martes, 4 de julio de 2023
domingo, 2 de julio de 2023
¡FELIZ DOMINGO! 13º DEL TIEMPO ORDINARIO
SAN MATEO 10, 37-42.
En aquel tiempo dijo Jesús a sus Apóstoles: El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí. El que encuentra su vida, la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará. El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado. El que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá paga de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo, tendrá paga de justo. El que dé a beber, aunque no sea más que un baso de agua fresca a uno de estos pobrecillos, solo porque es mi discípulo, no perderá su paga, os lo aseguro.
Aprendiendo a Jesús
Para el niño que fui, el verbo recibir significaba comulgar.
En aquel tiempo la fe decía sencillamente que, comulgando, es decir, recibiendo y comiendo el Pan de la eucaristía, recibíamos a “nuestro Señor”.
En el evangelio de este domingo es Jesús el que conjuga el verbo recibir y le da un significado que vuelve a ser sinónimo de comulgar: Quien recibe a sus apóstoles, está recibiendo a Jesús mismo –comulga con él-; y quien recibe a Jesús, está recibiendo al que lo ha enviado, que es como decir que está comulgando también con el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo.
En los días del niño que fui, recibir a Jesús, quererle, me parecía fácil, bonito, agradable: era cosa de domingos y de fiestas.
Después fue el mismo Jesús quien me enseñó que la cosa no era tan así: que ese quererle a él había de estar por encima de todo otro querer; que recibirle a él llevaba consigo asumir la propia cruz; que comulgar con él implicaba “perder la vida por él”; y que aquello era cosa de todos los días, incluidos domingos y fiestas.
Pero aquello no era una desdicha: quien haga de ese modo el camino del discípulo, terminará por constatar asombrado, dichoso y agradecido que la vida perdida –esa vida regalada- ha sido una vida lograda, plena, verdadera.
A esos discípulos que todo lo han encontrado porque todo lo han perdido es a quienes se refiere el cántico del evangelio: “Vosotros sois una raza elegida, un sacerdocio real, una nación consagrada”. Es a ellos a quienes se dice: “Proclamad las hazañas del que os llamó a salir de la tiniebla y a entrar en su luz maravillosa”.
Ésas son paradojas del Reino de Dios: Quien se queda con la propia vida, la pierde; quien la pierde por Cristo Jesús, ése la encontrará. Quien se queda con la propia vida, se aleja triste con sus muchas riquezas; quien la pierde por Cristo Jesús, quien comulga con él y con los pobres, “cantará eternamente las misericordias del Señor, anunciará la fidelidad de Dios por todas las edades”.
No podré comulgar con el Señor sin morir a mí mismo. No podré recibir al Señor sin vaciarme de mí mismo.
He dicho: “recibir al Señor”; y el evangelio me recuerda que se trata de recibir a discípulos, a profetas, a justos; y la memoria de la fe golpea la puerta de mi vida reclamando comida para los que tienen hambre, bebida para los que tienen sed, vestido para los que están desnudos, acogida para emigrantes, calor humano para los que viven en soledad, comida, bebida, vestido, acogida y calor humano para Cristo Jesús con quien comulgamos, para el Señor a quien queremos recibir.
El evangelio y la fe piden que reciba a Cristo Jesús como él me ha recibido.
Como el niño aprende de su madre y de su padre, habré de contemplar y aprender a Cristo Jesús en la escuela de la encarnación, habré de aprender su abajamiento, su vaciamiento de la condición divina, su tomar la cruz y negarse Dios a sí mismo para buscarme, la entrega de su vida para amarme hasta el extremo, para recibirme, para devolverme en la condición de hijo a la casa de Dios.
Y lo aprenderé también en la escuela de la eucaristía, contemplando a quien quiso ser Pan del cielo sobre mi mesa, para que, al recibirlo –al comulgar con él-, recibiese vida eterna e hiciese de mi vida un pan sobre la mesa de los pobres.
El niño que soy continúa aprendiendo a ser lo que ha creído, a ser lo que comulga, a ser pan, a ser Jesús.
Feliz domingo.
Siempre en el corazón Cristo.
+ Fr. Santiago Agrelo
Arzobispo emérito de Tánger
martes, 27 de junio de 2023
domingo, 25 de junio de 2023
¡FELIZ DOMINGO! 12º DEL TIEMPO ORDINARIO
SAN MATEO 10, 26-33.
“En aquel tiempo dijo Jesús a sus Apóstoles: No tengáis miedo a los hombres porque nada hay cubierto que no llegue a descubrirse; nada hay escondido que no llegue a saberse.
Lo que os digo de noche decidlo en pleno día, y lo que os digo al oído pregonadlo desde la azotea.
No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No; temed al que puede destruir con el fuego alma y cuerpo. ¿No se venden un par de gorriones por unos cuartos? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de vuestra cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo, no hay comparación entre vosotros y los gorriones.
Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre del cielo.”
Me acompañan tu verdad y tu bondad
Sabéis por experiencia que la relación de Dios con el hombre se vive normalmente en la evidencia del dolor y en la oscuridad de la fe, y no os sorprende que la palabra de Dios vuelva una y otra vez sobre esta experiencia que, para los creyentes, es particularmente angustiosa, pues al sufrimiento que traen consigo los afanes de la vida, se añade el más amargo aún del silencio de Dios, silencio que percibís como signo de su ausencia, tal vez como indicio de su inexistencia, aunque vuestra fe intuya que es su forma más profunda de presencia.
Hoy el Lector proclamó en nuestra asamblea litúrgica las palabras de la profecía de Jeremías: “Oía el cuchicheo de la gente: «Pavor en torno». Delatadlo, vamos a delatarlo, mis amigos acechaban mi traspié. A ver si se deja seducir y lo violaremos”. Luego, como si hiciésemos nuestra la angustia del profeta, hicimos nuestra su oración: “Por ti he aguantado afrentas, la vergüenza cubrió mi rostro. Soy un extraño para mis hermanos, un extranjero para los hijos de mi madre”.
Tal vez por su necesaria sobriedad, tal vez por motivos de índole pastoral, la liturgia, en el salmo responsorial de este domingo, nos privó de palabras que, sin embargo, parece oportuno recordar. El salmista comenzó su poema con una llamada de socorro, un grito capaz de llegar, desde el abismo en que nace, al cielo de los cielos donde Dios habita: “¡Sálvame, Dios, que me llega el agua al cuello! Me hundo en un cieno profundo y no puedo hacer pie; me he adentrado en aguas hondas y me arrastra la corriente. Estoy fatigado de gritar, tengo ronca la garganta, se me nublan los ojos de tanto aguardar a mi Dios”.
Detrás de las palabras de la oración podéis reconocer la súplica de un creyente desterrado, el lamento de un Job desahuciado, el grito de un Jesús crucificado, la angustia de una humanidad herida y sola, sin amigos y sin Dios, pues los “amigos –lo dijimos en nuestro lamento- acechan mi traspié”, y ¡qué decir de Dios!, también hasta él llegó hoy nuestro reproche: “¡Se me nublan los ojos de tanto aguardarlo!”.
No soy capaz de imaginar –porque la angustia resultaría insoportable- lo que siente un hombre, una mujer, un niño, a quienes la muerte se acerca en forma de hambre, de frío, de fuego, de esclavitud, de guerra, de terror. Pienso en los hombres y mujeres de África que se empujan por hacerse con un lugar en pateras y cayucos, y, como cuchillos, me vienen a la memoria las palabras de la oración que tú, Señor, nos inspiraste: “Que no me arrastre la corriente, que no me trague el torbellino, que no se cierre la poza sobre mí”.
Queridos: La vida nos invita a que hagamos discernimiento de la imagen que tenemos de Dios, un discernimiento que será necesariamente doloroso. Si tú le preguntas a Dios, te responderá su verdad. Si tú le pides a Dios, te responderá su bondad. Pero “su verdad” y “su bondad”, aunque podamos experimentarlas, no pueden quedar encerradas en nuestras experiencias, ni definidas en nuestras palabras, ni siquiera pueden ser intuidas en nuestras expectativas; “su verdad” y “su bondad” sobrepasan el ámbito de nuestras sensaciones y de nuestra inteligencia tanto cuanto el Creador sobrepasa el ser de la criatura.
El creyente expresará la bendición, la alabanza y la acción de gracias a Dios, cuando experimente en la fe los signos de la verdad de Dios y de su bondad; pero cuando la verdad y la bondad divinas se le oculten en el misterio, y el hombre vea que se cierra sobre él la poza de la mentira y el mal, entonces sólo le quedará ante su Dios el grito y el reproche.
Dios mismo inspira el reproche que le hacemos: “¡Se me nublan los ojos de tanto aguardar a mi Dios!”. Y Jesús, el Hijo de Dios, el Hijo del hombre, arrollado por el torbellino de la maldad y la mentira, gritará la pregunta más humana y más oscura que se puede hacer a Dios: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Te habrás dado cuenta, hermano mío, que reproche y grito de los pobres nacen de la fe. No habrá reproche si no hay un Dios bueno a quien interpelar; no habrá grito sino no hay un Padre fiel a quien gritar. Reproche y grito son confesión de la bondad y la fidelidad de Dios: “Mi oración se dirige a ti, Dios mío, el día de tu favor; que me escuche tu gran bondad, que tu fidelidad me ayude”.
En realidad será la fe, sólo la voz de la fe, la que responderá a ese reproche y a ese grito. Lo da a entender el profeta cuando dice: “El Señor está conmigo, como fuerte soldado”, “el Señor escucha a sus pobres, no desprecia a sus cautivos”; sólo la fe le asegura al profeta que el Señor está con él; sólo la fe le confirma que el Señor escucha a sus pobres; sólo en la fe encuentra la certeza de que el Señor no desprecia a sus cautivos.
Por eso, aunque “la poza” amenace con cerrarse sobre el creyente, aunque en su cruz haya de entregar la vida, en él se hace siempre más fuerte la esperanza. Las palabras del salmista lo dejan entrever: “Pero a mí, pobre y malherido, tu salvación, Dios, me encumbrará. Alabaré el nombre de Dios con cantos, te engrandeceré con acción de gracias”. Las palabras de Jesús en la cruz son puro milagro de esperanza: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”.
Ahora ya podemos escuchar las palabras del evangelio: “No tengáis miedo a los hombres”, “no tengáis miedo a los que matan el cuerpo”, “no tengáis miedo”. Considera, Iglesia santa, quién las dice: No es un vencedor, sino un vencido; no es un poderoso, sino un débil; no es un rico, sino un pobre; no es un verdugo, sino una víctima. Las que acabas de oír son palabras de Jesús, el Hijo del hombre que ha venido a servir, el crucificado, el abandonado de todos, el abandonado de Dios, el Señor de la esperanza. Considera también a quién dice Jesús esas palabras: No es a vencedores, sino a vencidos; no es a poderosos, sino a débiles; no es a ricos, sino a pobres; no es a verdugos, sino a víctimas. Las que acabas de oír son palabras de Jesús a sus apóstoles, a sus enviados, a sus testigos, a sus mártires. Jesús les dice, “no tengáis miedo”, porque sabe que el destino de los suyos, como su propio destino, es pasar por situaciones en las que será normal sentir miedo. Si nuestro camino es el de Jesús, si nuestra vocación es cargar con la cruz de cada día y seguir a Jesús, si lo previsible en nuestra vida es la oposición del mundo, entonces lo previsible para todos nosotros es el miedo, y lo necesario es la esperanza, la certeza de que “el Señor está con nosotros”. ¿Recuerdas la despedida de Jesús, sus últimas palabras en la tierra de Galilea?: “Yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo”.
Hoy he oído, dichas para mí, las palabras del evangelio, palabras de Jesús a sus apóstoles, las he guardado en el corazón y he pedido a la memoria que me las recuerde siempre: “No tengáis miedo”.
Al mismo tiempo, corazón y memoria me devuelven la imagen de mi África enferma y pobre, hambrienta y oprimida, mi África sin papeles y sin derechos, mi África pasajera de cayucos y pateras.
Hoy hago mías para repetirlas a los pobres de la tierra, las palabras del Señor: “No tengáis miedo”, “yo estaré con vosotros”. Éstas son hoy palabras que el cuerpo de Cristo, la Iglesia, quiere llevar a todos los que están necesitados de esperanza: “No tengáis miedo”, “yo estaré con vosotros”.
Si me toleraseis una locura, os diría que dejásemos de preocuparnos por la Iglesia y por nuestra salvación, para buscar entre todos el modo de aliviar el dolor de la humanidad herida. Podéis estar seguros de que, obrando así, estamos haciendo Iglesia, y nos disponemos a entrar, como bendecidos de Dios, en el Reino que él ha preparado para nosotros desde antes de la creación del mundo.
Feliz domingo.
Siempre en el corazón Cristo.
+ Fr. Santiago Agrelo
Arzobispo emérito de Tánger
domingo, 18 de junio de 2023
¡FELIZ DOMINGO! 11º DEL TIEMPO ORDINARIO
SAN MATEO 9,36 - 10,8.
“En aquel tiempo, al ver Jesús a las gentes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, “como ovejas que no tienen pastor”. Entonces dijo a sus discípulos: La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies.
Llamó a sus doce discípulos y les dio la autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia.
Estos son los nombres de los doce apóstoles: el primero, Simón, el llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago el Zebedeo, y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo el publicano; Santiago el Alfeo, y Tadeo; Simón el fanático y Judas Iscariote, el que lo entregó.
A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones: No vayáis a tierra de paganos, ni entréis en las ciudades de Samaría, sino id a las ovejas descarriadas de Israel. Id y proclamad que el reino de los Cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, arrojas demonios. Gratis habéis recibido, dad gratis.”
DEVOLVER LA VERDAD A LAS PALABRAS
Cuando aquel pueblo suyo estaba naciendo de su amor, Dios lo soñó como una heredad preciosa a sus ojos, la más querida para él: “Vosotros seréis mi propiedad personal entre todos los pueblos… seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa”.
Y así vio Jesús, en los días de su misión, al pueblo con el que Dios había soñado: “Gentes extenuadas y abandonadas… como ovejas que no tienen pastor”, humanidad enflaquecida, debilitada, como si nadie jamás la hubiese amado.
Jesús ve, se compadece, y apremia a sus discípulos para que importunen a Dios: “que mande trabajadores a su mies”, trabajadores que vean a los oprimidos por el mal y se compadezcan de ellos, hombres y mujeres que, para aquella mies, sean ojos, corazón y manos de Dios, y expulsen espíritus inmundos, echen demonios, limpien leprosos, curen toda enfermedad y dolencia, resuciten muertos, hagan realidad en el campo del mundo el sueño de Dios.
Eso fue Jesús: un obrero de Dios entre los pobres; un ungido por el Espíritu del Señor, un enviado a ser buena noticia para los pobres.
Eso quiso Jesús que fuesen sus discípulos. Primero les dio autoridad, que es algo así como darles el Espíritu Santo que él había recibido. Y después los envió, como él mismo había sido enviado, a “proclamar que el reino de los cielos está cerca”, que otro mundo es posible, que en el reino hay lugar para todos los que van por la vida “como ovejas sin pastor”.
Y eso mismo estamos llamados a ser hoy los que llevamos el nombre de Cristo Jesús, los que hemos sido bautizados en ese nombre para seguir de cerca los pasos de Cristo Jesús, para que él viva en nosotros, para que nosotros vivamos en él: hombres y mujeres con el Espíritu de Jesús, hombres y mujeres que, con la autoridad de Jesús, se enfrentan al mal que aflige a la humanidad.
Eso es lo que estamos llamados a ser, pero no parece que lo seamos.
No es tan difícil identificar el que es hoy mundo rico con el que fue hasta hoy mundo cristiano.
No es tan difícil ver en la injusta riqueza de ese mundo rico la causa de la inhumana pobreza que aflige a la mayor parte de la humanidad.
No es tan difícil identificar como contraria al evangelio, contraria a la encarnación de la Palabra divina, blasfema contra el Dios de Jesús de Nazaret, contraria a la fe cristiana, una religión que tranquiliza las conciencias mientras los pobres mueren a millones sin que ni siquiera les permitamos que se acerquen al pan –horror en un naufragio en el mar Jónico: “ni rastro del centenar de mujeres y niños que viajaban en la embarcación”-.
No es tan difícil constatar que, si dejamos morir a los pobres, profanamos la palabra de la revelación, hacemos blasfemas nuestras oraciones, que no pasarán de ser un insulto a la piedad de Dios, una burla siniestra de la compasión de Cristo Jesús. Hoy se me helaron en los labios las palabras del invitatorio matutino a la oración: “Aclama al Señor, tierra entera, servid al Señor con alegría, entrar en su presencia con vítores. Sabed que el Señor es Dios, que él nos hizo y somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño”.
Los pobres, desde sus cuerpos olvidados en desiertos y mares y fosas comunes, son el tornasol que deja a la vista la acidez engañosa y corrosiva de nuestras vidas.
Entonces una voz dentro de mí recuerda
que tal vez sean ellos, ellos solos, los que pueden rezar con verdad las
palabras del invitatorio. Los demás, si la gracia de Dios no lo remedia, sólo
las profanamos.
Siempre en el corazón Cristo.
+ Fr. Santiago Agrelo
Arzobispo emérito de Tánger
martes, 13 de junio de 2023
¡ANÍMATE!
Queremos ayudarte a descubrir lo que el Señor, que te ama entrañablemente, como nadie puede amarte, ha soñado para ti desde antes de la creación del mundo.
Queremos contarte lo que el Señor ha hecho en nuestra vida, que el Señor ha estado grande con nosotras y somos felices.
Queremos que nos acompañes en nuestra oración y adoración, y en nuestro silencio y en nuestra comunión fraterna.
¡Ven! ¡Ven y verás!




