domingo, 3 de febrero de 2019

¡FELIZ DOMINGO! 4º DEL TIEMPO ORDINARIO


 

SAN LUCAS 4, 21-30

    "En aquel tiempo, comenzó Jesús a decir en la sinagoga: Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír. Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de sus labios. Y decían: ¿No es este el hijo de José?
    Y Jesús les dijo: Sin duda me recitaréis aquel refrán: “Médico, cúrate a ti mismo”; haz también aquí en tu tierra lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún. Y añadió: Os aseguro que ningún profeta es bien mirado en su tierra. Os garantizo que en Israel había muchas viudas en tiempos de Elías, cuando estuvo el cielo cerrado tres años y seis meses y hubo gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías más que a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo; sin embargo, ninguno de ellos fue curado más que Naamán, el sirio.
     Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del monte en donde se alzaba su pueblo, con intención de despeñarlo. Pero Jesús se abrió paso entre ellos y se alejaba."

                                               ***                  ***                  ***

    El texto evangélico presentado es la segunda tabla del díptico de la escena de Jesús en la sinagoga de Nazaret. En él se da un tránsito de la sorpresa y la admiración al rechazo y la repulsa. Esperaban un showman y se encuentran con un profeta, que no es más que “el hijo de José”. Y no estaban preparados para eso. Jesús desvela las pretensiones excluyentes del judaísmo, y revela a un Dios sin fronteras, más aún, con inclinación preferencial por “los de fuera”. Un Dios inclusivo.

REFLEXIÓN PASTORAL

    Una página impresionante. Comienza con una muestra de simpatía -"todos expresaban su aprobación"-, pero acaba con una gran decepción -"se pusieron furiosos..., y Jesús se alejaba"-. ¡Rechazar a Jesús! Rechazar al que era el abrazo de Dios para acoger a todos; rechazar la mano de Dios tendida a todo hombre caído; rechazar la voz de los sin voz…
En la larga historia de los pronunciamientos históricos de Dios, llegó un momento -"la plenitud de los tiempos" (Gál 4,4)- en que Dios dejó de pronunciar palabras para pronunciarse él mismo. En que dejó de enviar profetas para venir Él, en persona. Y Jesús es ese autopronunciamiento de Dios: "Hoy se cumple esta Escritura" (Lc 4,21); "Hoy nos ha hablado en su Hijo"(Heb 1,1).
Jesús es la revelación, la presencia exhaustiva de Dios. Pero eso no es una evidencia que se imponga sin más. Esa revelación, esa presencia, será una bandera discutida "para que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones"(Lc 2,35). Esa revelación será una provocación para no pocos.
            ¿Por qué la gente de Nazaret pasa de la admiración al odio? Porque Jesús no hace concesiones a su visión nacionalista y patrimonialista de la salvación. Dios no es el Dios de un clan, de un pueblo, sino el Dios del hombre, de todo hombre, también del leproso sirio y de la viuda de Sarepta. El Dios que opta por el marginado, por el menor…
Y esa apertura y esa opción les molestaban.  Se consideraban atacados en su privilegio religioso; no pueden creer a ese hombre que anuncia un Dios así. Porque un Dios así: abierto, misericordioso, no excluyente les obligaba a ellos, les urgía a cambiar sus sentimientos, sus actitudes, sus comportamientos, les complicaba la vida. Porque Dios es normativo…
     Y eso les escandalizaba. Si no sonara a irreverencia podría decirse que la persona y la vida de Jesús, desde el nacimiento a la muerte, estuvieron envueltas en el “escándalo”. Sus orígenes, su nacimiento, su vida en Nazaret resultan “desconcertantes”. También su vida pública y su final en la cruz. Fue tildado de loco (Mc 3,21), endemoniado (Mc 3,22), blasfemo (Mc 2,6-7)…
    A Jesús, desde el principio, le aplaudieron poco, y le aplaudieron pocos, y los pocos que le aplaudieron eran los “marginados” de aquella sociedad… El aplauso no es el lenguaje del Evangelio. 
     Y Jesús lo previó y lo asumió (Mc 6,4; 14,27). Pablo, más adelante, lo presentará como “escándalo” para los judíos y “necedad” para los gentiles (1 Cor 1,23; cf. 1 Pe 2,7-8).
        Y ¿en qué consistía ese escándalo? En el Dios que encarnaba y anunciaba. ¡Dios no podía ser así!, pensaban y decían sus contemporáneos. Y, sin embargo, Jesús decía: ¡Dios es así!  En realidad el escándalo era Dios. Jesús no se desdijo, solo añadió: “Dichoso el que no se escandalice de mí” (Mt 11,6).
            A lo largo de los siglos, a Jesús se le rechazará por razones distintas, pero en el fondo estará la misma dificultad -"¿No es este el hijo de José?". ¡No es más que el hijo de José!
            Hemos de estar atentos, porque quizá seamos de los que aceptan de buena gana a Jesús, mientras eso no nos complique la existencia. Pero cuando un acontecimiento nos sitúa ante una exigencia evangélica que nos parece inadmisible, y la del amor es la más radical, -"el amor cree sin límites, perdona sin límites, aguanta sin límites"(2ª lectura)- en seguida aparece un "¡No puede Dios pedirme eso!". Y empujamos a Jesús fuera de nuestra vida.
            Hay que estar muy atentos ante la tentación de escoger en el Evangelio entre lo que nos va y lo que no nos va...; procediendo así corremos el peligro de ir arrinconando a Jesús, hasta acabar por echarle fuera de nuestro espacio personal y vital.
            El final de esta página evangélica es tremendo: "Jesús se abrió paso entre ellos y se alejaba". ¡Es tremendo rechazar a Jesús; pero no es imposible! Hay muchas formas de hacerlo.

REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Cómo es mi amor?
.- ¿Me “escandaliza” Jesús o me deja indiferente?
.- ¿Siento en mi vida, como Jeremías, la fuerza de Dios?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

sábado, 2 de febrero de 2019

domingo, 27 de enero de 2019

¡FELIZ DOMINGO! 3º DEL TIEMPO ORDINARIO

  SAN LUCAS 1, 1-4; 4, 12-21

   " Ilustre Teófilo:
    Muchos han emprendido la tarea de componer un relato de los hechos que se han verificado entre nosotros, siguiendo las tradiciones transmitidas por los que primero fueron testigos oculares y luego predicadores de la Palabra. Yo también, después de comprobarlo todo exactamente desde el principio, he resuelto escribírtelos por su orden, para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido.
    En aquel tiempo, Jesús volvió a Galilea, con la fuerza del Espíritu; y su fama se extendió por toda la comarca. Enseñaba en las sinagogas y todos le alababan.
    Fue Jesús a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el libro del profeta Isaías y, desarrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para dar la Buena noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista. Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor”.
    Y, enrollando el libro, lo devolvió al que lo ayudaba y se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos fijos en él. Y él se puso a decirles: Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír."
                                         ***             ***             ***
   Dos presentaciones contiene este relato. La primera es la del proyecto literario/teológico del Evangelio. La hace el mismo autor, san Lucas. El evangelista se sitúa dentro de la cadena de los que han intentado componer un relato de los orígenes. Basado en las tradiciones orales de los primeros testigos. Investigadas cuidadosamente, ha elaborado su Evangelio con una clara finalidad pastoral: para consolidar la fe de Teófilo (se discute la identidad de este personaje). Y, tras la presentación de la obra, la segunda presentación: la del protagonista,  Jesús. Fortalecido con el Espíritu Santo, tras la experiencia del Jordán y del desierto, Jesús regresa a Galilea. La escena reseñada tiene lugar en la sinagoga de Nazaret. De pasada, Lucas deja tres informaciones: Nazaret era el lugar donde se había criado,  Jesús era un observante del sábado y su presencia en la sinagoga no era una presencia pasiva. Pero el acento recae en la misión del Ungido: una misión regeneradora en favor de los más desfavorecidos. 
     
REFLEXIÓN PASTORAL
 Tras el Bautismo y  la experiencia del desierto, Jesús, fortalecido por el Espíritu y entregado a la misión, regresa a Galilea.
    En Nazaret, un sábado entra en la sinagoga, lugar de la Palabra, como era su costumbre.  Y se ofreció a hacer la lectura de la Escritura. Una lectura sorprendente e identificadora. Personaliza, radicaliza y recrea la palabra de Dios.
     Jesús se identifica como el Ungido y enviado a evangelizar. E identifica su Evangelio: no es un adoctrinamiento ni una moralización de la vida, sino una regeneración de la vida. 
     Evangelizar es humanizar según el proyecto de Dios (Gén 1,26). Y esa fue la tarea de Jesús, dignificadora de la condición humana, dando sentido a los sentidos perdidos del hombre; levantar del suelo, hacer caminar y hasta revivir…
      Jesús no solo marcó objetivos, no solo diseñó caminos: los anduvo, convertido en acompañante paciente del hombre Y esta es la primera acción pastoral y educativa: ayudar al hombre, que parece haber perdido el sentido profundo y vive asentado, y a veces prematuramente aparcado, en la periferia de las cosas y de la vida, a ver, a oír, a caminar por un mundo cada vez más confuso.
      Evangelizar no es solo, ni sobre todo, predicar, sino hacer explícito a Jesús. Y un criterio para evaluar el nivel evangelizador de una praxis pastoral/educativa es evaluar el nivel de humanidad que genera.
      La Palabra de Dios, y singularmente el Evangelio, es un hontanar de humanidad, en el que puede saciarse la sed de ser hombre a poco que se afine la sensibilidad y la capacitación para leer su mensaje humanizador en unos textos que, si bien envueltos, a veces, en un lenguaje mitológico, son un modo de ilustrar dramáticamente el problema existencial del hombre.
     Pero existe el peligro de que atendamos más a la defensa de los propios intereses y de posiciones adquiridas que a la escucha abierta de la Palabra del Señor. Por eso los que en nuestra profesión de fe nos referimos a Cristo como a nuestro principio de identidad reconociendo un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre, nos encontramos divididos por razones de tipo disciplinar y doctrinal, difíciles de valorar objetivamente, pero que no dejan de interrogar a los no cristianos y, sobre todo, no deben dejar de interrogarnos.
     Los que estábamos llamados a formar un solo cuerpo, nos hemos dividido, blandiendo textos bíblicos, los unos contra los otros. De modo que hoy lo importante ya no es el sustantivo cristiano, sino el adjetivo que a continuación se coloca. Así "anuláis la Palabra de Dios por vuestras tradiciones" (Mt 15,6).
REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿De qué soy yo mensajero?
.- ¿Siento al otro como “miembro” del cuerpo de Cristo?
.- ¿Cómo “leo” la palabra de Dios?
DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

domingo, 20 de enero de 2019

¡FELIZ DOMINGO! 2º DEL TIEMPO ORDINARIO

  SAN JUAN 2, 1-12

     "En aquel tiempo, había una boda en Caná de Galilea y la madre de Jesús estaba allí; Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la boda.
    Faltó el vino y la madre de Jesús le dijo: No les queda vino.
    Jesús le contestó: Mujer, déjame, todavía no ha llegado mi hora.
    Su madre dijo a los sirvientes: Haced lo que él diga.
    Había allí colocadas seis tinajas de piedra, para las purificaciones de los judíos, de unos cien litros cada una.
    Jesús les dijo: llenad las tinajas de agua. Y las llenaron hasta arriba.
    Entonces les mandó: Sacad ahora y llevádselo al mayordomo. Ellos se lo llevaron. El mayordomo probó el agua convertida en vino sin saber de dónde venía (los sirvientes sí lo sabían, pues habían sacado el agua), y entonces llamó al novio y le dijo: Todo el mundo pone primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el peor; tú en cambio has guardado el vino bueno hasta ahora.
    Así, en Caná de Galilea, Jesús comenzó sus signos, manifestó su gloria y creció la fe de sus discípulos en él. Después bajó a Cafarnaún con su madre y sus hermanos y sus discípulos, pero no se quedaron allí muchos días."
                                                ***             ***             ***
El relato de Caná no es un hecho aislado en la vida de Jesús. Forma parte de su trilogía epifánica, junto a la revelación a los Magos y al Bautismo en el Jordán. Caná es un lugar “significativo”. Allí realizó Jesús sus dos primeros signos (Jn 2,1-12 y 4,46-54). Y marca el comienzo de un ciclo. Es un signo, el “primero”, que alerta de un cambio de época. Se ha agotado una “añada”, la de la Ley y los Profetas; florece una nueva, la del Reino de Dios. Hay cambio de cepa. Frente a la cepa Israel, la cepa Jesús. Él no es más vino del mismo vino, es “otro” vino. Su denominación de origen es superior.
Tres elementos a destacar de gran relevancia teológico/simbólica, que apuntan al momento mesiánico que llega con Jesús: el banquete nupcial, el vino y la hora. El primero, el banquete, evoca el festín de las bodas eternas, de las bodas del Cordero (Apo 19,7-9; cf. Is 62,1-5); el segundo, el vino, es el núcleo en torno al cual gira el relato y es la gran aportación de Jesús. Ingrediente fundamental del banquete mesiánico (Is 25,6.8), Jesús supone el vino mejor y el vino último servido por Dios en el banquete de la humanidad, en “la plenitud de los tiempos” (Gál 4,4). Y, finalmente, la hora, que alude a la consumación existencial de Jesús en la Cruz (Jn 17,1).
REFLEXIÓN PASTORAL
       Comenzamos el llamado tiempo "ordinario" con un hecho "extraordinario". Y es que "tiempo ordinario" no tiene por qué significar una descalificación del tiempo. "Ordinario" viene de la palabra latina "orden", y significa "tiempo ordenado". No es tiempo "de segunda", clase sino el tiempo litúrgico del crecimiento en el seguimiento del Señor. Y es el más extenso.
        Caná era una aldea próxima a Nazaret. María y Jesús, posiblemente, pertenecerían al círculo de los allegados al joven matrimonio. La boda prolongaba sus ecos festivos al menos durante una semana. Y el vino no podía faltar. Hasta aquí, todo normal. Pero aquí “empezó Jesús sus signos, manifestó su gloria y creció la fe de sus discípulos en él”. Y esto singulariza a Caná.
         La agitación por la escasez de vino, el curioso diálogo entre Jesús y María, el milagro, hasta el toque humorístico del responsable de la organización de la boda..., dan vivacidad al relato. ¡Cuántos pintores han plasmado en sus lienzos la boda de Caná! ¡Y qué tentación para nosotros quedarnos en el encanto de la boda! Pero hay que ir más allá para descubrir la verdad que encierra este relato. Estamos en el evangelio de san Juan -el teólogo por excelencia-. En él cada episodio supera el nivel del simple relato para convertirse en símbolo sugeridor de una verdad más profunda. Estamos ante la profecía del banquete mesiánico.
         ¿Qué se quiere decir aquí, precisamente al inicio del evangelio? Que Jesús ha llegado a la vida real, al núcleo de la vida -la familia humana-, y con Él ha llegado el cambio. Lo viejo ha pasado; hay que dejar lo caduco, lo provisorio, lo intrascendente. Ha llegado lo nuevo, lo definitivo, lo que realmente tiene valor. El AT cede su puesto al NT. El agua, al vino. "A vino nuevo, odres nuevos" (Mc 2,22).
         Para San Juan “la hora” de Jesús tiene su plenitud en la cruz (Jn 13,1ss); en Caná "todavía no ha llegado mi hora". Pertenece al Padre marcarla; pero ya comienzan a moverse las agujas del reloj divino. Y, precisamente, a instancias de su madre. ¡Cuántos dolores de cabeza ha dado a los estudiosos la respuesta de Jesús a María! No es desaire ni despreocupación.
         Solamente en dos ocasiones evoca san Juan en su evangelio la figura de María: en Caná, y junto a la cruz (19,25), y en ambos relatos es presentada como "mujer" y "madre", no por su nombre de María. Y es que cuando se está gestando el nuevo hombre, el hombre redimido, María asume el papel de Nueva Eva -madre de todos: "Ahí tienes a tu hijo..." (Jn 19,26).
Podríamos adentrarnos en este simbolismo grandioso y profundo, pero nos llevaría muy lejos y muy alto. En todo caso, el relato de Caná -el inicio de la Hora- no puede leerse sin hacer referencia a la Cruz -plenitud de la Hora y consumación del banquete mesiánico-. Y en ambos momentos María es coprotagonista. La presencia de María es siempre una presencia atenta, solícita; por ello la Iglesia la ha proclamado mediadora e intercesora por excelencia ante Cristo.
     Caná es profecía del banquete mesiánico, donde se sirven manjares sustanciosos y vinos de solera (Is 25,6), y del banquete eucarístico, donde esos majares y bebidas son personalizados en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Juan no transmite el relato eucarístico del Jueves Santo, pero la eucaristía vertebra su Evangelio: la presenta en Caná, donde Jesús se convierte en sacramento de la fe para sus discípulos, que “creyeron en él”, y la explica en el cap. 6, en el discurso que sigue a la multiplicación de los panes y los peces.
      Caná es urgencia a situar la vida en la órbita de Jesús: “Haced lo que él os diga”. Ahí reside el secreto para convertir la realidad, y la propia vida, en el vino que salve la fiesta, amenazada por la escasez de caldos y por su baja calidad. Hay que injertarse existencialmente en él para dar su fruto y ser vino de calidad (Jn 15,6-7), que alegre el corazón del hombre.
         Caná es espacio teofánico / sacramental, donde Jesús manifestó su gloria (Jn 1,11), como en el Bautismo y en la Transfiguración. Y se reveló como el novio (Jn 3,29; Mt 9,15) de las bodas definitivas (Apo 19,7; 21,2).
Concluye el relato anotando “y creció en él la fe de sus discípulos”. No estaría mal que esta fuera la conclusión de nuestro acercamiento hoy a la contemplación de este “signo” de Jesús.

REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Cómo participo de la Eucaristía?
.- ¿Aporto mis dones a la comunidad?
.- ¿Qué vino sirvo en la vida?
DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

domingo, 13 de enero de 2019

¡FELIZ DOMINGO! FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR

  SAN LUCAS  3, 15-16

    "En aquel tiempo el pueblo estaba en expectación y todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías. Él tomó la palabra y dijo a todos: Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego.
   En un bautismo general, Jesús también se bautizó. Y, mientra oraba, se abrió el cielo, bajó el Espíritu Santo sobre él en forma de paloma, y vino una voz del cielo: Tú eres mi mi Hijo, el amado, el predilecto."
                                         ***             ***             ***
    El bautismo de Jesús significa en el designio salvador y revelador de Dios el cierre de una época (la de la Ley y los Profetas) y la apertura de otra (la del anuncio y la llegada del Reino de Dios en Jesucristo). Dos son los reveladores de la verdad más profunda de Jesús: el Bautista y, sobre todo, el Padre. Jesús no solo “puede más que” Juan, sino que “es más que” Juan: es el Hijo de Dios. Es su revelación más exhaustiva. Para Jesús, el bautismo fue un momento crucial en su proyecto de identificación personal.
REFLEXIÓN PASTORAL
         En la Palestina contemporánea a Jesús estaba extendida la costumbre de las purificaciones rituales por medio del agua. En este contexto apareció Juan predicando conversión, y ofreciendo como signo de la misma un bautismo de tono penitencial. "Convertíos..., Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo... Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego".
 En aquella sociedad cansada y rutinaria, el Bautista provocaba nuevas expectativas. Su presencia y su mensaje suponían una corriente de aire fresco en la saturada atmósfera de Judea. Y muchos aceptaban su predicación, se arrepentían y recibían su bautismo.  Hasta aquí todo normal.
         ¿Pero qué hace Jesús en la fila de los hombres pecadores? ¿Por qué realiza Él ese gesto de bautizarse, además diluido en un "bautismo general" (Lc 3,21). Sin duda, fue una decisión muy pensada. El mismo Juan se extraña: "Soy yo quien debe ser bautizado por ti…" (Mt 3,14).
Pero es que el Hijo de Dios no había venido a hacer ostentación de sus privilegios sino que, por libre decisión, se hizo semejante a nosotros en todo (Flp 2,7), excepto en el pecado (2 Cor 5,21).  Hasta aquí llegó la encarnación. No terminó en el seno de María, sino que recorrió toda la andadura humana hasta pasar por la muerte, Él que era la Vida.
         Por eso Jesús, sin pecado, no duda en mezclarse con los pecadores: porque solo se salva compartiendo, desde dentro y desde abajo, la condición del hombre. Jesús quiso sentir al pueblo y quiso sentirse pueblo, por eso entró en la corriente penitencial de las aguas del Jordán, para, como sal sanadora de las aguas malas (cf. 2 Re 2, 19-22), purificarlas con su presencia. Y así, aunque el pecado no entró en él, él si entró en el pecado, desactivando su poder, convirtiéndose en “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29).
Y al confundirse entre los hombres, al hundirse en la debilidad, se abren los cielos para revelar la grandeza y la verdad de Jesús: "Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto".
         ¡Qué gran lección para nosotros, que preferimos siempre no mezclarnos, distinguirnos de los que consideramos inferiores social, moral, económica, política y hasta religiosamente!
         Pero no terminan aquí las lecciones de este día. La 1ª lectura pone de relieve, proféticamente, el estilo y el contenido del auténtico enviado de Dios: "No gritará, no clamará... La caña cascada no la quebrará, el pabilo vacilante no lo apagará. Promoverá fielmente el derecho..."
         No quebrar ni ahogar esperanzas... Hay que tener la mirada muy limpia y muy profunda para descubrir vida y esperanza donde otros solo perciben desesperación y muerte. No faltan profetas del pesimismo, inclinados a dar por irrecuperables personas,  certificando defunción no sólo sobre los muertos sino sobre los dormidos... Muchos se han hundido en lo que llamamos "mala vida" porque no encontraron a tiempo alguien que les concediera un poco de credibilidad y confianza. En vez de manos tendidas, solo vieron dedos anatematizantes y descalificadores. El paso de Jesús fue muy distinto. "Pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos..., porque Dios estaba con Él", nos dice la segunda lectura.
         Para Jesús, el bautismo supuso un momento crucial en su vida: marcó profundamente su identidad en un doble sentido: en el de su filiación divina y en el de su misión humana. “Tú eres mi Hijo…”, revela una voz desde el cielo; “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”, proclama Juan a la orilla del río Jordán (Jn 1,28-29). El bautismo fue para Jesús el descubrimiento de su ser y de su quehacer.
         Y, para nosotros, ¿qué significa el bautismo? Las respuestas teológicas están claras: Nos incorpora a la comunidad de los creyentes, siendo el fundamento de la fraternidad; significa el paso de la muerte a la vida, siendo el fundamento de nuestra libertad; supone una vida coherente, siendo el fundamento de nuestra responsabilidad. Y, sobre todo, nos incorpora al mismo Cristo. Pero, ¿ya  advertimos en nosotros esas realidades y damos muestras a los otros de nuestro bautismo? 
El bautismo no se acredita con un documento extendido en la parroquia; se acredita con  una vida inspirada en el seguimiento del Señor. Nuestra vida no puede ser una negación del bautismo. Al bautismo fuimos presentados; ahora hemos de hacer nosotros presentes el bautismo, avalándolo con la vida.
REFLEXIÓN PERSONAL:
.- ¿Qué significado tiene el bautismo en mi vida?
.- ¿Cómo lo acredito?
.- ¿Es mi paso por la vida como el paso de Jesús?
DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

domingo, 30 de diciembre de 2018

¡FELIZ DOMINGO! FIESTA de la SAGRADA FAMILIA

SAN LUCAS 2, 41-52

    " Los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén por las fiestas de Pascua. Cuando Jesús cumplió doce años, subieron a la fiesta, según la costumbre, y cuando terminó se volvieron; pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que lo supieran sus padres. Estos creyendo que estaba en la caravana, hicieron una jornada y se pusieron a buscarlo entre los parientes y conocidos; al no encontrarlo se volvieron a Jerusalén en su busca. A los tres días lo encontraron en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas: todos los que le oían, quedaban sombrados de su talento y de las respuestas que daba. Al verlo, se quedaron atónitos, y le dijo su madre: Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados.
     Él les contestó: ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?
     Pero ellos no comprendieron lo que quería decir. Él bajó con ellos a Nazaret y siguió bajo su autoridad. Su madre conservaba todo esto en su corazón. Y Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres."
                                       ***             ***             ***
    La escena evangélica merece ser leída con detenimiento: nos habla de la familia de Nazaret como una familia religiosa practicante; de la actitud de Jesús: una actitud de libertad, de madurez; de la búsqueda angustiosa  de unos padres, que aceptan pero no entienden… Todo se recompuso felizmente. Jesús volvió a Nazaret, y allí, en el espacio familiar, aprendió a hacerse y a crecer como hombre. Su madre aparece como el sagrario de las palabras de Jesús, esperando el momento de su plena comprensión y comunicación.
    
REFLEXIÓN PASTORAL
                  
         Si algo propician las fiestas navideñas es el encuentro familiar. Y no es esta una aportación irrelevante. Pero en la familia cristiana hay que ir más allá: hay que encontrar a la Sagrada Familia.
         Los llamados “cambios de paradigma” afectan también -¡y cómo!- a la familia. No es el momento de describir sus múltiples rostros, pero sí de advertir de sus enormes riesgos.
         La familia hoy necesita ser “resdescubierta”, “liberada” y hasta “redimida”. No se puede asistir impasibles a su desmoronamiento ni a su tergiversación. Es cierto que los tiempos nuevos demandan formas nuevas, lenguajes nuevos pero no hasta el punto de convertir esa novedad en una alteración radical.
         La familia humana, en general, es una realidad “tentada” por distintos proyectos de configuración, y ha estar alerta para no apartarse de su perfil original. Este puede ser el gran servicio de la familia cristiana: contribuir a esa “renovación” de la familia. Pero, para ello, ella debe vivir en ese estado de “renovación”, pues “si la sal se vuelve sosa…” (Lc 14,34). 
         “La familia es escuela del más rico humanismo” afirmó el Concilio Vaticano II, subrayando que “el bienestar de la persona y de la sociedad humana y cristiana está estrechamente ligada a la prosperidad de la comunidad conyugal y familiar” (GS nn. 52. 47).
         Los textos de la palabra de Dios iluminan el tema, arrojando chorros de luz sobre el mismo. Con un lenguaje muy tradicional, el Eclesiástico comenta los deberes inherentes al cuarto mandamiento: amor, respeto, comprensión con los padres, especialmente cuando la debilidad menoscabe sus vidas. Los padres no deben ser desplazados ni ignorados: son la memoria viva, con sus luces y sombras, del arco del arco de la vida. Los padres ancianos tienen el derecho a ser despedidos con la misma ternura con que ellos nos acogieron al nacer.
         La carta a los Colosenses amplía el horizonte familiar a la comunidad eclesial, en la que deben reproducirse los sentimientos de una verdadera fraternidad, que se identifica como “familia de Dios” (Ef 2,19).
         Y el evangelio nos ofrece el testimonio de la familia de Nazaret. Un espacio de crecimiento en el respeto, la libertad, y el amor.
         La familia necesita confrontarse con modelos sólidos, dignificadores y regeneradores. La familia de Nazaret ofrece ese modelo: en su escuela podemos aprender las lecciones humanas y divinas para que el hombre viva en plenitud el designio familiar de Dios. “Que Nazaret nos enseñe el significado de la familia, su comunión de amor, su sencilla y austera belleza, su carácter sagrado e inviolable, lo dulce e irreemplazable que es su pedagogía y lo fundamental e incomparable que es su función en el plano social” (Pablo VI, Alocución en Nazaret, 1964).
REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Me siento miembro de la familia de Dios?
.- ¿Cómo vivo a la Iglesia?
.- ¿Cómo vivo a mi familia de carne y sangre?
DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

domingo, 23 de diciembre de 2018

¡FELIZ DOMINGO! 4º de ADVIENTO

  SAN LUCAS 1, 39-45

                                                                        
    "En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. En cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo, y dijo a voz en grito: ¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. ¡Dichosa tú que has creído!, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá."
                   ***             ***             ***
    Este encuentro entre las dos madres es también el primer encuentro entre los dos hijos. Juan inagura su misión de precursor, saltando de gozo en el seno materno y anunciando por boca de su madre el señorío de Jesús (v.43). Isabel es la mujer profeta que desvela el misterio más profundo acaecido en María. Como más tarde Juan (Lc 3,16), ella también se reconoce inmerecedora de la visita de la madre de su Señor. Y ofrece la radiografía más profunda de María, descubriendo su secreto y su grandeza: su fe en la palabra de Dios.

REFLEXIÓN PASTORAL
     El domingo IV de Adviento tiene todos los elementos para ser considerado el umbral de la Navidad. En los textos bíblicos que iluminan la celebración eucarística ya aparecen los paisajes y personajes que enmarcan y protagonizan el misterio.
     Belén, el espacio geográfico privilegiado: "Y tú Belén..., aunque eres la más pequeña entre las familias de Judá..., de ti saldrá el pastor de Israel"(1ª). Es la primera opción de Jesús por los pobres: la opción por “lo” pobre.
    Xto., corazón y núcleo de la Navidad, revela el sentido de su venida: "Aquí estoy para hacer tu voluntad" (2ª); y María (evangelio), la realizadora de la Nochebuena, la mujer escogida por Dios para la encarnación y alumbramiento del Verbo.
     En este preludio navideño es bueno centrar nuestra atención en MARÍA, pues nadie como ella vivió y dio vida al misterio que nos disponemos a celebrar.
    Fijémonos: Apenas recibe la buena y sorprendente noticia de su maternidad, conociendo la situación de su prima Isabel, ya en el sexto mes de su embarazo, se pone inmediatamente en camino -" a prisa" dice el evangelio-, para servirla.
     Antes de alumbrar físicamente al Señor, María lo hace presente con su caridad, traducida en servicio. Entrando en casa de Isabel, lo irradia. E Isabel lo percibe en lo más íntimo de su ser. "Apenas te he oído, saltó de gozo el niño en mi seno". Y desvela el misterio."Dichosa tú que has creído". Este es el núcleo y el secreto de María: su fe. Una fe que integra en sí el misterio -"¿Cómo puede ser esto?"-, y una fe que la integra a ella en el misterio -"Hágase en mí según tu palabra"-, sabiendo de quien se ha fiado.  En esto consiste su inigualable grandeza, en su entrega inigualablemente audaz y creadora al plan de Dios.
     Acogió con tanta profundidad y verdad a la Palabra de Dios que la hizo su Hijo, y fue profundizada con tanta verdad por ésta que la hizo su Madre.
     La fe es el eje en torno al cual gira la comprensión y vivencia auténtica de la Navidad. Sin la fe  todo se distorsiona, se tergiversa y banaliza. Esa fe es el origen, la causa más profunda, la razón última de la alegría con que el cristiano vive estos días. En este sentido, la Virgen es correctamente invocada como "causa de nuestra alegría", porque ella es la madre de la alegría cristiana: Cristo -Él es nuestra alegría-.
     María es un ser transparente, mejor, una transparencia de Cristo. No tiene luz propia; en ella brilla radiante la luz de Dios. Ella es alumbradora de esa luz. Antes del parto,  en la visitación, ya lo irradia; en Belén, lo da a luz; y en Caná de Galilea, remite a Él: "Haced lo que Él os diga".
    Sí, María es un proyector de luz; la imagen de María Virgen proyecta una luz particular para vivir estos días navideños, para iluminar y motivar nuestra alegría, y sobre todo nuestro modo de ser y estar con los demás: en actitud de servicio, irradiando y transparentando la presencia del Señor. 

REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Qué luz proyecto en mi vida y con mi vida?
.- ¿Cuál es mi disponibilidad para el servicio?
.- ¿Interpreto mi vida como “ofrenda agradable a Dios”?
Domingo J. Montero Carrión, franciscano-capuchino.