domingo, 30 de junio de 2013

DOMINGO XIII DEL TIEMPO ORDINARIO




SALMO 15

Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti;
yo digo al Señor: "Tú eres mi bien."
El Señor es el lote de mi heredad y mi copa
 mi suerte está en tu mano.

 Bendeciré al Señor que me aconseja,
 hasta de noche me instruye internamente.
Tengo siempre presente al Señor,
con él a mi derecha no vacilaré.

Por eso se me alegra el corazón,
se gozan mis entrañas, y mi carne descansa serena:
porque no me entregarás a la muerte,
 ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción.

Me enseñarás el sendero de la vida,
me saciarás de gozo en tu presencia,
de alegría perpetua a su derecha.


El Señor, mi bien:

El hermano Francisco de Asís había llegado al final de su proceso de conversión. El Señor lo había visitado en el monte Alverna, y en su cuerpo quedaron llagas evidencia de una crucifixión.  Entonces, de su puño y letra, Francisco escribió un cántico al amor de caridad que lo había crucificado: “Tú eres el santo Señor Dios único, el que haces maravillas… tú eres el bien, el todo bien, el sumo bien, Señor Dios vivo y verdadero…”. Francisco, crucificado, ya puede decir con verdad: “Mi Dios, mi todo”.
Teresa de Jesús dijo lo mismo con una rima para grabar en el alma: “… Quien a Dios tiene, nada le falta, sólo Dios basta”.
Es ésta la plenitud que nosotros aprendemos mientras oramos con las palabras del salmista: “Yo digo al Señor: «Tú eres mi bien». El Señor es el lote de mi heredad y mi copa, mi suerte está en tu mano”.
Este salmo bien pudiera ser la oración de un levita en el día de su dedicación, o la de un sacerdote en el día de su consagración. Para ellos, que no heredarán en la tierra prometida, “el Señor será su heredad”, su único bien, todo su bien.
El salmista anticipa en la vieja alianza, como figura profética, la relación de Cristo Jesús con el Padre del cielo. Francisco y Teresa imitan en la alianza nueva lo que en Cristo Jesús han visto cumplido. Sólo en Jesús de Nazaret el hombre llega a decir a Dios con toda verdad: “No tengo bien fuera de ti”.
Esta experiencia de Dios como plenitud del hombre es la que hace posible en el creyente –en el salmista, en Jesús, en los discípulos de Jesús- la disponibilidad necesaria para ponerse en camino, asumir la propia misión, aceptar en libertad la llamada de Dios.
Si Dios es mi todo, lo demás resultará espiritualmente indiferente. Si Dios es mi todo, y el amor de Dios se me ha hecho fuente de libertad, lo podré aceptar todo con tal de hacer en mi vida la voluntad de Dios.
Queridos: Sólo en el Altísimo Hijo de Dios, hecho hombre por nosotros, Dios lo es todo para el hombre y el hombre se adhiere en todo a la voluntad de Dios. Nosotros, pecadores, somos por gracia hambrientos de plenitud y de fidelidad, sedientos de amor y de libertad. Propio de pecadores que buscan a Dos es la súplica humilde, porque la caridad divina lleve a término en nosotros lo que ella misma comenzó. Desde lo hondo del corazón, suba hoy hasta el cielo, con palabras del hermano Francisco, la oración de nuestra pobreza: “Omnipotente, eterno, justo y misericordioso Dios, concédenos por ti mismo a nosotros, míseros, hacer lo que sabemos que quieres y querer siempre lo que te agrada, a fin de que, interiormente purificados, iluminados interiormente y encendidos por el fuego del Espíritu Santo, podamos seguir las huellas de tu amado Hijo, nuestro Señor Jesucristo, y llegar, por sola tu gracia, a ti, Altísimo, que en perfecta Trinidad y en simple Unidad vives y reinas y eres glorificado, Dios omnipotente, por todos los siglos de los siglos”.
Sólo el Hijo amado de Dios recorre con fidelidad el camino que lleva al Padre. Nosotros deseamos seguir sus huellas, seguirlas de cerca, tan de cerca que, en realidad, lo que deseamos es llegar a la plena comunión con él, a ser uno con él.
El cielo se asombrará, hermano mío, hermana mía, cuando en él resuenen hoy las palabras de tu salmo: “Yo digo al Señor: «Tú eres mi bien»”. En una sola voz, el Padre oirá la del Hijo y la de la Iglesia, la de Cristo Jesús y la tuya.
Feliz domingo, Iglesia amada del Señor.


Siempre en el corazón Cristo.

+ Fr. Santiago Agrelo
Arzobispo de Tánger

domingo, 16 de junio de 2013

DOMINGO XI DEL TIEMPO ORDINARIO



 SAN LUCAS 7, 36-8, 3

"En aquel tiempo, un fariseo rogaba a Jesús que fuera a comer con él. Jesús, entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa. Y una mujer de la ciudad, una pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, vino con un frasco de perfume y, colocándose detrás junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con sus lágrimas, se los enjugaba con sus cabellos, los cubría de besos y se los ungía con el perfume. Al ver esto, el fariseo que lo había invitado se dijo:
- Si éste fuera profeta, sabría quién es esta mujer que lo está tocando y lo que es: una pecadora. 
 Jesús tomó la palabra y le dijo: 
-Simón, tengo algo que decirte. 
Él respondió: 
-Dímelo, maestro. 
Jesús le dijo: 
-Un prestamista tenía dos deudores; uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, los perdonó a los dos. ¿Cuál de los dos lo amará más? 
 Simón contestó: 
-Supongo que aquel a quien le perdonó más.
Jesús le dijo: 
-Has juzgado rectamente. Y, volviéndose a la mujer, dijo a Simón: 
-¿Ves a esta mujer? Cuando yo entré en tu casa, no me pusiste agua para los pies; ella, en cambio, me ha lavado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con su pelo. Tú no me besaste; ella, en cambio, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. Tú no me ungiste la cabeza con ungüento; ella, en cambio, me ha ungido los pies con perfume. Por eso te digo: sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor; pero al que poco se le perdona, poco ama. 
Y a ella le dijo: 
-Tus pecados están perdonados. Los demás convidados empezaron a decir entre sí: 
-¿Quién es éste, que hasta perdona pecados? 
 Pero Jesús dijo a la mujer: 
-Tu fe te ha salvado, vete en paz. 
 Después de esto iba caminando de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo, predicando el Evangelio del reino de Dios; lo acompañaban los Doce y algunas mujeres que él había curado de malos espíritus y enfermedades: María la Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, mujer de Cusa, intendente de Herodes; Susana y otras muchas que le ayudaban con sus bienes."


MUJER Y PECADORA:

Aquella mujer, la pecadora, podría decir hoy con la Iglesia las palabras del salmo: “Escúchame, Señor, que te llamo. Tú eres mi auxilio; no me deseches, no me abandones, Dios de mi salvación”. Y nosotros, con aquella pecadora, podríamos haber entrado en la sala del banquete del fariseo Simón para derrochar lágrimas y perfume a los pies de nuestro Salvador Cristo Jesús. 
Hoy, para la mujer y para la Iglesia, nuestro Dios tiene nombre de perdón, pues ella y nosotros –también el rey David que despreció la palabra del Señor-, reconocemos haber pecado, confesamos nuestra culpa, y confesamos que Dios, por su inmensa compasión, nos ha visitado con su misericordia. 
A la mujer y a nosotros, el perdón se nos ha concedido en Cristo Jesús. Por eso acudimos a él, nos colocamos detrás de él, junto a sus pies, y dejamos que el corazón derroche con él lágrimas y perfume, amor y agradecimiento, y que todo el ser, cuerpo y alma, exprese lo que todo el ser ha experimentado, la gracia que todo el ser ha recibido. 
La pecadora perdonada, lo mismo que la Iglesia que recibe a Jesús en la propia intimidad, le ofrece hospitalidad humana, gozosa, respetuosa, generosa y agradecida, expresiones de ternura que sólo de la fe pueden nacer, pues sólo ella sabe y confiesa que, si de ese modo recibe a Jesús, es porque ha sido antes recibida por Jesús con delicadeza y generosidad propias de la hospitalidad divina. 
No temas, Iglesia amada del Señor, no temas ocupar tu lugar, no renuncies a la verdad de tu vida: mujer y pecadora. 
Lo eres. Lo sabe la gente en la ciudad, lo sabe el fariseo que rogaba a Jesús para que fuese a comer con él, lo sabe Jesús, y lo sabes tú también. 
 Lo que nadie sabe, si no es tu Señor y tú misma, es lo que llevas en el corazón, lo que has vivido en tu intimidad, nadie conoce tu secreto, lo que da razón de tus lágrimas, de tus cabellos sueltos y de esa unción con la que perfumas los pies de Jesús, lo que da razón de tu domingo, de tu eucaristía y de tu fiesta. Sólo tú sabes lo que has recibido de Cristo Jesús, sólo tú sabes por qué amas tanto a Cristo Jesús. 
Hoy, en la celebración eucarística, volverás a oír palabras que recuerdan la gracia que viene a ti desde Dios: “Tomad y comed, porque esto es mi Cuerpo que se entrega por vosotros… Esta copa es la nueva alianza en mi Sangre: Tomad y bebed”. Tú sabes que el perdón por ti recibido tiene que ver con ese Cuerpo por ti entregado, con esa Sangre derramada para una alianza contigo. Tú no recibes sólo el perdón: recibes también al que te perdona, y a él ofreces el humilde obsequio de tu hospitalidad. 
Deja que el fariseo murmure y se escandalice. A ti, mujer y pecadora, se te ha concedido el perdón, el amor y la fiesta, un derroche de gozo, de lágrimas y de perfume. 
¡Feliz domingo!
Siempre en el coraz
ón Cristo. 

+ Fr. Santiago Agrelo 
Arzobispo de Tánger

domingo, 9 de junio de 2013

DOMINGO X DEL TIEMPO ORDINARIO



SAN LUCAS 7, 11-17 

"En aquel tiempo, iba Jesús camino de una ciudad llamada Naín, e iban con él sus discípulos y mucho gentío. Cuando se acercaba a la entrada de la ciudad, resultó que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda; y un gentío considerable de la ciudad la acompañaba. 
Al verla el Señor, le dio lástima y le dijo: 
"No llores." 
Se acercó al ataúd, lo tocó (los que lo llevaban se pararon) y dijo: 
"¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!"
 El muerto se incorporó y empezó a hablar, y Jesús se lo entregó a su madre. Todos, sobrecogidos, daban gloria a Dios, diciendo: "Un gran Profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo." La noticia del hecho se divulgó por toda la comarca y por Judea entera."

“LEVÁNTATE": RESUCITADOS CON CRISTO

“Te ensalzaré, Señor, porque me has librado”. Desde que el poeta lo escribió, hasta la comunidad que hoy lo hace suyo, han sido innumerables las voces que han entonado este salmo, y, detrás de cada voz, ha habido una gracia, una fe, un sentimiento que le dio a las palabras su sentido. 
No pretendas escrutar el misterio que se revela a la viuda cuando el profeta le dice: “Tu hijo está vivo”: no podrías entrar en él. Y no podrás tampoco desvelar el sentido que, para aquellos creyentes, tiene su canto de alabanza, aun cuando el profeta, la viuda y el niño pronuncien al unísono un único salmo: a las mismas palabras dará un sentido único la experiencia de fe que cada uno haya vivido. 
Deja ahora ese único salmo en los labios de la viuda de Naín, en los de su hijo devuelto a la vida, en los del gentío que, sobrecogido, glorifica a Dios que, en Jesús de Nazaret, ha visitado a su pueblo. Imagina la ternura que, con un “no llores” desciende sobre las lágrimas de una madre viuda cuyo único hijo llevan a enterrar; imagina la autoridad del mandato de Jesús, “levántate”, autoridad tan divina que hasta los muertos se someten a ella; imagina lo que pasa por el corazón de la madre cuando, de Jesús, recibe vivo al hijo a quien lloraba muerto. Únete a su canto de alabanza –“te ensalzaré, Señor, porque me has librado”-, y llena esas palabras con el sentido que les daría tu propio corazón. Únete a su canto, pues es grande la gracia que los ha visitado; pero no dejes de invitarlos a que se unan al tuyo, pues aquella gracia suya era sólo figura lejana, anuncio profético de la que tú has recibido. 
Hoy la fe hace tuyos la gracia y el canto. A la luz de la fe confiesas que eres tú quien en el bautismo bajaste con Cristo a la muerte y subiste a la vida con él; eres tú quien, en Cristo, has recorrido los caminos que llevan del llanto al consuelo, de la tristeza a la danza, del luto a la fiesta, de la esclavitud a la libertad; eres tú quien, comulgando con Cristo, comulgas hoy con la libertad, la fiesta, el consuelo, la vida. Y a la luz de la fe entonas tu salmo: “Te ensalzaré, Señor, porque me has librado”. Desde tu corazón, desde tu fe, desde la experiencia de tu Pascua con Cristo, las palabras de tu canto subirán envueltas en el misterio de vida, consuelo, fiesta y libertad que es Dios para ti. Feliz encuentro con Cristo. Feliz Pascua con Cristo. Feliz domingo. 

 Siempre en el corazón Cristo.

 + Fr. Santiago Agrelo 
Arzobispo de Tánger

domingo, 2 de junio de 2013

SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI



SAN LUCAS 9, 11b-17

"En aquel tiempo, Jesús se puso a hablar a la gente del Reino de Dios, y curó a los que lo necesitaban. Caía la tarde y los Doce se le acercaron a decirle: 
- Despide a la gente; que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida; porque aquí estamos en descampado. 
Él les contestó: 
- Dadles vosotros de comer. 
Ellos replicaron: 
- No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para todo este gentío. Porque eran unos cinco mil hombres. 
Jesús dijo a sus discípulos: 
- Decidles que se echen en grupos de unos cincuenta. 
Lo hicieron así, y todos se echaron. Él, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. Comieron todos y se saciaron, y cogieron las sobras: doce cestos."

SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO 

“Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, quien, con estos alimentos sagrados, ofrece el remedio de la inmortalidad y la prenda de la resurrección”. La liturgia del día remite a un sacramento que en mesa humilde ofrece al creyente manjares celestes. 

El banquete eucarístico: 
¿Por qué hablamos de un banquete si en la eucaristía sólo vemos un poco de pan y una copa de vino? Hablamos de banquete, porque hablamos de Cristo, y Cristo es todo lo que Dios puede dar al hombre, y todo lo que nosotros pudiéramos desear si fuésemos capaces de desear según la generosidad de Dios. En este sacramento, “Cristo es nuestra comida”, el Hijo de Dios es nuestro alimento, el cielo está dispuesto sobre el mantel de nuestra mesa. 
La revelación y la experiencia mística fueron dando nombre a los bienes que se nos ofrecen en esta mesa de Dios para su pueblo. Aquí “el hombre recibe pan de ángeles”, a los hijos de Dios se les da “un pan delicioso bajado del cielo, que colma de bienes a los hambrientos, y deja vacíos a los ricos”. Aquí el hombre recibe un alimento que es medicina de inmortalidad, prenda de la gloria futura: “El que coma de este pan, vivirá para siempre”. 
Entonces, ¿por qué hablamos de pan y vino, si estamos hablando del cielo? Hablamos de pan y vino porque el Señor a quien recibimos, el que es para su pueblo resurrección y vida, la luz que nos ilumina y la gloria que esperamos, de un pan y una copa de vino quiso hacer, con una bendición agradecida, memoria verdadera de sí mismo, imagen real de su cuerpo entregado, de su sangre derramada. 
Ésta es, Iglesia peregrina, la mesa de la divina caridad que te alimenta. En ella se te ofrece Cristo Jesús, el cual viene del amor que es Dios, es don del amor que Dios te tiene, es medida del amor con que Dios te ama. Tú, que lo recibes por la fe y la comunión, aprendiste a llamarle mi salvador, mi redentor, mi Señor, mi Dios, pues tu corazón sabe que todo eso quiso ser para ti el que te entregó su vida, como se entrega un pan que se come, como se entrega una copa de vino que se comparte. 
“¡Oh sagrado banquete, en que Cristo es nuestra comida, se celebra al memorial de su pasión, el alma se llena de gracia y se nos da la prenda de la gloria futura!” 

 Un sacramento que es memoria del Señor: 
 La Iglesia celebra la eucaristía según “una tradición que procede del Señor” y que sabemos inseparablemente unida a “la noche” en que lo “iban a entregar”. Aquella noche Jesús instituyó la memoria de su vida. No hizo un milagro para sorprendernos, ni nos dejó una herencia para enriquecernos. La memoria instituida fue sólo un pan repartido con acción de gracias, y una copa de vino compartida del mismo modo: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros… Esta copa es la nueva alianza en mi sangre”. 
 Éste es el sacramento que se nos ha dado para que hagamos memoria de Jesús y proclamemos su muerte hasta que vuelva: “Haced esto en memoria mía”.  
Ésta es la memoria de un amor extremo, que llevó al Hijo de Dios a hacerse para ti pan de vida y bebida de salvación: memoria de obediencia filial y súplica confiada; memoria de la santidad divina arrodillada a tus pies para lavarte; memoria del Señor hecho siervo de todos; memoria de una pobreza abrazada para enriquecerte con ella; memoria de una locura, que hizo de la tierra a Dios para hacerte a ti del cielo. 
Ésta es la memoria de una encarnación, de un anonadamiento, de un descenso de Dios al abismo de nuestra morada, memoria de Dios hecho prójimo del hombre, buen samaritano de hombres malheridos y abandonados, buen pastor que da la vida por sus ovejas. 
 Ésta es la memoria de un nacimiento en humildad y pobreza, memoria de un hijo envuelto en pañales y acostado en un pesebre; ésta e la memoria de la salvación que se ha hecho cercana a los fieles, de la gloria que habita nuestra tierra, de un abrazo entre la misericordia y la fidelidad; ésta es la memoria de un beso entre la justicia y la paz. 
Ésta es la memoria de la vida del Hijo de Dios hecho hombre, memoria de su palabra, de su mirada, de su poder, de su ternura, de sus comidas, de sus alegrías, de sus lágrimas. Ésta es la memoria de su muerte y de su resurrección, de su servicio y de su ofrenda. Ésta es la memoria del cielo que esperamos. Ésta es la memoria del Señor. 

Comieron todos y se saciaron: 
Así dice el evangelio que se proclama este día en tu celebración eucarística: “Comieron todos y se saciaron”. Habrá muchos que se queden distraídos en lo que aquel hecho pudo tener de asombroso, de increíble, de imposible. Tú sabes, por experiencia de fe, lo que tuvo de anticipación de la eucaristía que celebras. Los panes que aquellos cinco mil comieron, eran apenas sombra del pan eucarístico que alimenta a los innumerables hijos de Dos. 
No hace falta, Iglesia amada del Señor, que nadie te lo explique, porque tú misma lo ves: En tu celebración nos alimentamos de Cristo, pan único y partido, con el que alimenta a su pueblo el Padre del cielo. Comemos todos por la fe. Y nos saciamos, porque es a Cristo a quien recibimos, y él es para nosotros el cielo que esperamos. 
 “Comieron… se saciaron… y cogieron las sobras”. Si la eucaristía es un pan para todos, necesariamente ha de sobrar, pues de ese único pan, del que comen los que creen, han de poder comer quienes todavía no lo han conocido. Lo más sorprendente en el relato de la multiplicación de los panes, no es que muchos hubiesen comido con poco, sino que hubiese sobrado para que comiesen todos los que no participaron de la comida. 
Algunos piensan que los creyentes vamos por el mundo con la idea triste de ganar prosélitos. Un día sabrán que sólo vamos ofreciendo pan, un pan del cielo, que contiene en sí todo deleite. 

 Un misterio de plenitud y gratuidad: 
Dicho sencillamente: Todo se nos da con Cristo, todo se nos da por gracia. Y no habría más que añadir. Se nos pide que recibamos lo que por gracia se nos ofrece. 
Al comenzar la existencia, cada uno de nosotros ha vivido en el seno de la propia madre un entrañable misterio de plenitud y de gratuidad. Allí recibimos todo lo que necesitábamos para ser en cada momento, para abrirnos al futuro, para desarrollar nuestras posibilidades. Allí, si no hemos sido muy desafortunados, todo se nos ha dado con amor y todo ha sido para nosotros puro regalo. 
Algo parecido vive el creyente que celebra la eucaristía: Todo lo recibe, todo se le regala. Ahora bien, por la fe, conocemos el don que se nos hace; por eso no sólo recibimos, también agradecemos, contemplamos, saboreamos, imitamos y amamos: 
¡Aprendemos a dar, como Cristo Jesús, el pan de nuestra vida! ¡Todo por nada!
 Feliz domingo. 

 Siempre en el corazón Cristo.

+ Fr. Santiago Agrelo 
Arzobispo de Tánger

domingo, 26 de mayo de 2013

SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD



SAN JUAN 16, 12-15 

"En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: 
- Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora: cuando venga él, el Espíritu de la Verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues lo que hable no será suyo: hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir. Él me glorificará, porque recibirá de mí lo que os irá comunicando. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que tomará de los mío y os lo anunciará."

SANTÍSIMA TRINIDAD 

No dejes que la especulación impida la contemplación. Goza de lo que se te revela, celebra lo que tu fe confiesa, entra en la intimidad de Dios, quédate allí como hijo, y ama con el amor con que eres amado. 
La liturgia eucarística de este día comienza con una bendición: “Bendito sea Dios Padre, y su Hijo Unigénito, y el Espíritu Santo”. Y al señalar la causa por la que la Iglesia bendice, dices: “Porque ha tenido misericordia de nosotros”. 
Es éste un gran misterio. El salmista lo expresó así desde su fe: “¿Qué es el hombre, para que te acuerdes de él, el ser humano, para darle poder?” 
La pregunta llega impregnada de humildad. No se hace porque hayamos visto a Dios y medido el abismo que nos separa de él; la hacemos desde la pequeñez de nuestro ser, experimentada al contemplar el cielo, “obra de sus dedos”, al admirar la luna y las estrellas, creación de su divino poder. 
La respuesta, impregnada de asombro, va desgranando en la conciencia del creyente los artículos de una confesión de fe: “Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad, le diste el mando sobre las obras de tus manos”. Vienen a la memoria las palabras del Génesis: “Y creó Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó”. El creyente intuye una relación profunda entre él y su Dios, relación en la que es esencial la dimensión de pertenencia a la tierra, la finitud de toda criatura, y también la dimensión de pertenencia a Dios, de inefable semejanza con él, una semejanza revelada en palabras que apenas aciertan a evocarla: ‘gloria’, ‘dignidad’, ‘imagen’. Con el salmista confiesas: “Lo coronaste de gloria y dignidad”. Y con la asamblea bendices, diciendo: “Porque ha tenido misericordia de nosotros”. 
Acércate ahora a ese misterio evocándolo con palabras del apóstol: “Hemos recibido la justificación por la fe, estamos en paz con Dios por medio de Cristo”. Mientras confiesas lo que has recibido, vas repitiendo el estribillo de tu agradecimiento: “Porque es eterna su misericordia”. Nos gloriamos en la esperanza de la gloria de los hijos de Dios, “porque es eterna su misericordia”. Nos gloriamos en las tribulaciones, “porque es eterna su misericordia”. Y luego el apóstol añade: “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado”. Y tú, que lo escuchas, aprendes que la misericordia de Dios te habita: El Espíritu Santo te ha ungido, he venido sobre ti, se ha quedado contigo, ha puesto en ti su casa, eres su templo santo. 
El misterio que hoy celebras es de Dios y es tuyo, pues Dios Padre es tu Padre, en Dios Hijo eres hijo de Dios, y el Espíritu que ha sido enviado a tu corazón, y que clama: Abba (Padre), es el Espíritu Santo de Dios. En verdad, para siempre ha de ser tu bendición, pues para siempre es la misericordia que se te ha hecho. 
Ya has entrado por la fe en la intimidad de Dios. No dejes sin embargo de entrar también por el signo sacramental. Tu comunión es con el Hijo de Dios. El sacramento te lo dice con su fuerza reveladora: Somos uno con el Hijo de Dios, él en nosotros, nosotros en él, hijos en el Hijo, llevando todos en el corazón el único Espíritu del Hijo de Dios. 
Ya sólo me queda pedirte: Quédate allí como hijo, y ama con el amor con que eres amado. Sólo si te quedas, amarás; sólo si te quedas, te darás; sólo si te quedas, serás también de tus hermanos. 
Feliz día de la Santísima Trinidad. Feliz memoria de tu vida en Dios. Feliz camino desde Dios a los pobres. 

Siempre en el corazón Cristo. 

 + Fr. Santiago Agrelo 
Arzobispo de Tánger

domingo, 19 de mayo de 2013

DOMINGO DE PENTECOSTÉS



SAN JUAN 20, 19-23 

"Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: 
-Paz a vosotros Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. 
Jesús repitió: 
- Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: 
- Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos."

DOMINGO DE PENTECOSTÉS

En este día último del Tiempo Pascual la Iglesia celebra el misterio de Pentecostés: Cristo glorificado envía su Espíritu a la Iglesia. 
Hoy, al comenzar tu celebración eucarística, cantarás tu Aleluya por la admirable belleza de la obra de Dios en ti, Iglesia santa, nueva y admirable creación del poder de su gracia. Hoy cantarás tu Aleluya asombrada de lo que contemplas: “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que habita en nosotros”. 
No me han hecho cristiano unos vestidos, no lo soy por los ritos que practico, no me identifica como cristiano el código moral que regula mi conducta, no me acreditan como de Cristo las verdades que sobre él puedo aceptar y profesar. Todo eso puede quedar reducido a engañosa apariencia de vida cristiana. Donde hay un cristiano, hay una nueva humanidad. “¡Circuncisión o no circuncisión, qué más da! Lo que importa es una nueva humanidad”, humanidad habitada por el Espíritu Santo y animada por el amor de Dios.
 Necesitamos discernir a la luz de la fe la verdad de nuestra condición, a qué mundo pertenecemos.
 Conocemos de cerca la vieja creación, fácilmente identificable por sus estructuras de pecado y sus divisiones: judíos y griegos, esclavos y libres, hombres y mujeres… progresistas y conservadores, adoradores de novedades y adoradores de tradiciones, izquierdas y derechas, blancos y negros, ricos y pobres, justos e injustos… 
Conocemos esa vieja creación, pues de muchas maneras le pertenecemos: nacimos en ella, y hemos interiorizado el mal que la aflige. Pero buscamos con toda el alma pertenecer a otro mundo, a una humanidad nueva, al pueblo de los “bautizados en un mismo Espíritu para formar un solo cuerpo”.
 Bautizados, ungidos, para ser de Cristo, para ser Iglesia, para ser cuerpo de Cristo. 
Humanidad nueva, nacida del amor, nacida para amar. Bautizados, ungidos, para ser enviados por el mismo que nos bautiza: “Jesús repitió: _Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Y dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: "Recibid el Espíritu Santo”. 
No dejes de cantar tu Aleluya, Iglesia amada de Dios, pues de Cristo recibes el Espíritu que te habita, que te unge, que te envía para que lleves la buena noticia a los pobres y hables a todos de las maravillas que Dios ha realizado contigo. 
Feliz domingo. 
Siempre en el corazón Cristo. 

 + Fr. Santiago Agrelo 
Arzobispo de Tánger

sábado, 18 de mayo de 2013

VIDA CONTEMPLATIVA EN EL AÑO DE LA FE




Hablar de la Vida Contemplativa es para mí un solaz, ya que he sido llamada por Jesús a ella desde mi juventud y a través de los años, viviéndola en este Convento de Clarisas Descalzas de León, ha crecido en mí progrresivamente el amor a esta Vida Contemplativa, en la que encuentro el más alto ideal posible para una mujer.
Pienso que dedicar toda una vida a Dios, no puede ser más bello. Porque Dios es Amor, es Luz, es Vida, es Belleza, es Bondad infinita... Contemplar el rostro de Dios con la luz del Espíritu Santo es nuestro constante empeño escrutando su Palabra. 
Encuentro muy acertado el lema de este año: "Centinelas de la oración". En efecto, prácticamente somos esas centinelas que desde la alborada del día hasta la entrada de la noche estamos en oración, sea de alabanza, cantando la belleza de los Salmos e himnos a Dios, sea de adoración e intimidad con nuestro Jesús Eucaristía, sea en la actividad de nuestras labores, el espíritu de oración no deja de actuar.
Y nuestra oración, sabemos que es algo tan grande, que llega hasta los confines de la tierra, hasta los secretos sufrimientos de las almas, hasta el fondo de los corazones.
No descuidamos jamás  a nuestro mundo tan desorientado, tan desolado y sufriente en tantas ocasiones, tan necesitado de amor...
Tenemos muy en cuenta el consejo de nuestra Seráfica Madre Santa Clara: "Os considero cooperadoras del mismo Dios y sostenedoras de los miembros de los miembros vacilantes de su Cuerpo inefable". 
Es la sublime misión de la orante contemplativa: sostener y edificar la Iglesia de Cristo y atender a todas las necesidades de ésta.
El Papa Pablo VI, que amaba tanto a las Consagradas dijo en una ocasión a las Clarisas: "Proteged hijas amadísimas a la Iglesia y sostened el Cuerpo de Cristo, abrazando la Eucaristía, como lo hizo Santa Clara en su tiempo".
En este año de la Fe tenemos muy presente la Nueva Evangelización.
Desde nuestra clausura nos unimos y oramos por las intenciones de nuestro amada Papa Francisco y también al no menos estimado Benedicto XVI, al que admiramos ahora  por su elección de vivir dedicado a la oración en retiro.
Tenemos, como he dicho, una gran tarea: intensificar nuestra unión con el Señor, Amado de nuestras almas y Esposo de las vírgenes, que es nuestra felicidad, para que su Reino llegue a todo el universo.

Sor Mª Teresa de la Inmaculada