblo de la provincia de Valladolid, de una familia muy cristiana (gracias a Dios); me educaron muy cristianamente; procuraba seguir sus enseñanzas, pero al ser un poco jovencita me aparté un poco entregándome al mundo (aunque eso sí, practicaba lo que había aprendido). Lo bueno nunca se olvida.
Un día caí con un grupo de jóvenes muy buenas que charlaban de vida espiritual, yo las escuché con mucha atención y al despedirme me quedé muy pensativa de lo que habían dicho. Entonces se me ocurrió ir a una iglesia y ante el Señor seguí meditando en ello. Había un confesor y me confesé. Mi alma quedó llena de paz, y al acabar me dijo el padre: “vuelves tal día”. Y así fue, me acerqué por segunda vez y me gustó tanto que yo iba sin que él me mandara (aunque sí me lo decía).
Al salir de la iglesia me enteré que había unos Ejercicios Espirituales (yo estaba en León hacía una temporada) en San Marcos para jóvenes. Me decidí (¡bendita la hora!); los hice con tanta ilusión que todo lo del mundo desapareció en mí.
Yo seguía con el confesor de tal forma, que yo era otra, pues el padre me encauzó con mucho acierto en la piedad o vida espiritual. Yo me encontraba totalmente cambiada y si veía alguna religiosa decía: “Y yo ¿por qué no?”. Tanto lo pensé que le manifesté al padre que parecía yo quería ser monja. Él lo aprobó, yo me puse muy contenta, pero claro, convenía pasara algún tiempo. No me importó.
En ese tiempo caí enferma, bastante mal. “Si me pongo buena Jesús, yo seré para ti”. Pasó el tiempo y gracias a Dios superé la enfermedad. Entonces dije a mis padres: “Quiero ser monja, aquí en León, en las Descalzas” donde ya tenía una hermana. No se opusieron, nada más dijo mi padre que había que esperar un poco más. Todo me parecía bien, yo lo que quería era entrar en las Descalzas y Dios me fue fortaleciendo hasta que al fin gracias a Dios, se me logró.
Llevo muchos años, soy muy feliz; siempre lo he sido porque encontré en el Convento lo que quería: unas hermanas buenísimas, llenas de caridad, alegría, dulzura, educación, un amor tan grande que no dejo de dar gracias a Dios por haber dejado todo lo del mundo. Porque sólo aquí he encontrado a Dios, mi único deseo e ilusión de ser toda de Él, para por Él entregarme a la oración y en ella pedir para que el mundo sea mejor, y haciendo todos los días una súplica por haber conocido este Convento aquí en León, donde soy tan feliz y pido por él.


Sor Mª Consolación de los Sagrados Corazones

miércoles, 10 de febrero de 2010

RECORDANDO

 
Nací en una familia pobre y piadosa. Después de varios años y tratando de recordar y recoger ideas y acontecimientos, no sabría decir cuando sentí mi vocación. Resumiría mi historia en la bondad de Dios, y su gran amor que me iba llamando y atrayendo hacia él
Fui una niña tímida y con tendencia a la vida familiar, poco amiga de salir y alternar; siempre me atrajo la interioridad, me sentía feliz en la familia en medio de la pobreza. Cuando tuve que dejar el domicilio familiar para venir a trabajar a León fue como si me arrancaran algo muy querido. No me gustaba salir y echaba de menos la casa de mis padres para poder estar en ella el tiempo libre, que por cierto no era mucho.
La vida de fe que me inculcaron mis padres la procuraba mantener con regularidad y tampoco descuidaba mis compromisos cristianos, pero no más que el resto de las chicas de mi edad.
En la familia existían religiosas, una de vida activa y otra clarisa. Cuando de pequeña me preguntaban si quería ser monja siempre respondía que no, pero a los 15 años quise irme con mi prima y así se lo dije a mis padres que se opusieron rotundamente. Por no contrariarles aquello quedó aparcado en el fondo del corazón. Pero Dios me quería para Él y a los 17 años alguien me dijo: “¿No te gustaría ser monja?” Contesté: “No me importaría pero, si necesito el permiso de mi madre tendré que esperar”. Yo vivía cerca del convento y asistí a la entrada de una de las hermanas de la Comunidad, y cuando pasaba el umbral de la clausura y vi a las hermanas, sin saber por qué lo decía ni quien me lo había inspirado dije a las monjas: “La siguiente, yo”.
A los tres meses, en una fiesta de la Virgen, esto se convirtió en una realidad a pesar de la oposición de mi madre que poco a poco fue cambiando de idea y también ella se sentía feliz con su hija monja.
Desde entonces aquí estoy contenta de pertenecer a la gran familia Franciscana-Clariana procurando hacer realidad esa vida de entrega a Dios y a los hermanos a través de la oración y el sacrificio. Desde mi vida escondida quiero hacer llegar a todo el mundo la Paz y el Bien que nos distinguen como franciscanos. En resumen las características particulares serían las siguientes: Predilección y llamada por parte de Dios y Maduración, crecimiento y respuesta por mi parte. LEMA: Vida escondida con Cristo en Dios
Si alguna joven se siente llamada que no tenga miedo, Dios no defrauda.
Sor Mª Azucena de Cristo Rey

miércoles, 3 de febrero de 2010

¡SEÑOR, GUÍAME!


Este ha sido siempre el clamor de mi alma y la aspiración de mi corazón.
Llegué a esta vida mortal el día 4 de diciembre de un año ya muy lejano… en una villa noble, castellana y de importante historia, de la provincia de Valladolid. El Señor me concedió unos buenísimos padres, cristianos ejemplares, que formaron una familia con sus siete hijos (de los que yo era la segunda), familia donde siempre imperó la alegría y el amor. Las marcas que deja la familia son imposibles de borrar en la piel de la conciencia y de la memoria, el reposo y descanso de una familia proviene de ese indefinido manantial de sabiduría que produce el amor de las personas a las que se quiere. Dios ha querido que mi fe en Él, tuviera un gran apoyo en mi familia. Esta fue y lo sigue siendo como memoria y ayuda permanente en el camino de mi vida…
Para ampliar y completar mi formación cristiana, social y cultural, mis buenos padres, me internaron en un colegio “Santa Juana de Arco”, en el que permanecí siete cursos muy feliz y contenta, en este colegio pasé mi adolescencia, exceptuando los tiempos de vacaciones. Lo regentaban religiosas francesas, también las había españolas. Nuestra formación siempre fundamentada en el cristianismo era sólida y eficaz, yo era una niña muy piadosa y mantuve siempre buena nota, tanto en los estudios como en el comportamiento, mi tutora de curso llegó a pensar que me quedaría con ellas, pero no fue así, pasaba ya a nuevos estudios y a vivir en otro ambiente más complejo en el que no tardé en encontrarme contenta y feliz. Conservé bastante tiempo la piedad y el fervor de mi querido Colegio, pero entraba de lleno en la época de la juventud que se deslizó en Valladolid y León. Y, en la que también a través de mis padres recibía orientación y guía muy correcta y cristiana, pero mis fervores se enfriaron bastante y me dediqué más al bienestar y bien parecer, así como al triunfo en la sociedad; mi temperamento abierto y muy sociable me rodeó de muchas y buenas amistades pero de poca Iglesia. Mis pasiones dominantes fueron los libros, los viajes, la música y el deporte, no obstante y casi por indicación de mi madre acepté la compañía de un joven muy completo y con destino muy digno y elevado, hijo de amigos de mis padres, quienes también veían muy bien que pudiésemos llegar a querernos; eso para mí era “harina de otro costal”; pues, ya desde que tuve uso de razón sentía repulsión grande hacia el matrimonio, en mi vida nunca me aburrí, solamente cuando me acompañó este joven; él se desvivía por agradarme y obsequiarme, pero en mí caía en vacío. Yo tuve toda mi vida por confidente a mi querida madre, a ella le contaba todos mis sentimientos, todos mis secretos, todos mis anhelos, y me iba muy bien, cuando la dije que ya no podía seguir con el muchacho, trató de convencerme mirando para mí un futuro feliz, pero no lo consiguió, lo rechacé rotundamente y con mucha cortesía y educación le dije al buen joven ¡ADIOS!; desde ese día respiré hondo... Como mis deberes religiosos como cristiana los conservé, aunque fríamente, empecé a frecuentar la Iglesia de los Capuchinos y conversaba con Jesús en el Sagrario, mi vida era demasiado fácil y un poco egoísta.., me sentía muy bien y feliz con mis estudios, aficiones y al amparo de mis queridos padres, me parecía que no necesitaba ya más en la vida. Pero en el fondo de mi espíritu notaba un algo que no entendía, de lo que nunca me olvidé fue el clamar a Dios su ayuda diciéndole en toda ocasión ¡Señor, guíame!
El Espíritu Santo salió a mi encuentro, me iluminó y pronto empezó a guiarme, yo le volvía a llamar: ¡Señor, guíame! Dejé a mis queridas amigas y amigos, mis tertulias y todo lo que me rodeaba en la sociedad en que se desenvolvía mi juventud, que me costó bastante, y empecé a rezar una oración que me había dado un Padre Jesuita, para acertar con la elección de estado, elegí otras compañeras para dedicarme al apostolado y a los pobres, estos me atraían mucho, me hice de los Jueves Eucarísticos y me eligieron catequista de la Iglesia de San Francisco, y ahí me espera Dios; decidí tomarme un Director espiritual y mi interior se fue colocando donde Dios quería, yo no dejada de decirle ¡Señor, guíame!
Así pasé varios años hasta que al fin en una Santa Cuaresma, que prometí vivirla en todo su rigor y lo conseguí uniéndome a todos los cultos de los Padres Capuchinos donde me encontré con grandes sorpresas que admiraba y envidiaba, por otra parte mi Director me dio a conocer la vida de San Francisco, que me cautivó, leí mucho de él y me enamoré del espíritu seráfico de este santo, y en uno de los días que hice el Vía crucis en aquella bendita Iglesia de los Padres Capuchinos en León, me quedé prendida de la Santa Cruz. Seguí mis conversaciones con el P. Director y me dio a conocer lo grande y bello que era seguir al Señor, y que estaba seguro que Él me llamaba y que su llamada era a la porción más querida de su Corazón, que es la vida contemplativa. Ví y sentí esta llamada tan clara que me dispuse a buscar un Convento de los más pobres y austeros de la ciudad y me encontré con el de estas mis Hermanas las Clarisas Descalzas, y, aquí me vine a pesar de las muchas contrariedades de la familia. Mi vida humana y espiritual se ha realizado felicísima en esta santa Morada del Convento de la Santa Cruz, por lo que no dejo de dar gracias a Dios que tanto me ha querido, e invito a las jóvenes del siglo XXI A QUE VENGAN Y VEAN.


Sor Mª Margarita del Amor Eucarístico

miércoles, 27 de enero de 2010

¡¡ GRACIAS, SEÑOR... !!



Sí, Gracias Señor, porque me has cuidado como a la niña de tus ojos. Me amas con amor gratuito, no miras ni lo que tengo, ni lo que valgo. Siempre me acoges y me custodias...
Nunca estoy sola, dentro de mí hay una presencia viva, es Dios que está amándome siempre sin medida. Desde aquí todo cobra sentido: los gozos y las tristezas, lo agradable y lo desagradable se convierte en una fuente de amor.
El primer regalo de Dios fue el nacer en una familia cristiana que me transmitiera la fe; recuerdo muchas veces a mi padre rezando el rosario en familia: siempre lo dirigía él, se quitaba la gorra y con qué unción y respeto lo rezaba.
Desde pequeña ya quería ser monja. Cuando iban las monjas a pedir por el pueblo me daba como envidia y pensaba: “Cuando seré yo como ellas”.
Mis padres, con gran esfuerzo por su parte, me enviaron a un colegio para formarme mejor en cultura general. ¡Qué feliz me sentí!
Otro don inmenso de Dios fue el llamarme a seguirle en la Vida Religiosa. Quise quedarme con las monjas del colegio pero no me fue posible por el “NO” rotundo de mi madre.
De nuevo el Señor repitió la invitación, con una fuerza y un impulso que nada ni nadie podía detenerme. Fue una lucha grande, quería ser toda de Jesús, pero qué incertidumbres, qué miedos... Era una chiquilla alegre pero nada comunicativa, entonces a nadie decía nada y esto no me favorecía.
Por fin todo se solucionó y entré en las Clarisas, donde nunca pensé.
Siempre soñé con tener una hermana y el Señor me regalaba unas cuantas que me brindaban su alegría, su sencillez y su cariño.
¡Gracias Señor por el don de las hermanas!
Dios me sigue llamando cada día a compartir con Él su misma Vida que me da por entero en la Eucaristía. Y como toda llamada exige respuesta, cada día le entrego el SÍ de mi amor.
¡Soy feliz! y quisiera haceros partícipes de esta felicidad, de esta alegría, de este amor.
Que nadie tenga miedo al sentirse llamado por Jesús, hay que seguirle con decisión y valentía. Él es fiel y no defrauda nunca.

Sor Mª Rosa Blanca de Getsemaní

miércoles, 20 de enero de 2010

MI VOCACIÓN



Cuando era niña jamás pensé en ser monja; es más, me parecía que eso era algo que sólo personas especiales podían llegar a serlo.
Pasaron los años y llegó el tiempo de los estudios. Siendo adolescente entré con una amiga en las filas de la Acción Católica y tomé mucha parte en sus actividades. Siendo secretaria entre las aspirantes y después, presidenta entre las jóvenes, trabajaba mucho y con mucho gusto en esta asociación de la Iglesia, en la que se exigía bastante vida de piedad, y formación religiosa; su lema era: “Piedad, estudio y acción”. Por eso se aconsejaba a las dirigentes Misa y Comunión diaria y algún rato de oración. Entonces conocí mejor a Jesucristo, quedando bastante comprometida en todo lo que fuera de su causa. Me atraía mucho la Eucaristía, pasando largos ratos con Él en San Isidoro.
No obstante, de estudiante trataba con chicos y chicas; tenía amigas, y amigos que tenían gran interés por acompañarme... etc. Me divertía limpiamente con jóvenes estudiantes, pero me quedaba en el fondo una cierta inquietud: Sentía que Jesús no estaba conforme con que jugase con esas amistades, si es que le quería de corazón a Él... Leí por entonces “Historia de un alma” de Santa Teresita, que me hizo mucha impresión. ¿Tendría yo vocación religiosa? Pues me parecía que mi corazón tenía que ser sólo de Jesús. Esto empezó a preocuparme mucho y entre dudas y luchas pasó algún tiempo de mi juventud. Cuanto más cultivaba la vida de oración y de intimidad con Jesús, más sentía su atracción divina y menos me llenaban las cosas del mundo. Ya tenía 22 años.
Llegó un día de fiesta muy señalado: el día de la Ascensión. Terminada la Misa solemne en la parroquia, me quedé después de comulgar en profunda oración, gustando la intimidad con Jesús que se me comunicaba suavemente. Sentí entonces que Él me quería en la vida contemplativa, escondida para siempre en Él. Con muchas lágrimas de ternura y de alegría le dije al Señor que sí, que estaba dispuesta a dejarlo todo por Él. Y es que me parecía imposible que tuviera conmigo tal dignación... me parecía un sueño. Por eso sentí una felicidad enorme al descubrir en este dichoso día que era verdadera llamada.
Salí del templo con gran emoción y paz. Y solamente se lo comuniqué a una hermana mía queridísima. Lloramos juntas, pues la separación iba a ser terrible. Me gustaba ser carmelita descalza, pero la CUSTODIA EUCARÍSTICA DE SANTA CLARA me atrajo más, y decidí ser CLARISA DESCALZA.
Entré en el convento un lunes de Pentecostés, en el mes de la Virgen. He recordado aquel paso de mi vida, de mi propia historia: la entrada en el Convento tan emocionante y tan impresionante, por el “arrancón” de la familia y de todo lo que se ama. Recuerdo las lágrimas de los míos, de mi queridísima madre y hermanas (mi padre murió cuando yo tenía 14 años); y luego se cerraron las grandes puertas y quedé dentro, el duelo de las muchas jóvenes que me acompañaron en mi entrada, y que en el locutorio siguieron llorando interminablemente.
Realmente era como una muerte anticipada pues todos pensaban que me habían perdido para siempre.
No era así: en mi oración iban a estar siempre presentes. Con mi oración podía abarcar el mundo entero y atraerlo al Reino de Cristo. Pues en la vida contemplativa yo buscaba ciertamente a Jesús, vivir en su casa. Su amor esponsal era lo que me atraía, pero también su Reino: que Él sea conocido y amado por todo el mundo. Porque para mí la vida es Cristo; sólo su amor indiviso y total es el que me atrae y llena plenamente. Él es el Bien supremo, la Felicidad total: este conocimiento de Cristo es el que hay que transmitir a las almas.
Ciertamente ¡qué amor tan hondo, tan indescriptible ha suscitado Cristo en sus escogidas! Ved, que cada una de estas entradas, cada consagración a Él, es una historia de amor apasionado que no se escribirá nunca en este mundo, pero que tendrá su culmen en el Cielo, en el Reino definitivo, cuando la muchedumbre incontable de vírgenes y bienaventurados, canten en pos de Cristo el “Cántico nuevo”, exultantes de júbilo por toda la eternidad.
¡Verdaderamente es admirable e incomparable este gozo y este Amor único!

Sor Mª Teresa de la Inmaculada

sábado, 9 de enero de 2010

"EL SEÑOR ME LLAMÓ DESDE EL SENO MATERNO, DESDE LAS ENTRAÑAS MATERNAS PRONUNCIÓ MI NOMBRE" (Isaías, 49)


Sí, puedo proclamar con el profeta, y cantar con el salmista: “En el vientre materno ya me apoyaba en ti, en el seno tú me sostenías, siempre he confiado en ti”.
En el sexto mes de embarazo de mi madre, se le presentó una apendicitis aguda por lo que tuvo que ser intervenida quirúrgicamente; y yo allí, acurrucadita en el seno de mi madre, sin sufrir daño alguno. Nací al noveno mes, por eso un señor del pueblo, muy mayor, cual otro Simeón, me llamaba la niña milagrosa.
La vocación a la oración y a la soledad, creo que también tuvo sus primeras manifestaciones en los años de mi infancia. Esta oración era siempre una oración de intercesión. Por eso en los momentos de graves peligros, me refugiaba en ese lugar solitario, oraba largamente al Señor, y con la confianza y seguridad de que mi pobre súplica había sido escuchada, me marchaba feliz a jugar con mis amiguitos.
Estas escapadas en momentos difíciles me costaron sus regañinas, ¿dónde te has ido? Nunca descubrí mi secreto.
Bien es verdad que a los diez años mi fe comenzó a vacilar, debido a lo que las personas mayores nos decían con frecuencia: “Como hagáis esto, Dios os va a mandar al infierno...”, “Se va a enfadar con vosotros...”, “El Niño Jesús llora si hacéis esto otro...”, etc. Yo me interrogaba ¿Cómo puede ser Dios así? No podía creer en ese Dios castigador, y en un Niño Jesús tan quisquilloso que por todo se enfadaba. Conclusión: “esto es un chantaje que los mayores nos hacen para que hagamos siempre lo que ellos quieren”.
Nunca quise ser monja. Y por lo mismo tampoco me acercaba a ellas ni a los sacerdotes.
A los 14 años quise marcharme del pueblo, a casa de unos tíos, para vivir en la ciudad. Soñaba con ser independiente, ¡Cuántas ilusiones! Pero las madres, que siempre están ahí, respetando mi voluntad de querer salir del pueblo, puso unas condiciones: “te dejo ir para León, pero será a un colegio en el que hay unas horas de trabajo y a la vez sigues recibiendo cultura general. Si aceptas esto, bien y si no, tienes que seguir en el pueblo”.
Me contrarió enormemente. Todo lo que yo soñaba quedó por el suelo. Pero como en el pueblo no quería quedarme, acepté la decisión de mis padres.
A los 15 años hice ejercicios espirituales. En estos días de retiro tuve un encuentro vivo con Jesús y su Evangelio, y recuperé la fe que había quedado adormecida durante estos años de atrás. Presentí la llamada de Jesús, que se fue haciendo más clara en los ratos de oración silenciosa ante el Sagrario. La mirada de Jesús no me abandonaría ya más.
Al exterior mi vida seguía igual... pero en mi interior se estaba efectuando una transformación. En estos ratos de intimidad con Él, me atreví a decirle: “Si me quieres para ti en la totalidad de mi ser, quiero decirte que sí... pero a los 30 años”. Pues yo pensaba que la juventud era una etapa para disfrutar y pasarlo bien sin ningún compromiso.
Hablando un buen día sobre la vocación, una amiga dijo: “A Dios le gusta la juventud”, frase que fue como un dardo que atravesó mi corazón. Cuando oraba, esa frase volvía a mi mente una y otra vez, y le dije: “Señor, si Tú me llamas para ser tuya, en plena juventud, yo te digo sí, aquí estoy.” Palabra irrevocable.
La vocación a la vida contemplativa en “soledad y silencio, oración continua y generosa penitencia”, fue clara desde el primer momento.
Me preparé con todo fervor a la fiesta de Pentecostés, para que el Espíritu me iluminara y me diera su fuerza para presentarme en este convento, sin conocer a nadie, y decirles: “Quiero ser monja”.
Tuve que esperar un año. Por ser menor de edad necesitaba el consentimiento de mis padres, que les costó muchas lágrimas, pero me lo dieron, y el día de la Natividad de la Virgen, ellos me acompañaron al convento.
Nunca pensé que mi decisión fuera a provocar tantos inconvenientes. Tuve que luchar contra todo y contra todos para realizar mi vocación, pero cuando uno está enamorado, ¡qué bonito es luchar por ese Amor!
¡Joven, no tengas miedo al Amor de Jesús! ¡Déjate mirar por Él!, y dile que SÍ


Sor Mª Belén de Jesús

lunes, 28 de diciembre de 2009

TÚ ME HAS ESPERADO SIEMPRE. UNA HISTORIA DE AMOR



 (Ofrenda permanente: canto que expresa mi proceso vocacional. Se puede cantar con la música de "Amigos para siempre")



¿Cuál es el principio de esta historia?
Supongo que el principio está, hace mucho tiempo, en los planes de Dios, cuando Él me pensó. Yo puedo decir que nací hace algún tiempo. Mis padres me educaron en la fe cristiana y, ya desde pequeña, me refugié bajo las alas de la parroquia, quizás por imitar y seguir los pasos de mi hermana, nueve años mayor que yo.
Hice la Primera Comunión, recibí la Confirmación, fui catequista y me alisté en la Legión de María a los 15 años.
Fui creciendo y pasando por las etapas normales de la vida: del colegio al instituto, del instituto a la universidad, de la universidad a la vida laboral, y dentro de ella, de ser temporal a fija.
Mi relación con Dios era normal, cumplía con lo establecido y seguía trabajando en la Legión de María (la Madre siempre cerca).
Sólo me quedaba encontrar al hombre especial, con quien compartir mi vida, casarme y formar una familia. Pero ese hombre no aparecía y, si aparecía y yo pensaba que podía ser el que esperaba, entonces se desvanecía enseguida.
¿Tan rara soy?, me llegué a preguntar, o ¿es que Dios tiene preparado para mí algo especial? “Si Dios, que me había creado, tenía otros planes para mí, por ahí encontraría la felicidad”.
Al principio, me resistía a aceptarlo; aún así intenté verificar aquel sentimiento que siempre rondaba mi cabeza, cuando no pensaba en nada. Leí libros sobre la vocación, comenté con personas que podían entender, pero, sobre todo, profundicé en mi relación con Él, participando en la celebración de la Eucaristía todos los días.
Y así, pasito a pasito, le descubrí. Yo había estado buscando al hombre de mi vida y Él, Jesús de Nazaret, había estado siempre a mi lado, esperando. Me quería toda de Él.
Además, de vez en cuando me “mandaba mensajes” que apuntaban a las Clarisas, a las que yo no conocía.
Un año asistí a la novena de Santa Clara, y al año siguiente comencé a visitarlas, presentada por un amigo misionero, conocido de la comunidad. Era el mes de febrero. En septiembre hice una experiencia de diez días con una amiga, y en diciembre, la víspera de la Inmaculada entré en el Convento para iniciar el postulantado. Tenía 34 años.
Dios tiene planes para cada uno de nosotros, que puede que no coincidan con los nuestros. Para ti también. ¿Te has parado a pensarlo detenidamente? Ahora puede ser un buen momento: busca un clima apropiado y dale al botón de “pausa” en tu vida. En presencia de Dios, pregúntale qué quiere de ti; déjate guiar por Él y sé generosa. Él te dará la fuerza que necesitas.
Echando la vista atrás, lo que más me llama la atención es lo discreto que ha sido Dios metiéndose en mi vida, no a través de acontecimientos espectaculares, sino hablándome en el quehacer habitual de la vida cotidiana.
Sólo me queda decir, con palabras de Santa Clara: “Gracias, Señor, porque me pensaste; gracias porque me creaste”. ¡Gracias porque me elegiste!

Sor Mª Cristina de la Eucaristía